Samanta Galán Villa (Moroleón, Guanajuato,1991). Escritora. Algunos de sus cuentos han sido publicados en medios como la revista Pez Banana, revista Sputnik, Neotraba, Revista Estrépito, Monolito, La Factoría y en el periódico oaxaqueño El Imparcial. Uno de ellos se tradujo al inglés y se publicó en la revista Asymptote. Ha participado como promotora de lectura en la revista quintanarroense Materia Escrita. En la actualidad lleva cursos en Literaria, Centro Mexicano de Escritores y forma parte del taller de novela corta del escritor Eugenio Partida.

Samanta Galán Villa: La sombra de mi mamá parece una losa de metal.

EL SÓTANO

Acabamos de enterrar a mi padre. Entre la legión de cruces y velos negros, veo la figura de mi mamá. No tiene nada en particular, pero es la única que no reconozco. Uno de mis tíos se levanta de la silla y la maldice. Le reclama que esté ahí, muy señora de Gonzáles, si en vida nunca levantó el teléfono para preguntarle por sus quimios o si necesitaba dinero para los medicamentos. 

Mis oídos se cierran a la bulla. El hermano menor de mi papá se levanta para tranquilizar al otro y entre jalones lo llevan a la salida. 

Ella me ve. Prendo un cigarro sin bajar la mirada. Qué pensará de que fumo, de que la bebé que abandonó hace treinta años ahora es una mujercita que descarga la tensión en un Camel. Mamá no dice nada, ningún gesto. Ni un reclamo. Vuelve junto a la lápida de mi papá, a su lado, al lugar que siempre fue suyo.

La gente abandona el cementerio hasta que sólo quedamos ella y yo. ¿Tienes hambre?, me pregunta y yo le respondo que no con la cabeza. Me parece mentira que a partir de hoy la cara de mi padre sea marfil blanco. Pone una mano sobre mi hombro. Pide que nos vayamos de ahí y descansemos. 

En el trayecto sólo hay silencio. No puedo voltear a verla. Intento distraerme con el movimiento de las nubes que galopan como caballos silvestres. De reojo veo que mamá tiene la vista al frente, las dos manos aferradas al volante. 

Quiero explicarte una cosa… 

Mis oídos vuelven a cerrarse. No me hace falta escuchar de sus labios lo que mi padre me explicó tantas veces. Que ella tiene un espíritu libre, que atarse a una hija nunca estuvo en sus planes y lo mucho que sufrió en el embarazo. El infierno que fue para ella amamantarme porque se le cuartearon los pezones. La tristeza que sintió al saber que no podía soportar mi llanto cada dos horas en la madrugada.

Qué importa. A fin de cuentas, mi papá se hizo cargo desde el primer día que se fue. Desde que ella se convirtió en un retrato que envejece al final de las páginas de un libro. La única foto que mantenía de su existencia: Sonriente, mirando al retratista. Cabello estilo El Buki. Delineador negro agrandando el párpado. Una blusa de cuello alto, con líneas blancas y rojas. 

Volteo para mirarla detenidamente por primera vez desde que regresó, hace tres semanas. Sin contar las patas de gallo, su cara es idéntica a la de la fotografía. El cabello en un corte bob, enmarcándole el rostro. Cejas pobladas y la nariz recta. Sus labios delgados se mueven diciendo no sé qué. Algo de que no volvió a casarse, que en cada trabajo y cada país que visitó nos tuvo a mi padre y a mí en sus pensamientos. Caigo en cuenta de lo mucho que se parece a mí. En lo triste de eso. 

Estaciona el auto en la cochera y sonríe al escuchar un sonido hueco bajo las llantas. ¿Sabes qué es eso? ¿te lo dijo tu papá? Cuando estábamos juntos leí un libro sobre el fin del mundo. Terrible. Le pedí a Jerónimo que construyéramos un cuarto subterráneo, en donde pudiéramos evitar la radiación de las bombas atómicas. Ninguna guerra, peste o juicio final podría con nosotros. 

No lo sabía, le respondí. Y era cierto. Mi papá me dijo que ese cuarto era una especie de cisterna para almacenar agua si azotaba fuerte la sequía en el verano. 

Entramos a la casa y voy directo a mi cuarto para dormir. Al despertar es de noche. Me meto a bañar y me veo al espejo. Líneas en mis brazos, cicatrices que me recuerdan el tiempo de secundaria, cuando tuve la crisis. Cuando le detectaron a mi papá cáncer de estómago y se encerraba en el baño a llorar. Cuando creí que estábamos solos por mi culpa. 

El agua tibia cae sobre mi cuerpo y de pronto vuelvo al presente. Entiendo que me he quedado sola y me recuesto sobre el piso del baño. El chorro de agua me golpea. Cierro los ojos. Debajo de mis párpados, las gotas son pequeñas esferas de luz que desaparecen y vuelven a encenderse en un segundo. 

Mi mamá toca del otro lado de la puerta y pregunta si todo está bien. No respondo. Escucho el girar de la manija y me levanto. Veo la languidez de su cuerpo a través de la cortina, borrosa y confusa, como su presencia. 

No estaba lista. Me paralicé. No pensé lo mucho que cambiaría mi vida hasta que te tuve en brazos y comprendí que no estaba lista para ese compromiso. Jerónimo estaba encantado contigo. Me dijo que era libre de hacer lo que me diera la gana, pero que contigo era otro asunto. Tenía miedo, hija. Ojalá puedas perdonarme…

No estabas lista. Quién sí. Mi papá se quedó conmigo y no me abandonó en cuanto pudo, quise contestar, pero me di cuenta que las palabras se me resbalaban de la boca y caían, junto con el shampoo, en la coladera. 

Después de un rato de silencio, mi mamá se va. Te espero para cenar, me dice. Debes comer algo. 

Al salir la busco con la mirada, pero no está. Voy a la cocina y no la veo. Tampoco en la sala ni en su lugar: la habitación de huéspedes. La encuentro en la cochera. Abrió la puerta del sótano. Lo sé, porque del suelo se levanta una luz amarilla, como tulipanes. 

Me acerco y está ahí, con un cirio encendido. ¿Ves? Te lo dije. Todo está como entonces, en este cuarto no ha pasado el tiempo. Pero mira cómo vienes, en toalla y chorreando.  Te vas a enfermar. Vuelve a la casa y ponte algo de ropa. 

No sé bien por qué, pero sus palabras me molestan. Le hago una seña con la mano para que se haga a un lado y bajo. Apenas podemos estar de pie, si nos alzamos de puntitas, nuestra cabeza choca contra el techo. Debe tener exactos los dos metros de altura. El sótano no es muy amplio. Apenas hay una alfombra aborregada en el suelo, una mesa con botellas de agua y un par de cojines. En cuanto asomé la cara, me atropelló un incómodo olor a humedad. 

Lo recuerdo diferente. Tal vez porque antes era más delgada. Creo que tu papá entró aquí, porque no hay ni un grano de frijol de nuestras reservas. También cambió la puerta, ésta parece una losa de metal. 

El fuego proyecta nuestras sombras en la pared tapizada de musgo. El mismo tamaño y delgadez. Parece como si la luz hubiera fotocopiado las formas que danzan al ritmo de la flama y que se serpentean una junto a la otra. 

Mi mamá mira las marcas en mis brazos y comienza a llorar. De pronto me inspira una suerte de lástima. Va a decir algo, pero las dos gritamos al oír el portazo. Sube las escaleras e intenta abrirla, pero no puede. El pasador está oxidado por dentro. Lo golpea con los puños y no pasa nada. 

Veo su desesperación. Las lágrimas que brillan y resbalan en su boca que grita auxilio. Mi lástima se fue. Siento rabia y ganas de golpear lo que sea. A ella. Todo es tu culpa, le digo. Todo. Me hubiera gustado que no regresaras nunca. Que te quedaras en uno de esos países africanos que tanto adoras. Estaría mejor si la que se hubiera muerto fueras tú y no mi papá.

Siento como si de mi boca brotara humo amargo. Un espesor que va inundando el cuarto de olor a podrido. Mi mamá ya no golpea la puerta. Me mira con los ojos muy abiertos y en su cara aparece una sonrisa tranquila. Como un moribundo al que le han dado la absolución. Yo también estoy sonriendo y mi risa se vuelve una carcajada. 

Mi toalla cae al piso. No puedo dejar de retorcerme. Lloro y río al mismo tiempo. Mi madre, en cambio, es un sepulcro. Igual que yo, entiende. Dejo de reír y recuesto mi cuerpo sobre la alfombra. 

La sombra de mi mamá es un gigante que me aplasta. Se quita la blusa y el pantalón. El brasier y lo demás. Nunca, desde que regresó, la noté tan tranquila. Su cuerpo cae junto al mío y me toma de la mano. Me dice que no me preocupe, que alguien se dará cuenta que estamos ahí. Ella no sabe, no imagina que siempre fuimos mi papá y yo. No recuerda que puede terminársenos el aire. Que el fin del mundo nos alcanza. 

Sonrío y soplo lo más fuerte que puedo. La luz en el techo se extingue.

Samanta Galán Villa (Moroleón, Guanajuato,1991). Escritora. Algunos de sus cuentos han sido publicados en medios como la revista Pez Banana, revista Sputnik, Neotraba, Revista Estrépito, Monolito, La Factoría y en el periódico oaxaqueño El Imparcial. Uno de ellos se tradujo al inglés y se publicó en la revista Asymptote. Ha participado como promotora de lectura en la revista quintanarroense Materia Escrita. En la actualidad lleva cursos en Literaria, Centro Mexicano de Escritores y forma parte del taller de novela corta del escritor Eugenio Partida. Samanta Galán Villa: La sombra de mi mamá parece una losa de metal.