Anne Sexton (Massachusetts, Estados Unidos, 1928 – 1974). Autora de diez libros de poemas, cuentos para niños en colaboración con Maxine Kumin y una novela inconclusa. Obtuvo distinciones de múltiples universidades y sociedades de escritores, diversas becas y premios —incluido el Pulitzer en 1967—, coordinó varios talleres de creación poética y participó en coloquios y congresos. Recorrió el país de cabo a rabo leyendo su obra. Los múltiples reconocimientos a su obra no impidieron su trágico final.

Anne Sexton: La muerte es el viento que desploma la magia.

ESPERANDO MORIR

Ahora que lo preguntas, no recuerdo muchos días.

Camino metida en un sobre sin sellos postales para este viaje.

Es así, que como una lujuria innombrable, soy devuelta.

Aun entonces, no tengo nada contra la vida.

Conozco bien los brotes de hierba que mencionas

Y los muebles de casa que pusiste bajo el sol.

Pero los suicidas tienen un lenguaje especial.

Así como los carpinteros quieren saber cuáles herramientas.

Ellos nunca preguntan para que construir

Dos veces simplemente me declaré a mí misma

Haber poseído al enemigo, haber devorado al enemigo,

Tomado sus artificios, su magia.

De esta forma, profunda, meditada

Tibia como agua o aceite

Me he quedado babeando por el agujero de la boca.

No pienso en mi cuerpo como si fuera un bordado.

Incluso la córnea y los residuos de orina se fueron.

Los suicidas están listos para traicionar al cuerpo.

Aun siendo abortos, no siempre mueren,

Pero deslumbrados, no pueden olvidar la dulce droga.

A la cual desde niños les gustaba mirar y sonreír.

¡introducir toda esa vida bajo tu lengua!

Eso, por sí mismo, se convierte en pasión.

La muerte es una osamenta triste; amoratada, tú lo dijiste,

Y ahora ella espera por mí año tras año,

Para deshacer delicadamente un viejo deseo.

Para vaciar mi aliento de esta mala prisión.

Haciendo un balance, los suicidas.

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LA VERDAD QUE LOS MUERTOS CONOCEN

Se acabó, digo, y me alejo de la iglesia,

rehusando la rígida procesión hacia la sepultura,

dejando a los muertos viajar solos en el coche fúnebre.

Es junio. Estoy cansada de ser valiente.

Conducimos hasta el Cabo. Crezco

por donde el sol se derrama desde el cielo,

por donde el mar se mece como una cancela

y nos emocionamos. Es en otro país donde muere la gente.

Querido, el viento se desploma como piedras

desde la bondadosa agua y cuando nos tocamos

nos penetramos por completo. Nadie está solo.

Los hombres matan por ello, o por cosas así.

¿Y qué ocurre con los muertos? Yacen sin zapatos

en sus barcas de piedra. Son más parecidos a la piedra

de lo que lo sería el mar si se detuviera. Rehusan

ser bendecidos, garganta, ojo y nudillo.

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LA MUERTE DE SYLVIA

Para Sylvia Plath.

Oh Sylvia, Sylvia, 

con una caja de muerte

llena de piedras y cucharas, 

con dos niños, dos meteoros, 

que corren sueltos en el cuartito

de juegos,  con tu boca en la chapa

del horno, en la viga del techo,

en la oración muda,  

(¿Sylvia, Sylvia, hacia dónde fuiste

después de que me escribieras desde

Devonshire acerca del cultivo de patatas y la apicultura?)  

¿a qué te has atenido, cómo te has metido dentro? 

¡Ladrona! – 

¿Cómo te has metido dentro,  te has metido abajo sola 

en la muerte a la que deseé tanto y tanto tiempo, 

en la muerte de la que dijimos que la habíamos superado,

la muerte que llevábamos en nuestros magros pechos, 

la muerte sobre la que hablábamos tanto cada vez que en

Boston tomábamos tres martinis extrasecos,  la muerte

que hablaba de psicoanalistas y curaciones, la muerte que

hablaba como novias con parcelas-tumbas,  la muerte por la

que brindábamos, los motivos y después el acto tranquilo?  

(En Boston los moribundos van en taxi, sí, la muerte de nuevo,

esa vuelta a casa con nuestro chico.) 

Oh Silvia, recuerdo al batería soñoliento que golpeó nuestros

ojos con una vieja historia,  cómo deseábamos que viniera como

un sadista o un marica de Nueva York  para hacer su trabajo, 

una necesidad, una ventana en una pared o una cuna, 

y desde aquel tiempo ha esperado bajo nuestro corazón, nuestro aparador, 

y comprendo ahora que lo conservemos año tras año, viejas suicidas, 

y siento con la noticia de tu muerte, un terrible gusto de eso, como de sal.  

(Y yo, yo también. Y ahora, Sylvia, tú de nuevo, de nuevo con la muerte,

esa vuelta a casa, con nuestro chico).  

Y yo digo solamente 

con mis brazos extendidos hacia ese lugar de piedra, 

¿qué es tu muerte si no una vieja pertenencia, un lunar caído de uno de tus poemas? 

(¡Oh amiga, como la luna es mala, el rey se fue, y la reina no sabe qué hacer,

la asidua del bar debe cantar!) 

¡Oh madre pequeña, tú también! 

¡Oh alegre duquesa!

¡Oh cosa rubia!

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NOCHE ESTRELLADA

El pueblo no existe excepto donde un árbol

de negra cabellera se desliza como una mujer

ahogada en el cálido cielo. 

El pueblo permanece en silencio.

La noche hierve con once estrellas. 

¡Oh noche estrellada! Así es como quiero morir. 

Se mueve. Todas están vivas. 

Incluso la luna se abulta en sus aceros

anaranjados para expulsar hijos, como un

dios, de su ojo. La vieja serpiente oculta se traga las estrellas.

¡Oh noche estrellada estrellada! Así es como quiero morir: 

dentro de esa bestia impetuosa de la noche, succionada por

el gran dragón, para escindirme de mi vida sin bandera, sin vientre, sin llanto. 

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DESEANDO MORIR

Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar. 

Camino vestida, sin marcas de ese viaje. 

Luego la casi innombrable lascivia regresa. 

Ni siquiera entonces tengo nada contra la vida. Conozco bien

las hojas de hierba que mencionas, los muebles que has puesto al sol. 

Pero los suicidas poseen un lenguaje especial. 

Al igual que carpinteros, quieren saber con qué herramientas. 

Nunca preguntan por qué construir. 

En dos ocasiones me he expresado con tanta sencillez, he poseído

al enemigo, comido al enemigo, he aceptado su destreza, su magia.

De este modo, grave y pensativa, más tibia que el aceite o el agua,

he descansado, babeando por el agujero de mi boca. 

No se me ocurrió exponer mi cuerpo a la aguja. 

Hasta la córnea y la orina sobrante se perdieron. 

Los suicidas ya han traicionado el cuerpo. Nacidos sin vida,

no siempre mueren, pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga

tan dulce que hasta los niños mirarían con una sonrisa. 

¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua! que, por sí misma,

se convierte en pasión. La muerte es un hueso triste, lleno de golpes,

dirías, y a pesar de todo ella me espera, año tras año, para reparar

delicadamente una vieja herida, para liberar mi aliento de su dañina prisión.

Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas, rabiosos ante el fruto,

una luna inflada, Dejando el pan que confundieron con un beso 

Dejando la página del libro abierto descuidadamente 

Algo sin decir, el teléfono descolgado 

Y el amor, cualquiera que haya sido, una infección.

Anne Sexton (Massachusetts, Estados Unidos, 1928 – 1974). Autora de diez libros de poemas, cuentos para niños en colaboración con Maxine Kumin y una novela inconclusa. Obtuvo distinciones de múltiples universidades y sociedades de escritores, diversas becas y premios —incluido el Pulitzer en 1967—, coordinó varios talleres de creación poética y participó en coloquios y congresos. Recorrió el país de cabo a rabo leyendo su obra. Los múltiples reconocimientos a su obra no impidieron su trágico final. Anne Sexton: La muerte es el viento que desploma la magia.