Un cuento del autor mexicano Ricardo Álvarez, autor de distintos libros y audiolibros, dentro de los cuales se destaca La difícil tarea de llegar, publicado en el año 2017 por Alcorce Ediciones. Esta es la primera colaboración de Ricardo con nosotros.

UN CUENTO DE RICARDO ÁLVAREZ

La verdadera historia del extraño caso Anuar, también conocido como el del pinche pitufo hijo de su puta madre

La familia Kerriu Kwan estaba formada por cuatro miembros: la madre, Doña Miriam, el padre, Don Gastón, y por dos hijos, la mayor también llamada Miriam (por quien yo conocí a la familia) y su hermano Marcel.

Eran personas amantes de la cultura y con una riqueza de tradiciones que los hacía un deleite para las singularidades de la vida, además, disfrutaban mucho compartiendo sus experiencias y lo hacían siempre de una manera elocuente y entretenida.

Don Gastón era hijo de un francés y una mexicana, mientras que la madre provenía de un chino y una guatemalteca; ambos habían estudiado antropología, en donde se conocieron y después formaron la familia que mencioné.

Eran tan cultos y educados, que hasta eran sencillos a pesar de no pertenecer a la simple clase media, y eran tan apasionados de las tradiciones, que siempre tenían cosas y actividades interesantes en casa, la cual era como un museo, en donde cada pieza era cultura viva de la que siempre se desprendían anécdotas interesantísimas. Fue ahí en donde vi por primera vez, una Matrioshka de ocho piezas, Claro: se me explicó que lo correcto era que fueran de siete, yo sugerí esconder una, ellos sonrieron. También había un sinnúmero de máscaras colgadas en el muro de las escaleras, cada una más extraña que las otras -como sus historias-; y también recuerdo aquella tradición de fin de año, en la que hacían una comida con amigos, después de compartir los alimentos, se trabajaba en preparar y adornar unas mandarinas, que luego se repartían por diversos sitios de la casa, dejándolas en los closets, cajones, roperos, repisas o libreros, y lo hacían buscando que el año que comenzaba trajera bienaventuranzas ¡Realmente vivían sus tradiciones!. Y cómo olvidar aquel viaje al que me invitaron, en el que visitamos sitios arqueológicos mayas, comenzando en México y terminando en algún lugar de Centro-américa entre El Salvador y Guatemala.

Como dije: siempre tenían actividades distintas, interesantes e inusuales.

Como era de esperarse, en su casa siempre había gente curiosa, incluso a veces un poco extravagantes, con pláticas deliciosas, además había libros raros, y por supuesto buena música, en ocasiones de grupos o cantantes desconocidos.

Aquello me sucedió en los años 80, y el rock en español estaba en su apogeo; fue así, y a través de ellos que conocí al desconocido grupo de rock guatemalteco Alux Nahual.

Era un grupo de rock progresivo, calificado así por haber introducido instrumentos clásicos en sus interpretaciones (principalmente violines); que tenían en su repertorio desde baladas románticas hasta rolas que en aquel tiempo se habrían calificado como gruesas o pesadas. Era un grupo muy versátil.

Verdaderamente fue enriquecedor y nunca tendré lo suficiente para compensar todo lo que aprendí -y viví- con los Kerriu Kwan.

En esos tiempos yo estudiaba en la universidad, y en una generación más vieja que la mía, cursaba un individuo cuyo nombre ignoro, él se hacía llamar Anuar -así: sin apellidos-; sin embargo, todos le decían Pitufo, y él no le daba importancia. Era un hombre espigado, alto (como de uno 80), reservado, intelectualoide y aparentemente muy metido en la música y el mundo del espectáculo.

Un día, no recuerdo porqué razón, saliendo de un evento escolar, lo adelanté en el camino, hasta una estación del metro en donde lo dejé. Su plática fue interesante; se veía que sabía de lo que hablaba, y tratando de no quedarme atrás y ponerme a su nivel, le platiqué de aquel exótico grupo musical que había conocido en la casa de los Kerriu Kwan. Puse un cassette y le mostré un par de canciones, pero además le hablé de algunas de sus excentricidades, por ejemplo, en aquel tiempo se hablaba de los grupos o cantantes, veladamente satánicos, que dejaban mensajes ocultos en sus discos, que sólo podías escuchar si reproducías la canción en sentido inverso. Hacerlo era relativamente sencillo, pues las tornamesas permitían girar el disco en sentido contrario sin ningún problema. De hecho, creo que todos lo intentamos alguna vez, lo hicimos más por curiosidad, que por el deseo o necesidad de comunicarnos con el averno; por cierto, siempre he creído que ese rumor fue una buena estrategia para vender más discos.

La verdad, nunca escuché nada realmente claro, por supuesto que el sonido reproducido era inteligible, sonaba como una voz muy ronca, profunda y extraña, que se prestaban para cualquier interpretación: incluso había quien juraba -ante lo inentendible- que aquel sonido era una alabanza en algún idioma arcaico y satánico.

Bueno, siendo honesto, no puedo decir que nunca escuché algo verdaderamente nítido al girar un disco en sentido inverso, porque precisamente Alux Nahual tiene una canción que se llama “Al Diablo El Diablo” en la que previo a la melodía, se reproducía un sonido extraño, que en realidad era una grabación hecha intencionalmente al revés y que dice:

“Este no es un mensaje satánico, y si le sigues dando vuelta al disco en sentido contrario con tu dedote, lo vas a rayar, tac, los vas a rayar, tac, lo vas a rayar, tac… Ya ves Güey: ¡Ya lo rayaste!”

Aquello era una joya para los amantes de lo distinto, de lo exótico y de lo extraño…   De inmediato capté la atención del Pitufo (hijo de su puta madre), quien me confesó que tendría una entrevista en “Rock 101” y que le gustaría presentar aquella extravagancia en vivo.

Rock 101 era la única estación de radio en el cuadrante, en donde se podía escuchar a Pink Floyd o Queen regularmente, y también a Journey, Stix, AC-DC, entre muchos otros. Era una estación de vanguardia con los que quizá, fueran los locutores más creativos de aquellos tiempos. Recuerdo -por ejemplo- cuando una mañana transmitieron dos programas al mismo tiempo, uno por el canal derecho del estéreo y otro por el canal izquierdo. Fue algo loquísimo, impráctico y raro, pero muy divertido, y sobre todo diferente. Aún me veo en la memoria como estuve moviendo el balance de derecha a izquierda para cambiar de rola, y cuando la dejaba “al centro” era muy chistoso lo que se escuchaba. Entre canciones los locutores charlaban y si te quedabas de un lado, sólo oías un monologo extraño y sin sentido.

Aparecer en Rock 101 me parecía espectacular; por supuesto que yo le había mostrado las canciones del cassette en que lo había grabado en casa de mis amigos. Él comentó que sería increíble si pudiera llevar aquellas maravillas a la estación de radio en acetato para hacer en vivo aquel experimento de girar el disco manualmente y por fin escuchar un verdadero mensaje. Le dije que hablaría con los dueños, pero que no veía problema porque era gente muy sencilla, y bondadosa, además orgullosa de sus orígenes, y el grupo, al ser guatemalteco, por lo menos les tocaba en un 25% de su humanidad.

Esa tarde, platiqué con ellos y también se mostraron emocionados, la discografía era amplia, no recuerdo si me prestaron seis, o siete u ocho discos, quizá sólo fueron tres o cuatro, y por lo valiosos me parecieron muchos.

Anuar me citó en la calle, en donde le entregué los discos un par de días antes de aquel programa, y recuerdo bien que le escribí en un papelito que pegué a una de las portadas, el nombre y apellido de mis amigos para que les dieran los créditos correspondientes…    Él aseguró que así lo haría.

Aquel viernes, justo en punto de las ocho de la noche, estábamos sentados en la sala de mis amigos: ellos cuatro, algunos familiares y amigos a los que habían invitado para escuchar el programa, y yo, como el protagonista de aquella maravillosa oportunidad.

El programa duró alrededor de una hora y fue una semblanza de la obra de aquel -para todos- desconocido, pero extraordinario grupo de rock: ¡Ni los de Rock 101 lo conocían!

Hablaron de cómo aquellos violines eléctricos enriquecían las melodías, de cómo la voz del cantante jugaba, mostrando tintes según fuera el tema y el ritmo…  en fin: puedo decir que a todos en la estación les encantó el estilo del grupo, sus rolas y excentricidades. También debo aceptar que el Pitufo (hijo de su puta madre) había hecho bien su tarea, pues no sé de dónde sacó tanta información (en aquel tiempo no había Google) pero hizo anotaciones y comentarios curiosos sobre el grupo.

Dejaron para el final, aquel manjar exquisito que habían prometido durante todo el programa generando expectación. Cuando llegó el momento, se escuchó no menos de tres veces, aquel maravilloso mensaje para el cual tenías que girar el disco al revés.

La familia Kerriu Kwan -en su sencillez- lucia halagada (y hasta un poco apenada) con aquel programa, los delataban las tímidas sonrisas en sus rostros; había guardado el secreto de que los mencionarían -y agradecerían- como propietarios de aquellas valiosísimas maravillas…    esperaba ansioso el momento de escuchar su nombre y hasta había pensado levantarme y hacer una reverencia para honrarlos, uno a uno, frente a sus invitados. Lo sentí mi obligación como el protagonista de aquella maravillosa oportunidad.

La locutora invitó a Anuar a volver porque -por cuestiones de tiempo- sólo habían podido reproducir un número limitado de rolas, la discografía era amplia y querían escuchar más. En ese momento el Pinche Pitufo, hijo de su re-putísima madre, respondió:

-No se preocupen, sé bien que son discos difíciles de conseguir, por lo que he decidido donarlos a la estación…   Así podrán escucharlos cuando deseen…

Allá se desvivieron en halagos y agradecimientos por lo increíble del altruismo de aquel gesto. Acá fue un baño de agua helada e inesperada, que mojaba no sólo a los de casa, sino a mí, por haber sido, precisamente: el protagonista de aquella maravillosa oportunidad.

Todos voltearon a verme con la misma pregunta en la mirada:

¿Qué-está-pasando…?

Nunca volví a saber de él, nunca volvió a la escuela, no al menos en lo que yo terminé de estudiar, tampoco me contestó el teléfono y fueron infructuosas mis cartas solicitando la devolución de los discos a la estación de radio.

Esta es la verdadera historia sobre el extraño caso Anuar, pero también la clarificación tácita de porqué yo prefiero llamarlo así: Pinche Pitufo, hijo de su Re-putísima madre…