Lukas Avendaño (Oaxaca, México. 1977) es un artista de performance, antropólogo, activista y poeta. Su obra es recae en un discurso de exploración de la identidad sexual, étnica y de género en México y sus comunidades, y el mundo. El 10 de mayo de 2018, Bruno Alonso Avendaño Martínez, hermano de Lukas, despareció a los 35 años de edad. El trabajo del poeta y antropólogo se volcó en la busca incansable de su hermano y de los miles de desaparecidos en México. La investigación, la poesía y las artes escénicas de Lukas manifestaban aquella búsqueda insaciable y aquel amor incondicional a su hermano. Lamentablemente, el 3 de diciembre de 2020, se dio a conocer que Bruno Avendaño fue encontrado sin vida en una fosa clandestina el 12 de noviembre. Aquí un poco de la maravillosa voz de Lukas; un aliento lleno de dolor y de verdad.

MUESTRA DE POESÍA LUKAS AVENDAÑO


Hoy te escuche decir a la pregunta ¿cómo te fue?
-Mal, mal, muy mal…
-Si tú me preguntas cómo me fue,
yo podría tenerte como respuesta también un:
-Mal, mal, muy mal…
La diferencia es que yo tengo treinta años
y tendré la esperanza que quizás mañana me vaya mejor,
que quizás pa` la otra semana las cosas cambien,
que quizás el siguiente mes la justicia llegue,
que muy probablemente en un año todo sea diferente,
o por qué no quizás en diez años los nadie seamos alguien.
Pero la diferencia radica en que yo tengo treinta y tú setenta,
y que tú has acumulado cuarenta años más que yo en el yéndote mal;
a esto tengo un margen para que por cuarenta años me vaya mal
y justo al 40 años con un día súbitamente me vaya mejor,
mientras que tú en ese día que haría la diferencia
te tengas que ir porque ya no te dio tiempo
de vivir el bien,
la justicia.

PORQUE NO HAGA FALTA ESCRIBIR LO QUE FALTA

Me hacen faltas las almas arrancadas con fuego por el catolicismo del siglo XVI.
Me faltan las palabras balbuceadas por la boca desdentada de mi bisabuela que la selló para que no se aprendiera la lengua de los “malditos indios”, la lengua de los “indios paganos”.
Me falta acariciar tus manos con la piel pegada a tus huesos nana.
Me falta su mirada saliendo desde la profundidad de sus cuencas en su cara cadavérica.
Me hace falta alimentarte por tus días de ayunos.
Me hace falta descansarte por los días de trabajo de sol a sol de luna a luna.
Me hace falta poner sebo en tus pies de india patarrajada.
Me hace falta peinar tus cabellos de india piojosa.
Me hace falta poner un caracol en tus oídos de vieja sorda.


Poner amaneceres en tu boca de india tartamuda, lavar tu enredo en aguas dulces de india zarrapastrosa, besar tu espalda de india mula, entibiar tu vientre de “india que se preña como perra,” que “carga como mula,” ignorante ante la “sabiduría del dios verdadero”, “burra” para los que fueron a la escuela.


Me hace tanta falta escuchar tu corazón y el de la tierra.

Me hace falta respirar el copal que pasa por mis pies, la hierba machacada entre tus manso, la cera fundida interpretando el miedo, el coraje, el mezcal escupido en fuego y tus dedos surcando mis músculos hasta tocar mis huesos.


Me hace falta cobijarte en flores que te saquen el calor guardado por todo el tiempo de la tierra caliente, que las espinas dejaron en tus secas patas.


El calor dejado en las rodillas por cientos de soles hincada frente al metate, el calor del cinturón, fuete, mecate, palos y del machete que marcaron tu espalda, de las manos que sellaron tu boca, la cuerda que te corta el resuello, el mojado trapo ahogando tu garganta.

Me hace falta mojarte con miel el comal al rojo vivo en el que se convirtió tu estómago.
Me hace falta ponerte tunas maduras para humedecer tus ojos
Hace tanta falta que ninguna viva lo que por hoy me hace falta, para que nunca falte más, ninguna, ninguno.