TORMENTA LEJANA
Para F.D.G.
Un edificio. La habitación a oscuras
se alumbra con la secuencia del televisor,
como a través de una tormenta lejana.
Nada sabemos de ellos pero ahí están.
Todas las noches
comienza un mundo por sus manos.
El barco se hunde ante las costas
y no podemos hacer nada.
Miramos los vidrios
que se encienden o se apagan.
De pronto sean estas ráfagas de luz
la habitación donde termina un amor
y apenas escuchamos la última sílaba del ruido.
Pensarán ellos que somos nosotros
los fantasmas,
prendiendo las luces en los cuartos
o amándonos los sábados.
Y creerán que no están solos.
Y al otro lado de las ventanas
verán el resplandor,
parecido al encuentro de una música amiga.
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FINA GARCÍA MARRUZ
Esperé tantos árboles
para conocer su escritura.
El mar se retiró de los poemas
hasta dejarnos la tierra detenida,
quedamos solos frente
al suspenso del oro.
Así pudimos ver todos
los cráteres del interior
primero blancos y
después grises
la nieve que se apaga
lentamente
en la memoria de otro invierno.
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PERRO DE POMPEYA
Un perro atropellado
en la mitad de la carretera.
Por su boca se asoman
las entrañas
y respiran a la vida
respiran todavía,
aferradas al túnel
de un aullido invisible.
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MARIPOSA NOCTURNA
Para T.
Es inútil que escribamos sobre todo.
Hay que saber esperar.
El poema nace en el vacío
que desplaza otro poema.
Pienso en las mariposas nocturnas
persiguiendo su sombra sobre el techo.
Se alejan y la sombra se perfila,
cuando se acercan demasiado
pierden la imagen en el vuelo.
Es más o menos así.
Sombras que buscan la luz
para permanecer como sombras.
A veces el silencio es el último
cumplido sobre las cosas que amamos.
Su manera de estar a nuestro lado.
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ABUELAS
Mujeres de la casa,
muy rápido aprendimos la existencia
de un canon familiar:
la abuela paterna como un ave menuda
sobre las cosas,
nos mira con sus ojos serenos
en el agua de otro tiempo,
la madre de mi madre regresando
desde el ruido,
sus ojos como verdes candiles
en el centro de la fiesta.
Oigo los secadores que se prenden
en los baños de la infancia,
poblando la casa de mercados
y de estadios submarinos.
Miro a las abuelas y miro a las mujeres,
hablándoles a sus hijos del pasado y de los trenes,
hilando con sus historias el secreto
de Irlanda o Santander.
Sin saber quiénes somos ni hacia dónde vamos,
pienso que no tuve pasado sino un puñado de mujeres.
Mujeres despiertas como aves o candiles,
inventando desde sus pasos el rumor y los días.
