“SER MUJER EN MÉXICO”
Ser mujer en México
es morir en defensa propia cada día,
invisible a las primeras planas,
sin que a nadie ya le importen
el nombre, la edad, la mirada.
Es atravesar con urgencia la noche
y tornarse mimética criatura
para no ser destazada por el deseo
sin ley de una jauría hambrienta
de sangre y adrenalina.
Ser mujer en México
es gritar desde la infancia
con las entrañas dolientes
y no escuchar eco alguno
y no ser escuchada
y perder la voz
en la desgarradura.
Educadas para callar,
complacer, agradar,
ser en función de un otro
que dicte un manual
de comportamiento para ser amadas,
para colmar esa herida irremediable
de nacer en “falta evidente”,
y sacrificarlo todo por un guiño
de mínimo reconocimiento.
Ser mujer es ser condenada a no ser,
adornarse para parecer,
para no incomodar,
pretender ser menos,
dejar de ser a los treinta y cinco,
no hallar empleo,
subemplearse, minimizarse,
desconocerse, suponerse menos,
ubicarse siempre en el último sitio.
Ser detrás de otro,
invisibilizarse,
insensibilizarse de sí misma,
ocultar la herida,
hasta convenientemente
desaparecer de a poco.
Es la desnudez en la página de sociales
con un rostro prestado y una mueca
de feliz sujeción consentida,
para ser tocada sin pudor por las miradas,
comprada y desechada
por las manos y mentes de todos.
Es el rostro negado
de las adolescentes prostituidas
en cada esquina de una calle
de tránsito común,
ante el golpe de la indiferencia
de cuantos fingen no saberlas presentes.
Es crecer ingenuamente adoctrinadas
por romances de telenovela,
como perfecta estrategia de padrotes
que enamoran, prometen
y hacen de la ilusión de un final feliz
un pasaporte al infierno.
Es ser humillada, burlada, ultrajada,
prostituida treinta veces por noche,
asesinada una cada cuatro minutos,
por taxistas, diputados, policías,
redes de pederastia,
primos, tíos, cuñados
(hijos todos de mujeres,
¿es preciso recordarlo?),
quienes al día siguiente
fingen impecabilidad
en los festejos familiares.
Es ser calumniada por otras mujeres,
llamada “puta” por sus iguales,
puesta en tela de juicio,
acusada por sus logros,
sometida a sospecha
si goza de un sueldo apenas suficiente,
pese a la evidencia del sudor y el tedio
por su condición de esclava en renta
durante once horas continuas.
Es ser avergonzada públicamente
si no “consiguió” un hombre,
si un espécimen del género opuesto
no la elige para dominio propio,
si no avala su condición de “respetable señora”.
Ser mujer en México
es temer serlo libremente
y, pese a ello, armarse de valentía
para arremeter la jornada,
ganar el derecho a decir
con palabra propia, definirse,
ser como se prefiera,
pensar por sí misma,
edificarse un mundo propio.
Y es también saber que se le mata,
por atrever el derecho
a esa «habitación propia»,
a ese mundo de “peligrosa” singularidad.
Ser mujer en México
es morir en cada desaparecida,
cada asesinada,
cada expediente en el olvido,
un poco siempre cada día,
y continuar empuñando la palabra
para dar pelea al miedo
y abrir camino a otras voces.
Es llorar de espanto y furia,
elevarse sobre la miseria
y aprender de cada lágrima.
Es no dejarse abatir,
silenciar, anular;
sembrar la semilla de la sangre
y germinar con furia
un amanecer de la voz
por cada muerta nuestra,
hasta el último aliento,
hasta el último estertor de un país
prostituido, violado, cercenado,
un sepulcro común que clama
el epitafio de la justicia
por boca propia.
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Versión de reciente aparición en la antología «Mujeres con voz de tinta: injusticia social», editada por Jorge Pacheco Zavala, bajo el sello Voz de Tinta.
