Luis Camilo Dorado Ramírez (Bogotá, 1985) Mención en el Concurso nacional Casa de Poesía Silva “La poesía, pintura que habla” 2017. Finalista del segundo premio internacional de poesía Vicente Huidobro 2020 con su libro Migraciones Valparaíso Ediciones. Ganador del I Premio Nacional de poesía Henry Luque Muñoz Sub 35 (Editorial Escarabajo-Abisinia) con su libro Lo que se desvanece. Varios de sus poemas han sido publicados en diferentes medios, tanto virtuales como impresos. En 2019 fue incluido en las antologías “Nuevo Sentimentario” editorial Luna Libros, “Pecados Capitales” Ediciones Exilio y la antología “Bogotá cuenta, una ciudad entre líneas” Idartes.

Luis Camilo Dorado, La carnosidad de Dios en un mango y las palabras que son apenas la respiración de lo que vemos.

CANCIÓN DE LOS PRIMEROS DÍAS

El mundo aún era silencio cuando Dios pronunció la palabra luz y las galaxias invisibles palpitaron para abrazar la oscuridad del universo.

En el principio, la música de la deidad descubría praderas bajo la líquida extensión de la tierra, aves y cetáceos de vocablos desconocidos, eran pronunciados una sola vez para emerger del silencio. Para el hombre no hubo palabra, sólo un hálito de vida para su cuerpo de polvo.

Sin más lenguaje que un sonido de pájaros y agua, el hombre improvisa en el huerto sus primeras oraciones, piensa en como nombrar correctamente a cada insecto. Frente a su asombro, sólo tiene las palabras para señalar aquello que desconoce y con ellas dice: molusco, gallinazo, bisonte, caimán, pero queda sin nombrar la contracción del caracol hacia su concha o la fuerza oculta en el pelaje de un Bison que corre para reagruparse a su manada. Así, el hombre puebla el silencio de la tierra que lo habita y pasa días nombrando el viento o la fruta madurada, para evitar el olvido o el cruce de vocablos en su memoria virgen; descubre en su tarea, que hay algo de Dios en las hormigas que buscan la carnosidad del mango y las señala sin precisar el nombre exacto para ellas. Hay días en que los nombres no llegan y el animal desaparece lento en las estepas con su significado aún oculto. 

El cerdo en sus orígenes fue llamado barro y las aves llevaron el nombre de aire en sus primeros vuelos, luego fue necesario renombrarlos con calificativos más precisos. (Porque había animales que era ineludible darles un primer nombre en la tarde y otro en la mañana para finalmente abandonarlos) 

La primera pareja sobre la tierra, pensó que los intentos repetidos del mar por abrazar la arena necesitaban un nombre como todo lo creado, así llego la ola sobre la palabra orilla, que luego se convertiría en oleaje, esa misma palabra que se perdía a la distancia fue necesario extenderla y cubrir con ella la línea que dividía las aguas de los cielos. Así apareció el horizonte y un nombre diferente para indicar la aparición de los astros, otro para las tardes y las diferentes formas climáticas del génesis.

La mayoría de seres podían ser recordados por algún vocablo, salvo algunos depredadores nocturnos o aquellas criaturas invisibles en la profundidad de los abismos oceánicos. Esa era la tarea del hombre en un comienzo antes de labrar la tierra, liberar el significado de las cosas, no era suficiente nombrarlas solamente, las palabras son apenas la respiración de lo que vemos; Hay un ejemplo en la palabra nube que aunque tiene algo de ingrávido, no es tal ligera como ese cuerpo cambiante de aire que se diluye o se condensa al final del día, por eso es necesario juntar palabras para señalar de manera correcta, y saber que a una piedra, pueden llegar a pertenecer todas las palabras del mundo. El poeta tiene esa necesidad, a veces es suficiente decir piedra, otras veces, se requiere pulir o partir su cuerpo endurecido para dejarla ir, como un animal en los orígenes. Las piedras esconden en su porosidad un lenguaje de sombras antiguo e innombrable y todo lo que hay entre una nube y una piedra requiere esa labor, una existencia dentro del lenguaje.

Quien escribe poesía, vive de aquel oficio ancestral, nombramos en la búsqueda de aquella palabra de la cual estamos hechos, buscamos en ello nuestro propio significado que está lejos de las palabras o que más bien, pertenece a un halito de vida intraducible que se origina en el silencio.

Luis Camilo Dorado Ramírez (Bogotá, 1985) Mención en el Concurso nacional Casa de Poesía Silva “La poesía, pintura que habla” 2017. Finalista del segundo premio internacional de poesía Vicente Huidobro 2020 con su libro Migraciones Valparaíso Ediciones. Ganador del I Premio Nacional de poesía Henry Luque Muñoz Sub 35 (Editorial Escarabajo-Abisinia) con su libro Lo que se desvanece. Varios de sus poemas han sido publicados en diferentes medios, tanto virtuales como impresos. En 2019 fue incluido en las antologías “Nuevo Sentimentario” editorial Luna Libros, “Pecados Capitales” Ediciones Exilio y la antología “Bogotá cuenta, una ciudad entre líneas” Idartes. Luis Camilo Dorado, La carnosidad de Dios en un mango y las palabras que son apenas la respiración de lo que vemos.