Marta Hontecillas (Madrid, España, 1999) Empezó a escribir de pequeña, a veces por gusto, otras por necesidad, casi siempre por "hambre", como ella lo llama. En 2016, comenzó a compartir en Facebook sus primeros textos, y tres años después, publicó su primer libro, "Cosas que hacer mientras esperas a la ambulancia", del que ahora prepara su segunda edición, renombrada con el nombre de "Toskaire". Apartada de las redes y escondida en su pequeño mundo, de vez en cuando sale a dejar un poco de ella en él, con la única esperanza de que pueda servir de algo al lector, de que puedan sentir con ella.

Marta Hontecillas, Un verso caído del cielo es más que suficiente.

MANERAS DE IGNORAR LA AUSENCIA 

(PRIMER INTENTO)

Hacía ya un año de la muerte de mamá y aún no había empezado a doler. Con la ausencia vino el llanto ahogado, vinieron las condolencias por esa pena que ellos tampoco sentían, pero creían comprender, vino el silencio vestido de azul y se acomodó con padre en el último recital que tampoco dio. Un año es tiempo más que suficiente para ser otra persona, tener un trabajo nuevo, una nueva actitud y algo similar a la felicidad esperándote con la mesa puesta. Un año es tiempo más que suficiente para encontrar al amor de tu vida, perderla en un suspiro y suspirar por alguien más. Es tiempo más que suficiente para buscar un lugar para guardar todo aquello que sólo acumula daño, para encontrar una motivación, un bypass que en el último momento consiga encauzarlo todo. Al menos todo lo que morirá después. Es tiempo más que suficiente para llorar una muerte prematura pero no por eso injusta. Con su marcha vinieron muchas cosas, cubiertos de más, comidas de menos, peleas en exceso, silencios soporíferos, cardamomo y algo de arroz. Pero ni una puta lágrima, ni un puto resquicio de dolor, porque puedo contar cómo superar la muerte sin mirarla a los ojos, porque puedo contar cómo secar las lágrimas en otros brazos, pese a que las lágrimas se fueron con su recuerdo y ya no me reconocía.

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SÓLO UNA HISTORIA MÁS

El tren continúa su camino, deslizándose entre el hierro, cansado de ser camino, pero no destino.

Los alógenos que alumbran el viejo vagón de metro titilan mientras el reflejo de una niña aparece y desaparece por la ventana sin razón aparente. Y entonces pienso que:

Podría ser yo, pero ya no.

Las puertas parecen abrirse mientras las ruedas chirrían y yo pienso en un verso de Cernuda. Qué poético habría sido olvidarte en ese instante.

En cambio tu recuerdo sonríe elevando la mano hacia el cristal de mi diestra, y la niña de la ventana me golpea con el inexorable paso del tiempo. 

                                          -Dejó de ser niña cuando apretó el puño y se convirtió en carne-.

Un hombre se sienta a mi lado y siento asco, porque me hace sentir objeto deseado pero no deseable. 

Entonces miro sus manos, son rudas, callosas y sucias. Sus uñas están descuidadas y llenas de detrito. -¡Cuánta suciedad hay por aquí!- 

Nada de lo que puedas decir sonará mínimamente real mientras el rencor campe a sus anchas entre corazas.

Entonces se saca la polla y me mira con lujuria, no hay carne capaz de soportar tanto fuego sin llamarlo infierno. Y quiero llorar, pero no puedo mostrarme débil sin servir mi yugular en bandeja de plata.

Así que trato de pensar en tu calidez, pero se me corta la respiración cada vez que el hombre me mira, y saco mi medicación para el asma, que no es asma ni es deseo, y rezo porque el tren no se detenga mientras pienso en que todo es temporal. 

La sangre me arde en las sienes y sería una bendición, un regalo caído del cielo, que apareciese un pedagogo a enseñarle a guardarse la polla, o a cortársela. Pero mis esperanzas se van al traste cuando miro las piernas temblorosas de la niña y sé que ya no queda respeto por nada.

El hombre me mira mientras se agarra con intencionada lascivia la entrepierna y yo aprieto las llaves con fuerza, intentando colocarlas de la manera adecuada para defenderme en caso de ataque. 

Ya me conozco esta historia.

Su mirada ya no se despega de mí y quiero gritar: «Piérdete» cuando me toca con su mano izquierda la cadera, pero no puedo articular palabra.

Cierro los ojos con fuerza y me muerdo el labio mientras lloro y eso le excita. 

Noto su mano moverse con fuerza contra su cuerpo y quiero vomitar cuando levanta mi camiseta.

Entonces pienso en Dios y le juro que seré fiel devota de su iglesia si me ayuda a sentirme extranjera de mi propio cuerpo, pero ya es demasiado tarde y no encuentro hogar en mi piel, no creo que pueda hallarlo en ninguna parte a partir de ahora.

Me aprieta con fuerza el estómago justo donde siento hambre y pienso que hasta eso me ha quitado.

No me preocupa su desnudez desde hace rato. No me queda miseria que vomitar si me meto los dedos. -Te la has quedado toda-.

Consigo romper lo que me une al mundo terrenal y me encierro en el armario de mi habitación mientras trato de no gritar demasiado alto.

Entonces separa su mano de mí y cierro las piernas por si es una trampa. 

No soporto los dientes de cocodrilo que asoman de sus labios cuando entorno uno de los párpados.

Pero ya no me queda miedo.

Sólo asco. 

Un estruendo me deja aturdida y tardó lo que parece una eternidad, que no un instante detenido en el tiempo, en comprender que hay música meciendo mi rabia. Pero no tengo tiempo para melodías.

El tren llega a la estación, y corro hacia la puerta para escapar del olor a polla usada.

Estoy a punto de cruzar el umbral, el pequeño hueco entre coche y andén que me separa del odio eterno a la piel que ya no siento mía.

Pero justo,

en ese instante, 

me convierto en ceniza.

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QUÉ PIES TAN FEOS TIENE

Asco, y rabia, fue lo que sentiste mientras mirabas a madre a los pies, mientras pensabas qué feos los tenía, y qué alma más perdida, o, «cómo te quiero cuando no me miras» porque es la única forma que tengo de quererte, como si el rencor de tantos años no doliese ya lo suficiente, cómo si estuviese preparada para perdonarla. No he llorado la muerte de mi madre porque no he tenido nunca padre que me enseñe a hacerlo. Porque los restos de sangre en la cama de nadie no eran vistos por todos como arte. Porque nada resulta más doloroso que ver qué te caes y ni eso deja huella. Y aún así resulta bonito pensar que el esternocleidomastoideo, no es sólo el nombre de un músculo, que ahí está mi punto débil, que nada me resulta más confuso que un mordisco tuyo que me hace arder mientras me recorre el frío. 

Mírame, mírame cariño. 

No me beses en el cuello si no vas a arrancármelo luego a mordiscos y a conseguir que me desangre.

Dime qué no sabes de qué pasta estás echa cuando llamas a mi puerta y vienes a observar mi caos. Dime qué no cruzas el umbral y comienza a oler a angustia, dime tú

hacia qué lado mirar cuando todo está lleno de espejos, pregúntame qué se siente cuando padre no te mira a los ojos, cuando es incapaz de sostenerte la mirada, y pestañea cuando te estás acercando más a verle. Dime de qué cojones conozco el miedo si no me acuerdo siquiera del nombre de mi padre. Dime qué clase de mundo es este que no conoce de límites ni fronteras, pero no gobierna y tampoco cree en sí mismo. Por qué hablamos de humanidad, si no somos humanos . 

Padre siempre decía que no había que confiar en nadie, pero padre también hablaba de monedas mientras yo lloraba. Padre era pedante, machista, incapaz e hipócrita. Pero era padre. Aunque nunca sentí el apego, el cariño y el amor que tanto recalcan los libros de últimamente.

Padre gastaba el dinero en putas y no trataba bien a ninguna. Padre alardeaba de sus muchos conocimientos almacenados en el cuarto viejo de los trastos de limpieza. Padre gastaba el dinero y sólo traía oro a casa. Él 

sólo era un enajenado, perdido en un verso de Neruda.

Así que, cariño, no te acerques mucho al pozo. 

Porque más que una caída libre es un chupito de tequila tras otro. 

Porque a lo mejor no he sabido mirar a madre a los ojos porque cuando lo intentaba sólo veía botones cosidos.

«Qué pies tan feos tiene».

Marta Hontecillas (Madrid, España, 1999) Empezó a escribir de pequeña, a veces por gusto, otras por necesidad, casi siempre por "hambre", como ella lo llama. En 2016, comenzó a compartir en Facebook sus primeros textos, y tres años después, publicó su primer libro, "Cosas que hacer mientras esperas a la ambulancia", del que ahora prepara su segunda edición, renombrada con el nombre de "Toskaire". Apartada de las redes y escondida en su pequeño mundo, de vez en cuando sale a dejar un poco de ella en él, con la única esperanza de que pueda servir de algo al lector, de que puedan sentir con ella. Marta Hontecillas, Un verso caído del cielo es más que suficiente.