MARIPOSAS
No me gustan las historias de fantasmas. No me gustan en el sentido de que disfrute asustándome o que ese alejamiento momentáneo a una realidad terrorífica le cause el más mínimo efecto a los latidos de mi corazón y que ese límite de dislocamiento entre el sístole y el diástole me den ese placer absoluto que dicen experimentamos en nuestro último suspiro o, por ende, en el fingimiento del mismo.
Las películas e historias de terror me causan el placer de la risa. Esa sombra que sale de repente y nos da un susto mortal. El cuerpo horrendo de los monstruos descaradamente de cartón piedra, el diente cariado asomando de los labios cerrados, la mirada desenfrenada de la víctima, la mano cortada que camina sola y asesina cuando menos lo espera al personaje secundario… Todas las escenas pasan por el mismo cliché y por eso me hacen reír.
A mí lo que me asustan de verdad son las mariposas. No sé por qué ando a contracorriente. Si los poetas se lucen con las mariposas, si en todos los premios internacionales de poesía siempre aparece la imagen de una mariposa, de un bañista o de un verano. Pero yo no soy poeta, la imagen poética de unas alas blancas en la noche me producen aburrimiento. No obstante, si en verdad viera una mariposa volando bajo la luz de una farola me moriría de pavor. Créanlo. El proceso vital de las mariposas se refleja en mis pupilas de forma horriblemente desproporcionada y, aunque sepa que esto no se corresponde con la realidad, la apariencia que muestra el ojo es la que manda en los sentidos y, por ende, en el pensamiento. Cosa curiosa, no me ocurre con moscas, mosquitos o demás insectos. Todas las cosas las percibo en la justa medida que le está asignada a todo ser pensante. Pero las mariposas… Imagínenlas en una manzana, cómo se introducen cuando están en la fase de gusano, los pasadizos, laberintos, el vacío que su horrenda bulimia va dejando a su paso. El castillo del Gran Maestro les daría risa.
Uno de esos pocos poetas (que conste, hablo de poesía por lo de antes ) que me agradan decía que el amor es un tigre disfrazado de mariposa. Otros poetas balbucean que de su corazón sale una bandada de mariposas, que su alma es un vuelo de mariposas. Los más descreídos se atreven a proferir que escriben en las alas de una mariposa. Sandeces. Más bien parece una manada de vacas flacas pastando la misma brizna de hierba. Si lo vieran como yo lo veo quizás harían de la poesía lo que verdaderamente es: una música, un parpadeo de algo que guarda un misterio inalcanzable.
Pero estoy divagando, siempre me pasa cuando no tengo una historia que contar. Se me hace una amalgama tremenda en la mente y, sin pensar en las posibles preguntas, ya estoy dando respuestas sin sentido, sin interrogador. Que por qué este miedo tan extraño: es una pregunta que no podría contestar. Acaso sea producto de una imaginación enfermiza o, al contrario, una lucidez que percibe lo que no estaba establecido: el terror a la inocencia. La diferencia entre esta y la maldad no radica en sus resultados, ambos terribles, sino en el enfoque. La timidez y la ingenuidad me abaten. De chico imaginaba que mi corazón era una col silvestre buscando al capirote que me liberara del gusano devorador de mis latidos. ¿Adónde fuiste, infeliz capirote? ¿Adónde fuiste tú y tu corazón de col de Bruselas? Ya de mayor, cuando empiezas a experimentar el don del vacío, llega el vértigo y tu brújula entonces gira en sentido contrario.
Anoche, cuando me clavabas la estaca en el pecho, de mi corazón no salía ni una gota de sangre. Tan solo una gran mariposa roja que se diluía, después, con las primeras luces del amanecer.
