Eduardo Lizalde (Ciudad de México, 1929 - 2022) Poeta, traductor y ensayista; merecedor del Premio Internacional Alfonso Reyes, Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes, Premio Xavier Villaurrutia y Premio Miguel Cervantes entre muchas otras distinciones. La poesía de Eduardo Lizalde es imprescindible para cualquier lector contemporáneo de literatura.

Eduardo Lizalde, Doy gracias cuando alguien memoriza una estrella que se lee en el agua.

BELLÍSIMA

Y si uno de esos ángeles

me estrechara de pronto sobre su corazón,

yo sucumbiría ahogado por su existencia

más poderosa.

Rilke, de nuevo-

Óigame usted, bellísima,

no soporto su amor.

Míreme, observe de qué modo

su amor daña y destruye.

Si fuera usted un poco menos bella,

si tuviera un defecto en algún sitio,

un dedo mutilado y evidente,

alguna cosa ríspida en la voz,

una pequeña cicatriz junto a esos labios

de fruta en movimiento,

una peca en el alma,

una mala pincelada imperceptible

en la sonrisa…

yo podría tolerarla.

Pero su cruel belleza es implacable,

bellísima;

no hay una fronda de reposo

para su hiriente luz

de estrella en permanente fuga

y desespera comprender

que aún la mutilación la haría más bella,

como a ciertas estatuas.

.

.

CASI UN ENCUENTRO

Este poema es un espejo                  Este espejo es un poema

en que un espejo                                en que un poema

se mira                                                  se lee              

y este espejo es un poema                y este poema es un espejo 

en que el poema                                 en que el espejo                    

se lee                                                     se mira 

Uno se mira al fondo                          Uno se lee en el agua

sin leerse                                              sin mirarse

Otro se lee en el agua                        Otro se mira al fondo

sin mirarse.                                          sin leerse.    

.

.

EL AMOR ES OTRA COSA, SEÑORES

Uno se hace a la idea,

desde la infancia,

de que el amor es cosa favorable

puesta en endecasílabos, señores.

Pero el amor es todo lo contrario del amor,

tiene senos de rana,

alas de puerco.

Mídese amor por odio.

Es legible entre líneas.

Mídese por obviedades,

mídese amor por metros de locura corriente.

Todo el amor es sueño

—el mejor áureo sueño de la plata—.

Sueño de alguien que muere,

el amor es un árbol que da frutos

dorados sólo cuando duerme.

.

.

POEMA

Todo poema

es su propio borrador.

El poema es sólo un gesto,

un gesto que revela lo que

no alcanza a expresar.

Los poemas

de perfectísima factura,

los más grandes,

son exclusivamente

un manotazo afortunado.

Todo poema es infinito.

Todo poema es el génesis.

Todo poema nuevo

memoriza el futuro.

Todo poema está empezando.

.

.

1. EPITAFIO

Sólo dos cosas quiero, amigos,

una: morir,

y dos: que nadie me recuerde

sino porque todo aquello que olvidé.

.

.

GRANDE Y DORADO ES EL ODIO

Grande y dorado, amigos, es el odio.

Todo lo grande y lo dorado

viene del odio.

El tiempo es odio.

Dicen que Dios se odiaba en acto,

que se odiaba con fuerza

de los infinitos leones azules

del cosmos;

que se odiaba

para existir.

Nacen del odio, mundos,

óleos perfectísimos, revoluciones,

tabacos excelentes.

Cuando alguien sueña que nos odia, apenas,

dentro del sueño de alguien que nos ama,

ya vivimos el odio perfecto.

Nadie vacila, como en el amor,

a la hora del odio.

El odio es la sola prueba indudable

de la existencia.

.

.

3

Recuerdo que el amor era una blanda furia

no expresable en palabras.

Y mismamente recuerdo

que el amor era una fiera lentísima:

mordía con sus colmillos de azúcar

y endulzaba el muñón al desprender el brazo.

Eso sí lo recuerdo.

Rey de las fieras,

jauría de flores carnívoras, ramo de tigres

era el amor, según recuerdo.

Recuerdo bien que los perros

se asustaban de verme,

que se erizaban de amor todas las perras

de sólo otear la aureola, oler el brillo de mi amor

—como si lo estuviera viendo—.

Lo recuerdo casi de memoria:

los muebles de madera

florecían al roce de mi mano,

me seguían como falderos

grandes y magros ríos,

y los árboles —aun no siendo frutales—

daban por dentro resentidos frutos amargos.

Recuerdo muy bien todo eso, amada,

ahora que las abejas

se derrumban a mi alrededor

con el buche cargado de excremento.

.

.

LEGADO

La persona que escribe estos poemas 

no sufrirá ludibrio ni gozará de gloria 

aunque yo mismo 

le dé crédito claro en estas líneas. 

De nada serviría decir su nombre: 

Álvaro, Pedro 

o fulano de tal. 

Nadie ha de creerme. 

Continuaré cargando 

la responsabilidad dudosamente placentera 

de todos estos libros 

que yo —malos o buenos—

no hubiera estado nunca 

en aptitud de redactar. 

Pero doy gracias sinceras 

al divino amanuense de mis textos, 

al jugador agnóstico 

que entrena con su sombra sobre el muro 

y se burla de mí: 

cuela conceptos, imágenes y enigmas 

que no puedo sondear, 

y escribe mal, acaso, adrede, 

para vengarse de una usurpación 

que no lo inquieta más que una mosca inoportuna, 

y aun se permite, ahora, 

corregir y dar gusto elemental 

a este pobre legado 

de su deudor eterno.

Eduardo Lizalde (Ciudad de México, 1929 - 2022) Poeta, traductor y ensayista; merecedor del Premio Internacional Alfonso Reyes, Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes, Premio Xavier Villaurrutia y Premio Miguel Cervantes entre muchas otras distinciones. La poesía de Eduardo Lizalde es imprescindible para cualquier lector contemporáneo de literatura. Eduardo Lizalde, Doy gracias cuando alguien memoriza una estrella que se lee en el agua.