Eli Urbina nació en Chimbote, Perú, en 1989. Tiene una licenciatura en Letras y una maestría en docencia e investigación pedagógica. Es autor de los libros de poesía "La sal de las hienas" (Plectro Editores, 2017) y "El abismo del hombre" (Buenos Aires Poetry, 2020). Su poesía ha sido traducida al griego, serbio, macedonio, francés, italiano e inglés. Fundó y es editor de la revista de poesía Santa Rabia (www.santarabiamagazine.com).

LA SOMBRA DEL ABISMO EN LA CAVIDAD DEL MUNDO

LA POÉTICA LÚCIDA DE ELÍ URBINA

Por Natasha Sardzoska

Elí Urbina dice sobre su trabajo que se desarrolló y creó bajo la fuerte influencia del poeta macedonio Mateja Matevski. A través de la poesía de Matevski, Elí nutre una conexión esencial con la tradición literaria macedonia y se inspira profundamente en ella. Dirá sobre esa conexión simbólica:

«Es un gran orgullo poder ver mis poemas traducidos al idioma del gran poeta Mateja Matevski. Pasé años releyendo su antología poética «El nacimiento de la tragedia» en la brillante traducción al español de Kleopatra Filipova y Justo Jorge Padrón. Su obra, donde fulguran con similar fervor instantes de infernal estremecimiento y de asombro ante la belleza, me ha acompañado aquí y allá, como uno de mis más valiosos amuletos. Mateja Matevski es, en mi opinión, un puente entre Macedonia y los otros confines de la tierra. Es un poeta universal».

Está claro que los poetas que escriben en pequeños idiomas a menudo saben cómo romper las grandes, impenetrables y soberbias fronteras políticas y llegar a los lugares más inimaginables del mundo y crear así pilares poéticos universales. Para mí, un buen ejemplo es el catalán Joan Margarit, y para Elí Urbina es sin duda Mateja Matevski.

En la poética de Elí Urbina está grabado el arquetipo de la sangre, del cuerpo, del fantasma horrible, de la ilusión engañosa. El sujeto lírico une puntos calientes en lugares inaccesibles y descubre conocimientos más allá del marco establecido y aceptable de los dilemas cognitivos del hombre moderno. El poeta no teme las conexiones sutiles de la palabra con la experiencia intraducible en el círculo de vivencias humanas cotidianas, experimentadas y tangibles; él, como con un hilo invisible, quiere pasar por la sonda metafórica los nuevos significados para que se renueven constantemente en el abismo de la palabra precisa y en la imagen imposible.

Su creación poética yace «bajo este cielo extraño hundido en el silencio» y corta «la oscuridad con turbia pincelada», superando el «muro de la angustia». Esa incapacidad, esa imposibilidad de proponer una palabra que levante la imagen poética y la nueva visión se vuelve revolucionaria, rebelde, sobre todo en el diálogo con la muerte y el eros, sobre todo a través del prisma de Georges Bataille, quien también conectó la poética de la pequeña muerte, la petite morte, el orgasmo con la poderosa fertilidad del abismo ontológico, del agujero, del pozo, y por tanto de la carne, de lo corporal, de lo caliente, lo desvergonzado que sólo puede existir una y otra vez en el arte poético, y que al igual que en la pintura y la música, con los mudos pinceles del ritmo y la palabra, crea puentes de contrastes, metáforas, asociaciones, analogías, asonancias. En esa procesión, nada causa dolor ni vergüenza al poeta. Al contrario, su voz es audaz y valiente.

Profundamente simbólica, divisiva, temblorosa, la poesía de Elí Urbina atraviesa como un cuchillo las gruesas y endurecidas capas de las imágenes poéticas y visiones ya aprendidas y heredadas, patéticas, no manifestadas, no problemáticas, inauténticas y penetra profundamente en el grueso espesor, en los hondos mareos, en el centro de la perversidad, en el «abismo secreto de la herida», en el «hueco del mundo», para ofrecer un nuevo vacío, claro y fresco, donde la trágica inversión poética logra generar frutos y aportes que nacen  y se renuevan constantemente.

Como lo anuncia el mismo título «El abismo del hombre» (poemario publicado en la prestigiosa editorial argentina Buenos Aires Poetry), se trata sin duda de una poesía de ausencias, abismal, de carencia, de pérdida, de peligro, de recuerdos inquietantes, de vestigios, persecuciones y perdidas percepciones que se retejen y entrelazan a través de la oscura melodía de la voz lírica:

«Cada cosa sin ti

me condena por todo «.

Una poesía de autopercepción, de autocuestionamiento, de búsqueda incesante de uno mismo, de temblores y añoranzas, de cielos inciertos y pesos atroces. Esta poesía traga como una mandíbula abismal y también inyecta inquietantes reminiscencias de un lugar donde nunca hemos estado y de encuentros que acaso nunca sucedieron. Su poesía camina por el borde del abismo y habla sobre el campo de concentración en el hombre, sobre la muerte, sobre la profundidad abismal, sobre la pérdida de la noción del espacio y de la memoria:

«Paralizado, aguardo

la muerte con desprecio».

De hecho, el sujeto lírico parece querer confirmar de manera irrevocable que, en ningún lugar, absolutamente en ningún lugar, hay perdón para el hombre, aunque el hombre dé y siga dando, luchando una y otra vez, con anhelo y esfuerzo, con esfuerzo y penuria, para poder lograr la liberación interior y la ansiada serenidad.

Estoy convencida de aquella creencia de Octavio Paz de que la poesía no es el arte de la verdad sino una resurrección de las presencias. De ahí que sea una suerte para mí haber traducido a este poeta peruano al macedonio, porque su poesía es como una ciudad poblada por ausencias, una ciudad que arde constantemente y donde brotan sin cesar luces y sombras, apariciones lúcidas.  

Es a través del abismo del hombre que se produce constantemente la búsqueda incansable y desoladora de un «espejo dentro de la tierra», del núcleo, del corazón, del centro, de la semilla de la paz, de la luz del silencio, pero también de la fecunda y elegante soledad donde «no cesa la honda grieta, la sombra del abismo», porque, como escribió Rainer Maria Rilke: «En las cosas profundas e importantes estamos terriblemente solos».