MARCHARSE
No es fácil marcharse del lugar donde alguna vez fuimos hogar.
Tratamos de retener enredados en la memoria
y entre los huecos de las manos
instantes que fueron nuestros
pero que ya no nos pertenecen,
porque al final de cada historia solo somos dueños de los recuerdos,
especialmente de esos que vamos construyendo a pedazos de felicidad.
Se hace tan difícil soltar momentos que nos hicieron felices,
momentos que hemos enterrado en el fondo del alma
así como cuando cultivamos la semilla de una planta
que luego vemos crecer, dar frutos
y que anhelamos que sea eterna,
para que con el tiempo podamos disfrutar de la sombra
y del abrazo de sus ramas.
Esos momentos que fueron dueños de nuestras mejores sonrisas,
precisamente esos son los que más cuesta dejar en libertad,
cuesta tanto dejarlos atrás
y seguir recorriendo la vida sin ellos.
A mí me cuesta,
y a decir verdad creo que solo me pasa a mí,
porque después de todo solo yo me dediqué a coleccionar momentos
que luego atesoraría como recuerdos.
Mientras yo fui guardando cada expresión de nosotros,
tú pasaste por aquí como un turista en decadencia,
un habitante de paso que se lleva y se lleva pero no deja nada,
por lo menos nada perdurable que pueda ser dejado en un corazón como el mío.
Quizá te tuve mucha fe, quise creer que eras tú,
que eras lo que le hacía falta a esta vida,
y quizá lo hayas sido, pero fuiste tan breve,
fuimos tormenta y calma,
fuimos todo lo que se puede anhelar ser en medio de dos,
fuimos tú y yo,
o quizás eso creí.
Y no puedo negar que fui feliz,
fui muy feliz
tanto que no quisiera dejarte ir
y te veo
y te busco
en todo lo que tocan mis ojos, pero ya no estás.
Entiendo que te fuiste hace mucho
y ahora soy yo la que debe irse.
Pero es que cuesta tanto marcharse de esos lugares donde alguna vez fuimos hogar.
ME ENCONTRÉ
Él me encontró con las ganas al borde del abismo,
a punto de dejarlas caer y volverlas trizas.
Él tomó mi mano, luego mis ojos, mi alma, mi cuerpo,
él fue la cuerda de suaves hilos que me enredó y me liberó,
él me regaló la más hermosa primavera en pleno invierno.
Él me salvó, me devolvió las ganas de perderme en alguien más sin despedirme de mí,
me enseñó a pertenecer a alguien más sin dejar de ser mía.
Él me mostró como mantener la mirada fuera de este mundo dando pasos firmes
con los pies perfectamente puestos en tierra,
se quedó conmigo en la luz y en la oscuridad,
camina conmigo sobre pétalos de rosas frescas,
camino con él sobre espinas, rocas y fuego,
nos lastimamos y nos curamos, juntos.
Con sus brazos rodeando mi cintura y su voz haciendo eco en mi memoria
él me muestra lo fácil que es vivir sonriéndole a la vida mientras acaricia mis penas
y saborea la sal de mis lágrimas.
Él me mostró lo fácil que es quedarme en medio de su pecho,
en la calidez de la punta de sus labios, él me amó lento, despacio…
de adentro hacia afuera, me toca el corazón, los versos, los suspiros
y también me toca la piel.
Era muy pronto quizás, pero para nosotros era el momento justo,
el instante perfecto para permanecer allí con los ojos cerrados.
Y entonces me envolvió esa tibia sensación de estar perdida,
nuevamente perdida, pero esta vez estaba completamente perdida en él y él en mí.
Él me encontró y desde entonces yo me siento cada vez más cerca de mí,
me encontré como nunca antes imaginé hacerlo.
SUSURROS
Y cuando me hablas así,
siento que mis manos no pueden seguir
sosteniendo el amor que me provocas,
se me hace necesario entregarte una parte de él,
gran parte de él y compartirlo contigo.
