FRAGMENTOS ANTROPOLÓGICOS DE LOS PUEBLOS SIN FIN
I
Desentrañando la fuerza del tiempo:
concibiendo la fuente de la fuerza.
Mientras que la disparidad de
la humanidad hiere las diferencias.
Llego a lo que es esta carga,
aunque la noche sea árida
en el vientre de innumerables idiomas.
En mi país, los hombros se hunden.
Nuestras calles y sus ventanas,
lo que está casi dividido, pero nunca
terminará, traga lo que es el capullo:
soy la masa social escupiendo al aire.
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II
Vestida de crudeza, con la inmensidad
atravesada por los mendigos hartos,
los andamiajes de herencias y de
paredes derrumbadas, y que sobre el
el río no se dividirán pero decaen
en el futuro que ya nos pertenece:
un apartadero del diluvio, el grito
de un parto más, quizás capaz
para salvar la debilidad y anclar
poros, que una vez más,
en el sertón o sureste de una
tierra sacudida, sacudirá estas
hojas y sus fragmentos de nuevo,
cantando la poesía de los sin fin.
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III
Una fina tela naranja
rehace nuestro retrato: verde
llegando a la línea blindada del mapa,
y el bambú recrea todo
el manglar triste de Brasil.
Entre cocos y adelfas,
todas las cosas que surgen de
la opacidad se transfieren, originadas.
Crecimos de todos modos,
porque de nada sirve huir de su abismo.
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IV
Es necesario corroerse el daño,
dialogar con la herida, retener
el antídoto que nos distribuyó
entre la escoria y la solución.
Fluir en la capacidad del látigo,
nadar y emerger con la ternura
del niño que un día se recupera
adulto, mientras lanza la boca
en la palabra que no se mueve sin
tejer el ruido del abrazo, finito.
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V
Y no será necesario componer el azul,
el merisma de una canción religiosa,
sin antes descreer en la eternidad
salvadora, sin antes cobrar de las manos
el sudor, el jugo, la seda que alivia
el hambre, mientras perdura la cosecha
en las sombras de árboles centenarios.
Leer: fragmentos de cuerpos separados.
