EL LABERINTO EN LAS ALTURAS
He visto pasar las aves: pulsos radiantes
contra la bóveda vespertina —un cielo de ocres,
una seda inmensa, desgarrada por los impactos
de un oleaje morado, celeste, en vuelo sobre la ciudad
y sobre la aspereza de los rostros. He visto las alas
y los picos; creí verlos con un lente de aumento,
con una mirada amplificadora, metida por milagro
dentro de la diamantina formación en V. Los antiguos leían
una letra Delta en el escuadrón prodigioso
en camino al mundo austral. He visto un secreto: no lo entendí.
He visto la danza del laberinto isleño en la alta atmósfera.
Grullas o gansos, predicaban «el camino más largo
en el espacio más breve», y lo hacían con la majestad
de su conducta cósmica, encajada en los ciclos planetarios,
acaso vinculada con el magnetismo que circunda la esfera azul,
determinante de las plumas ordenadas, fuertes y flexibles.
He visto desde abajo el prodigio de las alturas
con una sensación de roce sagrado, a ras de tierra,
aliento de las elevaciones primordiales y del poema escrito
en los anales diáfanos del viento.
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SIN LESIÓN NI MENOSCABO
El extraviado emblema de la unidad
está en la palma de esta mano:
una naranja y un derviche
confundidos y enlazados
hasta no ser ya dos.
Giran detrás de la huella digital,
surcos del sol, muescas ornamentales
que la edad va borrando.
(En los bancos,
el aparato de detección dactilar no lee
la huella de mis dedos índices).
Una naranja y una navaja
para cortarla. (El derviche se fue
por esos caminos, girando, girando).
El emblema de la unidad
persevera más allá de la mano,
sobre una columna,
como un anacoreta
—una columna
que nadie puede ver:
incólume.
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AYOTZINAPA
Mordemos la sombra
Y en la sombra
Aparecen los muertos
Como luces y frutos
Como vasos de sangre
Como piedras de abismo
Como ramas y frondas
De dulces vísceras
Los muertos tienen manos
Empapadas de angustia
Y gestos inclinados
En el sudario del viento
Los muertos llevan consigo
Un dolor insaciable
Esto es el país de las fosas.
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*
“No hubo piedad para la luz
en lo más hondo de la desesperanza
dolía esa tarde de miedo”.
En este fragmento del poema “Testimonio” vertió su frustración por la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968.
