BELLÍSIMA
Y si uno de esos ángeles
me estrechara de pronto sobre su corazón,
yo sucumbiría ahogado por su existencia
más poderosa.
–Rilke, de nuevo-
Óigame usted, bellísima,
no soporto su amor.
Míreme, observe de qué modo
su amor daña y destruye.
Si fuera usted un poco menos bella,
si tuviera un defecto en algún sitio,
un dedo mutilado y evidente,
alguna cosa ríspida en la voz,
una pequeña cicatriz junto a esos labios
de fruta en movimiento,
una peca en el alma,
una mala pincelada imperceptible
en la sonrisa…
yo podría tolerarla.
Pero su cruel belleza es implacable,
bellísima;
no hay una fronda de reposo
para su hiriente luz
de estrella en permanente fuga
y desespera comprender
que aún la mutilación la haría más bella,
como a ciertas estatuas.
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CASI UN ENCUENTRO
Este poema es un espejo Este espejo es un poema
en que un espejo en que un poema
se mira se lee
y este espejo es un poema y este poema es un espejo
en que el poema en que el espejo
se lee se mira
Uno se mira al fondo Uno se lee en el agua
sin leerse sin mirarse
Otro se lee en el agua Otro se mira al fondo
sin mirarse. sin leerse.
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EL AMOR ES OTRA COSA, SEÑORES
Uno se hace a la idea,
desde la infancia,
de que el amor es cosa favorable
puesta en endecasílabos, señores.
Pero el amor es todo lo contrario del amor,
tiene senos de rana,
alas de puerco.
Mídese amor por odio.
Es legible entre líneas.
Mídese por obviedades,
mídese amor por metros de locura corriente.
Todo el amor es sueño
—el mejor áureo sueño de la plata—.
Sueño de alguien que muere,
el amor es un árbol que da frutos
dorados sólo cuando duerme.
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POEMA
Todo poema
es su propio borrador.
El poema es sólo un gesto,
un gesto que revela lo que
no alcanza a expresar.
Los poemas
de perfectísima factura,
los más grandes,
son exclusivamente
un manotazo afortunado.
Todo poema es infinito.
Todo poema es el génesis.
Todo poema nuevo
memoriza el futuro.
Todo poema está empezando.
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1. EPITAFIO
Sólo dos cosas quiero, amigos,
una: morir,
y dos: que nadie me recuerde
sino porque todo aquello que olvidé.
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GRANDE Y DORADO ES EL ODIO
Grande y dorado, amigos, es el odio.
Todo lo grande y lo dorado
viene del odio.
El tiempo es odio.
Dicen que Dios se odiaba en acto,
que se odiaba con fuerza
de los infinitos leones azules
del cosmos;
que se odiaba
para existir.
Nacen del odio, mundos,
óleos perfectísimos, revoluciones,
tabacos excelentes.
Cuando alguien sueña que nos odia, apenas,
dentro del sueño de alguien que nos ama,
ya vivimos el odio perfecto.
Nadie vacila, como en el amor,
a la hora del odio.
El odio es la sola prueba indudable
de la existencia.
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3
Recuerdo que el amor era una blanda furia
no expresable en palabras.
Y mismamente recuerdo
que el amor era una fiera lentísima:
mordía con sus colmillos de azúcar
y endulzaba el muñón al desprender el brazo.
Eso sí lo recuerdo.
Rey de las fieras,
jauría de flores carnívoras, ramo de tigres
era el amor, según recuerdo.
Recuerdo bien que los perros
se asustaban de verme,
que se erizaban de amor todas las perras
de sólo otear la aureola, oler el brillo de mi amor
—como si lo estuviera viendo—.
Lo recuerdo casi de memoria:
los muebles de madera
florecían al roce de mi mano,
me seguían como falderos
grandes y magros ríos,
y los árboles —aun no siendo frutales—
daban por dentro resentidos frutos amargos.
Recuerdo muy bien todo eso, amada,
ahora que las abejas
se derrumban a mi alrededor
con el buche cargado de excremento.
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LEGADO
La persona que escribe estos poemas
no sufrirá ludibrio ni gozará de gloria
aunque yo mismo
le dé crédito claro en estas líneas.
De nada serviría decir su nombre:
Álvaro, Pedro
o fulano de tal.
Nadie ha de creerme.
Continuaré cargando
la responsabilidad dudosamente placentera
de todos estos libros
que yo —malos o buenos—
no hubiera estado nunca
en aptitud de redactar.
Pero doy gracias sinceras
al divino amanuense de mis textos,
al jugador agnóstico
que entrena con su sombra sobre el muro
y se burla de mí:
cuela conceptos, imágenes y enigmas
que no puedo sondear,
y escribe mal, acaso, adrede,
para vengarse de una usurpación
que no lo inquieta más que una mosca inoportuna,
y aun se permite, ahora,
corregir y dar gusto elemental
a este pobre legado
de su deudor eterno.
