¡EMBORRÁCHENSE!
Siempre hay que estar borracho.
De eso se trata todo: esto es lo único que importa.
Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos parte
la espalda y nos inclina hacia la tierra,
debes emborracharte sin cesar.
¿Pero de qué?
De vino, poesía o de virtud,
de lo que quieras.
Pero emborráchate.
Y si a veces, en las escaleras de un palacio,
sobre la hierba verde de una zanja,
en la triste soledad de tu habitación, despiertas,
la borrachera ya mermada o desaparecida,
pregúntale al viento, a las olas, a la estrella,
al pájaro, al reloj,
a todo lo que gotea,
a todo lo que huye, a todo lo que rueda,
a todo lo que canta, a todo lo que habla,
pregúntales qué hora es;
y el viento, las olas, la estrella, el pájaro, el reloj,
te responderán:
¡Es hora de emborracharse!
Para no ser los martirizados esclavos del Tiempo,
emborráchense;
¡emborráchense sin cesar!
De vino, poesía o de virtud,
de lo que quieras.
.
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EL GATO
I
En mi cabeza se pasea,
como en su propio aposento,
un bello gato fuerte, suave y encantador.
Cuando maúlla, apenas se le oye,
de tan tierno y discreto que es su timbre;
pero su voz, ya se apacigüe o gruña,
es siempre rica y profunda.
Ahí está su atractivo y su secreto.
Esta voz, que gotea y se filtra
en mi interior más tenebroso,
me invade como un verso cadencioso
y me refocila como un bebedizo.
Ella adormece los dolores más crueles
y contiene todos los éxtasis;
para decir las frases más largas
no necesita palabras.
No, no hay arco que rasque
mi corazón, instrumento perfecto,
y que haga con más majestad
cantar su cuerda más vibrante,
que tu voz, gato misterioso,
gato seráfico, gato extraño,
en quien todo, como en un ángel,
es tan sutil como armonioso.
.
.
II
De su pelaje rubio y moreno
sale un perfume tan suave, que una noche
me impregné de él porque una vez
lo acaricié, solo una.
Es el espíritu familiar de la casa;
él juzga, él preside, él inspira
cualquier cosa en sus dominios;
¿es quizá un hada, es un dios?
Cuando mis ojos, hacia ese gato que amo
atraídos como por un imán,
se vuelven dócilmente
y miro entonces en mí mismo,
veo con sorpresa
el fuego de sus pupilas pálidas,
claros fanales, vivientes ópalos,
que me contemplan fijamente.
