Melina Sánchez (Conurbano bonaerense, Gran Buenos Aires, 1983). Docente y comunicadora afroindígena. Militante de pueblos originarios desde cuando decir eso en Buenos Aires causaba risa entre los que oían. Hija de una familia migrante del litoral argentino. Nací, crecí y vivo en el conurbano bonaerense. Profe de lengua y literatura en escuelas secundarias del Gran Buenos Aires. Leo y difundo literaturas indígenas. Escribo sobre todo cuando algo me causa indignación o tristeza, y también para dejar registro de nuestra mirada en la urbanidad y en el mundo actual.

Melina Sánchez: No sé por qué en los aromas se escuchan sonidos.

SI YO FUERA JURADO DEL AMERICAN IDOL

A esta hora de la mañana, mi vecina canta. En realidad, hace por lo menos una hora está
«cantando». No canta bien, aunque lo intente… y la Michi y yo no podemos seguir durmiendo… desde
hace una hora. A mí que se me da por encontrarle sentido a todo o por encontrar una historia en
todo… se me empieza a ocurrir su historia… y habituada a encontrar el sentido a las cosas, no puedo
explicarme cómo es que canta tan mal, e insiste. Su compañero le pide que cante, son dos
desafinados. De vez en cuando casi queda la esperanza de que tengan un gusto musical
relativamente bueno, cuando a ella se le da por musicalizar la mañana no con su voz sino con
canciones de su país, que cantan otras personas, pero no trasladan lo que escuchan a lo que
enuncian, y el de la pareja de enfrente es superlativo. 
Esa otra mujer canta, y practica canto. Hay cierta disciplina en el gesto de calzarse los auriculares
con determinación todos los días un largo rato mientras monta su tienda de ropa en la vereda y
escucha a Whitney Houston imitándola… o a Mariah Carey o a Celine Dion. Puede estar en ese plan
toda la jornada, en el medio saluda a quien pase con una sonrisa, se baja el tupper del almuerzo a la
vereda, atiende a su hijita y la deja jugar con otros niños de la cuadra o la manda a bañarse o a
comer, desarma el puesto, habla con su marido y se les ve la aceptación – no la resignación- en la
cara. Tienen una gran tele y desde allí solo se escuchan sonidos de África… Su pequeño balcón está
ocupado por completo por los maniquíes y en un rinconcito hay algunos juguetes de su niña, entre
ellos un cochecito. Cuando a la noche terminan de desarmar suele verse al hombre entrando
orgulloso con su nena a cococho. Detrás va la mujer. A esa hora comienza a salir aroma a comida
desde los distintos departamentos. A mí me gusta el que sale de ese. Es justo el que está enfrente
del mío después del estacionamiento. En la entrada del complejo hay un cartelito que dice «Ropa de
mujer, hombre, niños, muy económico. Preguntar por Naná», y un teléfono. Está escrito a mano en
un castellano de principiante.
Cuando a esa hora más o menos abrimos la ventana de la cocina un poquito, la Michi se queda
mirándolos hipnotizada desde una tarima hecha con una caja que tiene. Los aromas —porque son
muchos— son como a un guisado picante pero dulce e intenso al mismo tiempo- todavía no descifré
qué especias hacen la sazón. A la mañana o a la tarde, cuando voy al almacén o a la panadería, la
mujer me saluda: «Hola amiguita». Tiene el pelo corto, como creciéndole, la vez pasada se hizo las
trenzas otra vez, estaba distinta, se le dibujaba una sonrisa automática. Parece cansada de buscar
algo que no encuentra, pero lo afronta y se le nota esperanza todavía. Su niña tiene una larga
cabellera llena de trencitas diminutas, parece una muñeca y habla en perfecto bonaerense. A veces
la cuida una chica muy del conurbano. No sé por qué eso me parece que resulta práctico para que la

nena aprenda castellano como lo hablamos acá. La pareja de al lado, por momentos, se ve mayor
que aquella. Cuando no cantan discuten así que no se sabe qué es preferible. Lo bueno es que no
están casi nunca. Alquilan un local enfrente. Discuten en idioma de vereda a vereda, como si se
escuchara menos de ese modo. Él tiene bigote. No le queda bien. Ella el pelo corto y ralo. La vez
pasada cambió de look. De repente era otra persona, había cientos de trenzas postizas en su
cabeza, su pelo era largo y se hizo las uñas. Todo el día se escucharon risas, como de mala película
yanqui… no recuerdo si es que también se había puesto lentes de contacto… sí, lo hizo,
verdes…  daba un poco de miedo. Parecen dos viejos rappers venidos a menos, perdidos en un
barrio de obreros del conurbano. Al par de días ella volvió a la normalidad. Si yo fuera jurado del
American Idol, diría que estos dos no hacen las cosas bien para llegar a ganar el premio. Mientras
que aquellos tres, ya lo tienen sin pretenderlo. Aunque ¿quién hace las cosas bien?

Melina Sánchez (Conurbano bonaerense, Gran Buenos Aires, 1983). Docente y comunicadora afroindígena. Militante de pueblos originarios desde cuando decir eso en Buenos Aires causaba risa entre los que oían. Hija de una familia migrante del litoral argentino. Nací, crecí y vivo en el conurbano bonaerense. Profe de lengua y literatura en escuelas secundarias del Gran Buenos Aires. Leo y difundo literaturas indígenas. Escribo sobre todo cuando algo me causa indignación o tristeza, y también para dejar registro de nuestra mirada en la urbanidad y en el mundo actual. Melina Sánchez: No sé por qué en los aromas se escuchan sonidos.