REPASO
Un hombre se detiene
al centro de la madrugada:
observa sus manos con el desconcierto
de quien no sabe cuándo perdió sus alas,
pregunta por su nombre,
escribe sobre el árbol
donde leía con los pájaros,
se toca los ojos
con la inseguridad de un ciego
que desconoce los dedos del relámpago
y se pregunta si la lluvia
tiene algo que ver
con las voces que lo llaman.
Un hombre repasa
el zumbido de las flechas,
la incertidumbre por el blanco,
la velocidad de su acción
en la empuñadura del arco.
Nadie hay alrededor,
solo la sospecha de un poema,
sus líneas clavándose
con el ímpetu de una campana
y su voz, encendida,
escribiéndose en las ventanas.
.
.
PRIMERA IMPRESIÓN
DE LA MAÑANA
Siempre hay una puerta
al final del cielo
o una ventana que es lo mismo;
un gato arañando la madera
o mordiéndose la lengua,
que es lo mismo;
siempre hay una pregunta
al otro lado de la carretera
o una respuesta sobre las dunas,
que es lo mismo;
un lobo al acecho de otro lobo,
una cicatriz en los ojos,
un mapa para encontrar el corazón
o el primer árbol de manzanas,
que es lo mismo;
siempre hay un ciervo
bramándole al vacío
o una casa habitada por el miedo,
que es lo mismo.
Siempre hay un lugar
para el refugio,
o una calle dónde ocultar la voz,
que no es lo mismo.
.
.
LLUVIA
Llueve en esta ciudad
y es como si un muerto hablara
de la tierra que me cobijó en la infancia,
el viejo molino en cuyas hélices
los pájaros sorteaban el rayo
y la velocidad de los relámpagos,
mi padre al filo de la carretera
con los brazos abiertos,
el corazón en sus manos, abierto,
cuidándonos del agua.
Hay una silueta entre los árboles
a quien no toca la lluvia,
una imagen con la forma de mi perfil,
una réplica de la noche,
los goterones de la mañana
salpicándole al silencio
el resplandor de una palabra,
la sintaxis de una aliteración
golpeando mi voluntad,
sus manos aferrándose
al brillo puntual de las torcazas.
Llueve sobre la catedral,
llueve sobre sus cúpulas de gárgolas,
llueve sobre los charcos donde salta
la liebre del día
con su color de estatua;
llueve aquí: adentro,
y no sé cómo evitar
la ceremonia
de los duendes y las hadas,
las regresiones como un flashback
perturbándome en la fragua.
.
.
YO ESQUIVABA
ESTE POEMA
Este es el poema del que hui durante décadas,
en sus verbos un león detiene sus fauces,
sabe que no gana nada si lo ataca,
por eso lo rodea como quien increpa
el filo de sus adverbios;
el resplandor de sus imágenes
que caen
con la prepotencia de una serpiente
que lo muerde por dentro.
Yo esquivaba este poema:
cerraba las puertas
para que no tenga opción con sus recursos,
por eso aprendí
a consumirme en las metáforas,
en las antítesis de la tarde
cuando el agua
duplicaba las imperfecciones de mi calle:
fui el más puntual de sus escapistas,
el lobo que con sus garras
era capaz de quebrar la belleza de un narciso
preguntándose en la fábula
si sus dientes eran más perfectos y brutales
que la convicción de un símil
o de una hipérbole que empaña
las ventanas de una casa;
el alarido de quien sabe que ha perdido
el músculo de sus palabras,
la fibra de su rabia,
el relincho de aquellos caballos
que galopan en la carretera
sin la prepotencia de sus escuadras.
Yo me escondí durante años de este poema,
lo sabe el malecón a donde iba a refugiarme,
la Sáenz Peña y el silencio de su alameda,
la banca frente al Neptuno
sobre la que reinterpretaba esta barbarie,
este nudo que no sé cómo desatar
ahora que el ángel más bello de la masacre
me dicta los mensajes,
las cartas de navegación,
el ministerio de otras capitulaciones,
de otro coso dónde destajar
el pellejo de otras bestias;
lo sabe también el cuervo de mi niñez,
su aleteo que vislumbra los charcos
y las piedras donde aúllan
los zorros de la ausencia.
Yo escribía huyendo de este poema,
aprendí a sobrevivir escupiéndole a la teología,
vagué lustros derrotado por la tiniebla
hasta que un día
se abrió frente a mí
una flor amarilla,
un girasol hablándome
con su lenguaje solar,
con esa música sacra
que me devolvió a la luz y sus fantasmas.
Yo ensayé para huir de este poema,
aprendí a convivir con la desolación
reinventándome,
picoteándome las plumas como un águila
en la montaña más insólita,
debía blindar al animal que represento,
debía blindar mis manos y sus nervios,
lo esquivé porque una historia
es escribir un poema sin padre
y otra es escribir un poema
sin padre y sin madre,
sin sus ojos inundándome de parques,
sin sus ojos abiertos poblándome de parques;
ahora, sin raíces,
el tiempo es un orco que amenaza,
un Polifemo que busca ciego
dónde fundar su Ítaca.
Este es el poema del que hui durante décadas,
en sus verbos un león continúa al acecho
de la primera manzana,
de aquel soplo brutal
que transformó mis hábitos de caza,
en su boca arde un incendio forestal,
quiero detenerlo o abrazarlo,
no puedo:
yo soy el hombre negado por la lluvia,
el trago impar de la madrugada,
las últimas arcadas.
