Alexandra Hernández: Editora para varias revistas de índole feminista. Actualmente es directora de la revista cultural Libreratos. Ha impartido talleres de análisis literario y organizado círculos de lectura con la intención de promover la literatura. Su cuento Es que ya se fue, formó parte de la antologÍa Literatura y afuera, difundida por el Centro de Estudios Filosóficos Culturales. Actualmente se encuentra trabajando en su primera novela.

CHAMUSCADO, CUENTO DE ALEXANDRA HERNÁNDEZ

CHAMUSCADO

Alexandra Hernández

Todo arde. En mis ojos desorbitados se ve reflejado el terror, y me consuelo pensando que todo esto es una pesadilla, una inhumana pesadilla que en algún momento se detendrá cuando el sueño llegue a su fin. Pronto caigo en cuenta que esto no es más que la vida, el despertar de una realidad. Siento que la cara se me infla como un globo próximo a estallar y mi cuerpo se retuerce entre gritos desesperados de llanto y vanas súplicas. Con que esto es el verdadero horror… La desesperanza me tiene exhausto, rodeado por paredes humanas que se ríen de forma macabra, mientras gustosas me lanzan injurias que, sé muy bien, no me pertenecen. Harapiento, golpeado y medio muerto, soy un costal magullado.

Me da hasta risa que hace tan solo unas pocas horas era un hombre común, harto de mi trabajo como vendedor de enciclopedias, que entró a una tienda de un pueblo por el que iba de paso para comprar, con los últimos pesos que le quedaban en los bolsillos, una cajetilla de cigarros. Desdichado por el cansancio de una vida lineal que nunca, en mis años de tierna infancia, imaginé tener pues vislumbraba con anhelo magníficas profesiones y sueños inocentes que guardaba celosamente, ocultos y latentes, pero que han ido muriendo con el paso de los años después de haber abandonado el cascarón. Y ahora todo arde. ¡Siento que me muero! ¡De veras siento que me estoy muriendo! ¡Cómo me dejaron toda esta bola de hijos de la chingada! No sé en qué momento casi todo me ha sido arrebatado, menos la vida, que ya comienza a irse también.

Me llega el olor a carne chamuscada y gasolina, en medio de este festival despiadado, donde el fuego y mis costillas quebradas son un espectáculo fascinante para todos ellos. Quién sabe cuántos sean, pero todos guardan la misma mirada de turba hambrienta. ¿Y qué me queda hacer si ellos están igual de aburridos que yo? ¿Qué otra cosa pueden darme, si no es la muerte para regalarle un poco más de sentido al cansancio agotador que es existir? Les doy mi muerte pisoteada y machada que tanto duele, pero que de nada les sirve tener. Estoy desahuciado, espantado y sediento, con el deseo de sumergirme en un río calmado y sereno de abundante agua fría para beber hasta el hartazgo: un río que me quite por un rato este infierno que carga mi piltrafa de cuerpo. Ahora comprendo lo que es la agonía cuando viene rodeada de brutalidad. Hubiera preferido permanecer ignorante para no saber nunca lo que es una dolencia lenta y la podredumbre con la que navega la humanidad. Y quién sabe, igual hasta estaría conforme con pararme justo ahora frente a mi jefe para decirle que otra vez no había vendido nada, para tener que escuchar de nuevo su monótono discurso de gran vendedor que me hace sentir como un perdedor.

Ya falta poco y pienso en mi familia y en el alud de pesares que se les avecina. Sin embargo ya no puedo, ni siento que pueda llorar por ellos; mi estado pavoroso me distrae porque soy un esclavo sometido bajo el yugo de la masacre de un grupo de insatisfechos. Es irrevertible mi destino entre rostros rojos que en mi tortura se clavan fascinados en mi averno. Oscuridad. Qué bueno que los ojos se me acaban de apagar para dejar de ver a mis verdugos. Mis ventanales están cocidos e inservibles, esos que hace unos años estaban ansiosos por conocer un vasto mundo. ¿De qué me ha servido rogar palabra y piedad sino para desatar más su furia inquieta? ¿Por qué tanto ellos como yo estamos tan insatisfechos y ciegos? ¿Por qué la muerte me ha buscado de manera tan sorpresiva?

Mi piel continúa levantándose y ennegreciendo; el ardor es tan insoportable que llega a paralizar, y de pronto también existe el frío. Estoy sufriendo, y no porque la muerte me esté rondando, sino porque todo esto me parece injusto como aberrante. ¿Pero qué es la justicia a estas alturas de mi vida? Solo buscaba comprar unos cigarros y terminé rogándole misericordia a un pueblo sordo. Con que así se siente la impotencia que da no ser escuchado, cuando de la palabra depende si vivir o morir…

Ya no me queda nada más que mi alma apagada en mi cuerpo chamuscado y este olor a carne y órganos quemados. Y yo que pensaba que tenía tantas cosas que me hacían merecedor de una muerte, al menos digna; tarde me ha llegado el valor para pensar en todo mi vacío de indecisa amargura. Ya para qué… solo me queda esperar que este calor me abandone por fin, para irme volando en una polvareda grisácea que un día fue un hombre que tuvo familia, trabajo, y algo que llamó vida.