José Leyva Lara (Culiacán, México.1989) es Maestro en Administración y poeta. Vive como foráneo en Tijuana y se desempeña en el ámbito restaurantero. Pero fanático de la poesía. Ha participado en diversos talleres de poesía y es autor de poemario No precisamente el tiempo corre igual para todos. Escribe en @jose.leyva.lara

José Leyva Lara, El amor es un artefacto que te invita a nadar.

DE ESTE LADO

Recoges el maíz
mientras desgranas el elote con los dedos,
de sombras, un gusano yace tirado entre las hojas
puedes ver,
tu madre que se mece en el molino
y va rasgando con los dientes
hasta volverlo pulpa leche la moneda de cambio de la casa.

Habrás escuchado que mucho más allá del tren
y la cruz que cuida el pueblo
se encuentra el agua,
que hay quien se desnuda
y te invita a nadar
mientras descansan en la arena
aquellos que temieron encontrarse con las olas.

De este lado,
la hamaca es único premio del descanso,
resta recoger las hojas
barrer el piso
alimentar a los gusanos de mascotas.

Pocos son los justos que se tumban en la arena,
y se meten en las aguas
logrando el bautismo de ritual.

El sol se pone
y a lo lejos la cruz se pierde
mientras sacas la olla de tamales,
de este lado toca despertar temprano,
desgranar elote,
desdentar el grano,
poner la olla,
y ver cómo la cruz se pierde,
mientras sacas la olla de tamales,
y piensas en la arena
y el bautismo,
en recoger elote,
alimentar gusanos,
en nadar desnudo
y poner la olla.

.

.

IDALIA (OJOS, CON AMOR DE OJOS)

Puedes ver en ella

la sonrisa 

de quien piensa

que el amor es un idioma de silencios, 

un artefacto que atraviesa espacios, 

que no conoce otro tiempo

que la infancia

su mirada

te transporta 

hacia el niño que regresa con los codos raspados, 

se renueva 

como olas que nunca tocan la arena,

que se deshacen antes de llegar a ti, 

antes de encontrarte con sus ojos 

con amor de ojos

sus caricias son de pronto 

máquinas del tiempo 

que te llevan a los nueve años,

a los domingos

asomado por el vidrio

de un auto que poco sabe de distancias, 

que ignora la importancia en la memoria 

de las tardes mecido

en una hamaca

que lo hace sentir seguro

protegido

velado por amor de madre,

que no conoce otro sonido

que la música de fondo de Charlie Zaa,

la balada que se confunde con su voz

que se convierte

en himno,

en un ungüento 

que cura cicatrices

en pequeños recuerdos

que regresan a la vida

de mano

de sus manos 

que te hacen querer estar

y perderte 

en el sonido de su voz,

que te duerme

mientras

miras la ventana

mientras

te asomas por un vidrio 

que poco sabe

de recuerdos

y certezas,

de días en que el frio

no llega

y te quedas colgado de su mano,

de la sonrisa 

de quien piensa

que el amor es un idioma de silencios, 

un artefacto que atraviesa espacios 

que se refleja en la ternura de sus ojos

con amor de ojos.

.

SOL EN LA PIEL

Tengo el color del sol en la piel,

la semilla del odio

que se engendró

incluso antes que naciera,

fui

quien aprendió el valor 

a través del rechazo,

la mirada altiva

que me hizo saber

que desde un inicio

se me había negado  
el amor del dios de mi dios

el color del sol en la piel

había creado

desde un principio

un puente de rechazo

que poco pude hacer

para cruzar

su amor

estaba destinado

para los niños blancos,

se veía,
sentado en el fondo de la mesa, 

diciendo en la mirada

las pocas cosas

que atrevimos a decir en la familia

de pronto se me negaba

el derecho a ser igual,

de ser cortado con la tijera

de quienes tenían el color de la luna en la piel,

entendí,

que poco servirían las palabras

para cambiar

esa raíz inquina
que atravesaba la sangre de mi madre

fui,
quien aprendió

que la rabia

se alimenta

como ratas de basura,

que engendra hambre,

engaño, suciedad,

que, de la noche,

son los animales

que revientan los puños en la espalda,

que atraviesan las quijadas de impotencia

y de dolor

por no nacer

con la luna en la cara,

que me hizo ser partícipe,

y ganador,

de ser la sombra del niño blanco,

el niño que no fue acreedor al abuso,

a la moneda que es anzuelo,

a la furia

que arremete

contra el dios de mi dios,

quien descansa en la tierra,

en algún pequeño pueblo,

que dista mucho

de esta casa sin persianas,

que me cubre por la noche,

junto a los animales del rencor,

con la furia de entender

que el odio

echó raíz en el pecho,

que no seré la sombra del adulto blanco,

que hay puentes

que poco pude hacer para cruzarlos,

que todo esto estaba escrito

ya en el vientre de mi madre.

José Leyva Lara (Culiacán, México.1989) es Maestro en Administración y poeta. Vive como foráneo en Tijuana y se desempeña en el ámbito restaurantero. Pero fanático de la poesía. Ha participado en diversos talleres de poesía y es autor de poemario No precisamente el tiempo corre igual para todos. Escribe en @jose.leyva.laraJosé Leyva Lara, El amor es un artefacto que te invita a nadar.