MEDITERRÁNEO
Para Alfredo Castañeda, I.M.
Navegar hacia el mar, entre las calles
bruñidas por las hojas; alejarse
de la ciudad antigua, transitarla
de norte a sur, sin prisa, con el ruido
de los remos golpeando en el asfalto;
zarpar cuando la luna sea propicia,
sin llevar dotación ni una bandera
de advertencia del cólera y la fiebre;
escuchar sólo el viento, presentirlo
detrás de las montañas, respirar
su luz contra la sal, sobre cubierta;
franquear el arrecife de los techos,
del tráfico y el odio aprisionados
entre tantas paredes de concreto;
arrumbar hacia el límite; dar proa
al comienzo y el fin del territorio
sin mirar una brújula o un mapa
que señale el retén de la Vía Láctea;
no pensar en volver de ese horizonte
que habrá de ser azul, como el cobalto
sumergido en el fondo de tu abrazo.
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GINEBRA, VERANO DE 1986
(Mínimo homenaje a J. L. B.)
Un hombre se dirige al sur y espera
escuchar un silbato. Hunde los puños
en la tibia extensión de sus bolsillos:
un llavero de zinc, varias monedas
echadas al azar; dentro de un sobre
la efigie de una dársena y dos caras
difusas tras un vidrio. Una es la suya.
La otra es del que aguarda un tren. Al fondo
resplandece un fanal entre la bruma
(Edipo y los enigmas: Buenos Aires,
espadas, laberinto, Islandia, espejos)
y el hombre del andén. Sin él se pierde
el último esplendor. Se abre una puerta.
El hombre que la empuja es uno y otro
quien traspasa la luz bañado en sombra.
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CADA GOTA
Para Marianne Toussaint
Nuestra ciudad sitiada es más que tierra
debajo de mis pies. Aquí los muertos
tomaron posesión de la vigila
y el péndulo del tedio. En su presencia
proyectamos la casa que reúne
la frágil estructura del relente,
voces de celofán por navidades,
rostros en el café de sobremesa
que asomarán al filo de las tazas
cuando nos levantemos. En silencio
miro caer la lluvia en el jardín
de los laureles, escucho los ecos
de qué risas detrás del palomar
que han abolido. Al fondo, la pared
naranja en los colmillos de la herrumbre
sostiene el esqueleto de la hiedra
y el tabique mojado. Cada gota
se bebe la ciudad que nos aleja
o nos vuelve a acercar hacia un vitral,
hacia una estancia ya deshabitada
por la piel que arderá como el pasado
cántico funeral sobre otros labios.
Bajo el grave rezongo de los truenos
brilla el último adiós de su aspereza.
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ABSENTA
No es la sombra del aire lo que brilla
en los bordes pulidos de las copas,
ni luz iridiscente que trasvase
los ruedos de cristal. Son otras voces
de qué ayer, de cuál silencio sin huella
o cielos de humedad lo que subsiste
en sus bocas perladas por el frío.
A simple vista nada es irregular
en el círculo abierto que cerramos
en honor de la noche. Pero acaso
el tacto de esos labios nos bosqueje
con cada sorbo helado la sonrisa.
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SUHAD
De pronto, en la hora alta, cae un rayo
que raja la penumbra y dos instantes
después, el latigazo del estruendo
estalla en el cristal. Tiemblan mis manos
en el libro que leía. Otra vez
me estremezco, debió caer muy cerca
de aquí para encender mi sobresalto.
Oigo el rumor del trueno al diluirse
un cerrar de ventanas en el piso
superior de mi vecina. La calma
se aposenta de nuevo entre las cosas
y el silencio. Retomo la lectura
de Ibn Arabi: «…cuando las moradas
del amor y el temor están cercanas…».
El eco del relámpago da tumbos
y asciende a reventar contra el espacio.
