QUÉ LEJOS VA QUEDANDO
Tu juego en esta orilla de abril embravecido,
qué silencio en tu voz, qué pasos apagados
donde antes hubo espacios para correr.
Un tiempo a la medida de las cosas
que se han perdido, ahora
está llegando aquí para quedarse.
Salgo a darme a los días
y ya no estás con ellos.
Mi cuerpo avanza maquinal
para encontrar el frío
del mar Mediterráneo,
mi cuerpo, este mi cuerpo
que se ha quedado solo,
tan poderoso a veces, tan engreído, adusto,
aliviado de mí que lo sostiene.
Estoy aquí porque he venido huyendo
de las cosas de casa,
para hacerme otro hogar
menos desvencijado – porque el tiempo
lo ha dejado repleto de jirones-
y he abierto las ventanas,
he aireado también habitaciones,
ordenado los muebles y cubierto la cama
de mantas para el frío.
Las cosas siguen puestas donde tú las dejaste,
el mismo butacón que sostuvo las ropas
de todos los veranos
y la lenta razón de los días de invierno.
Pero tú ya no estás porque te has ido.
Una mirada ahora a todo lo que observo
pone sobre las cosas el dolor de la pérdida,
pero hay que ir viviendo
los tiempos que los otros nos exigen.
Y no es la poesía, sin embargo,
lo que da y lo que quita,
sino vivir tomando prestados los inviernos,
los besos ir dejando en la mañana,
vivir como en sordina,
atendiendo a los ruidos de la calle.
Aquí dentro no hay nada
que me exija quererte como quieren los otros,
aquí no está el dinero alborotando el mundo,
los prejuicios, las malas intenciones,
los lemas que han llegado para reconocerlos.
Aquí lo cosa es
mucho más comprensible, una razón doméstica
madurando mi manera de amarte,
esa que se desprecia en los tiempos de ahora.
Porque yo ya no sé convertirme en un punto
necesario, tal vez, para mover el tiempo;
el tuyo – lo he sabido después de conocernos
caminando en las diques de la ciudad-
no es mi tiempo, y lo has dicho
cientos, miles de veces desde hace tantos años.
Aquí dentro mi mundo es más sencillo,
pero tú ya no estás para reconocerlo.
Como el niño que vuelve
de la playa poblada de voces de domingo
y pone en soledad,
allí donde el silencio se hace cómplice,
la tristeza. Ese espacio
para ocultarse,
el cuarto más sombrío de la casa,
y en esa soledad llora su infancia;
así, del mismo modo, he vuelto al territorio
de la duda,
del miedo fantasmal hacia los otros,
de la gran timidez que me acompaña.
Y lo he vuelto a llorar como de niño.
Tú no me ves porque aún no has llegado,
y quizá nunca llegues,
pero mi cuerpo merma todos los optimismos.
Mis manos, aquellas que aprendiste
a acariciar, ahora, son manos muy pequeñas,
casi manos de niño que intentan esconder
la cara descompuesta que siempre traen las lágrimas.
Pero tú no has llegado
y quizá nunca llegues a encontrarme.
Y me escondo, lo sé, para que no haya dudas
cuando digo que aparto mi torpe condición,
la más dura razón que nos aleja,
para que no me veas nunca más desearte.
Si más de veinte años no han podido fraguar
un corazón común,
el que puse en el tiempo y el espacio,
de nada servirá que ahora me veas
bombear esa sangre compartida,
la que creía sangre y que quizás
sea tan solo un tímido
discurrir de la vida por las venas.
No está la poesía para estos movimientos,
no está para dejarla sobre la que una vez
fue nuestra vida, no estoy para decirte
que todo lo que tengo lo tengo para ti,
aunque el botín no sean
más que presentimientos,
sueños alborotados,
promesas que no llegan
ni siquiera a promesas,
búsquedas en tu piel para dejar un verso
a tu cuidado.
La poesía no,
no está para estos tiempos.
