SOBRE LA NECESIDAD DEL SUEÑO
“Tal vez sería dulce reconquistar ahora una música antigua,
profunda y persistente como el eco de un grito entre los sueños”
Olga Orozco
Más allá de estos muros atravesados por un desfile de formas, secuencia de irrevocables seres cuyos nombres no sabremos jamás, está el otro lado del mundo, ese que nos es revelado demasiado tarde. En su centro permanecen todas las cosas perdidas y recobradas en alguna de las estancias del sueño: la voz del hijo muerto antes de nacer, los nombres que amamos ocultos bajo un friso de máscaras, el hilo que sostiene el propio cuerpo. El resto, son gestos inútiles, palabras conocidas, una ráfaga de veloces visiones para anunciar lo bello y lo terrible. Verdades siempre nuestras en cualquier estación del universo. Jugamos a escondernos en este reino creado a nuestro modo, esta casa de todos y de nadie donde la vigilia siempre espera. Negamos lo otro, el reino oculto detrás de los párpados, el pálpito invisible de la casa donde arde una tristeza inmortal. Mientras aquí los ahogados asumen su condición de animales inmóviles brillando en el fondo del estanque y los vivos desconocen la complejidad del sueño y sus ramificaciones. A ese lado del mundo dos hombres se debaten a dentelladas. El que abre los ojos se convierte en prisionero del día. El que los cierra se asoma a la vida lo mismo que a una palabra por primera vez.
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SOBRE LAS JAULAS
Allí donde el animal atiende la urgencia de huir, donde la luz desaparece y el grito se hace carne en un lenguaje incomprensible, ningún Dios habla. Todos saben de esas prisiones detenidas en el tiempo, con sus voces huérfanas y sus formas laberínticas. Pasan de largo como por un puerto destruido, tocan sus barrotes como si tocaran los utensilios cotidianos, y en el rostro del tigre cansado advierten una ruina que no es la suya. La permanencia del animal en la jaula semeja la caída del hombre hacia un mundo que lo desconoce, el cuerpo que se precipita, ciego, resistente a los hilos que cortan los dedos. Cada descenso trae consigo una sentencia de huesos y ceniza trazada sobre la frente, una pulsación del índice sobre la región oscura, un ojo que despierta cuando todo se ha ido. Tarde reconocemos que en la boca del tigre también se revela nuestra herida abierta.
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SOBRE UN CUADRO DE CASPAR DAVID FRIEDRICH
Un barco se multiplica frente a nuestros ojos, de sus velas penden las espadas que aniquilarán a los hombres. Ningún ángel podrá salvarlos, ahora que los animales duermen lejos y el paisaje se revela en una caligrafía extraña. Caminan hacia él impulsados por un gesto ciego, extraen la sal de la ola para cubrir su herida, mientras la tarde se cierra y la sangre fluye hacia otros lugares. Nadie es lo suficientemente viejo para morir o lo suficientemente joven para salvarse. En todos se revela la sombra y la intemperie. Ahí surge el misterio, bajo los signos secretos del aire, en el vértigo que no distingue de nombres, en la universalidad de la muerte y de la luz. Aquellos que vagan por la vida como por una estancia del sueño, comienzan a desconocer su destino, observan el incendio en el río y no temen, escuchan el canto de los ahogados, tocan las puntas de las lanzas, y cuando el asesino señala con su rifle, cierran los ojos y esperan. Eso que los lleva a su descenso, los acerca también al origen, en el que extraviados, con la plena ignorancia del mundo, se arrojan al mar y ven sus manos salir a la superficie. A diferencia de ellos, poco puede decirse de los que conocen la inmolación y la niegan, esos que nunca aprendieron de la mosca y su fugacidad o recibieron con humildad los estragos del invierno, para ellos la muerte es una casa lejana, repleta de huéspedes y campanarios, donde nadie más debe entrar. Al final del día no habrá que insistir en la permanencia y esconderse. La tierra siempre abre su pecho para encontrarnos.
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ESTE LUGAR DE LA LUZ
Dijo Saint-John Perse: “¡Muchas cosas sobre la tierra por oír y por ver, cosas vivas entre nosotros!”, y no se equivocó en decirlo, pues ¿qué vemos de las cosas, sino su sombra? Más allá del círculo que rodea los ojos, los peces son también navegantes de la tierra, y los pájaros sucumben en las cortinas del agua bajo vuelos giratorios. Posiblemente el viento contenga un olor más allá de todo, pero le asignamos el del vino, el de la arcilla, el de la sangre, el de la carne que hierve sobre la madera. No hemos sabido darle un olor a la ausencia, pero como es debido decimos: esa mujer olía a pan, los pájaros arrullaban su sueño, por tanto esa mujer olía a pan y a pájaro. Así disimulamos nuestra incapacidad para dar un nombre a las cosas que aún no lo tienen. En el lugar donde el árbol funda su patria, se escuchan los rumores del agua, los animales arrancando las semillas de las copas, el espantapájaros que calcula el trigo, pero en su raíz ningún sonido, ninguna galería de ruidos, aunque sabemos bien que ahí están. Un rey ciego debió habitar entre nosotros haciéndonos creer que lo visto y escuchado no era sino una vaga figuración del sueño, de ahí que ahora lo imposible solo desemboque en ese espacio de la vida.
Cosechando su oído, el hombre al que han llamado loco lidia con la angustia de sentir la voz de Dios latiéndole en el oído izquierdo y ve el río cruzar sus manos lo mismo que las piedras. Debe ser que el círculo de su ojo está abierto, pero no puede decirlo y calla. Así en un lugar del sueño, la grieta de luz atraviesa los límites de la noche y nuestro ojo es ahora un gigantesco péndulo girando en medio de todo. Vemos entonces el alma del grillo cruzando el campo, los valles y las mesetas entablando diálogo con el agua, los buques que navegan sobre la hierba lo mismo que sobre un -cúmulo de olas; escuchamos la voz de los hermanos muertos, la voz del animal doméstico, la voz del reloj que atraviesa los corredores. En este lugar de la luz, hemos aprendido a ver cómo regresan las cosas que siguen estando lejos.
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SONIDOS
“Alguien muere cada vez que elegimos el silencio”
María Clemencia Sánchez
Cada sonido que viene desde el fondo de la casa tiene la forma de un tigre caminando en puntas. El estremecimiento de las cucharas que caen indecisas sobre las losas, su contacto con el suelo que desencadena en la ilusión del vértigo. Aprendimos a recibir con humildad el sonido de las cosas más tristes: la llave sobre la cerradura, el rayo a mitad del día, las cajas de cartón en las que se inscribía demasiado pronto la señal de las mudanzas. Pero nunca supimos cómo retener el camino del cuchillo trazando un nombre sobre el vidrio, ni el golpe del portón tras la despedida del padre. En la cocina la madre custodia la caída, su papel es el mismo que el de un Dios cavando su reino mudo en lo hondo del patio. Al igual que ella las mujeres de la casa aprendieron a rendir su homenaje al silencio, por eso nunca cerraron la puerta antes de la partida.
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SOBRE LA NECESIDAD DE NOMBRAR
“Alguien debe hacerse cargo de lo que no se sabe”
Jorge Cadavid
No existe aquello que no se nombra, solo lo que se nombra existe, dicen los hombres todo el tiempo, pero hay quienes nombran el mar para acabar con la sed del mundo y quienes nombran la fiebre como si revelaran la aparición del sol entre los huesos. Pregunto por lo que existe, y en cambio escucho a las mujeres dar un nombre al hijo que nunca tuvieron, las veo mecer su sombra hasta el amanecer, mientras llenan de leche una vasija de la que nadie bebe. He visto también a hombres ciegos hablar del relámpago como de un objeto conocido, señalar la intensidad de su luz y su recorrido hasta el suelo, luego están quienes aseguran haber visto a Dios de pie sobre el agua. Entre tanta verdad improbable y tanta visión amenazadora, la incertidumbre es nuestro consuelo. ¿O acaso bastaría con nombrar la cuerda imaginaría para que fuera posible sujetarse de ella?
