LITERATURA SIN EDAD
(ESCRITORES QUE COMENZARON DESPUÉS DE LOS TREINTA)
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Conversaba, no hace mucho, con un poeta que está por publicar su primer libro. Tiene 34 años. Me comentó, con ligera angustia, que le parecía incursionar tarde en el mundo de la literatura. Le preocupaban, no sin razón, ciertos años que consideraba perdidos. Le comenté que, por supuesto, esta podría ser la primera impresión si uno toma como ejemplo a Arthur Rimbaud, el genio adolescente, quien inició su paso por las letras a los 15 años en París, ciudad que, por cierto, le fue hostil todo el tiempo.
Y es que las carreras de las escritoras y los escritores que iniciaron temprano son numerosas. Juan José Arreola tuvo un acercamiento a los libros a esa edad, 15, porque trabajaba en una imprenta. En Colombia, Gabriel García Márquez publicó a los 20 su primer cuento, “La tercera resignación”. Thomas Mann y Rudyard Kipling iniciaron desde los 19 años, al igual que lo hizo Alejandra Pizarnik… Carlos Fuentes publicó “Los días enmascarados” a la edad de 26 ¿Y qué se puede decir de Mario G. Obrero, el poeta más joven de la historia en ganar el Premio Loewe, a la asombrosa edad de 14 años?
Le comenté que podía estar tranquilo. Si estos casos son hoy una generalidad (porque hoy los jóvenes buscan y reciben becas para escribir), las excepciones guardan gratas sorpresas. Sucede que no hay un límite para incursionar en el mundo del Arte. Cuando hay un llamado a la creatividad, es imposible eludirlo. Ese llamamiento puede ocurrir desde los años tiernos hasta, ¿por qué no?, los últimos. Rosa Montero, en su libro “La ridícula idea de no volverte a ver”, comparte el fabuloso caso de la compositora británica Minna Keal, quien casi toda su vida trabajó como secretaria en oficinas administrativas. Montero aclara: “(Minna Keal) decidió tomar clases de música y después estudiar composición. Su primera sinfonía fue estrenada en 1989 en los BBC Proms, unos prestigiosos conciertos anuales que se celebran en el Royal Albert Hall de Londres. Fue un clamoroso éxito. Minna Keal tenía ochenta años” (Montero, 2013 p.180).
En mi caso, le confesé a mi amigo poeta, comencé a escribir desde los diez y a hacerlo en serio desde los 18; pero no fue sino hasta 2009 que me atreví a dar a conocer mi primer poemario, “El amor y otras miserias”. Tenía 33. Me pareció una fecha prudente porque en mi candidez la relacioné, de manera extraña, cabalística, con la muerte del Nazareno, del mismo modo que lo hace Vicente Huidobro cuando escribe en Altazor: “Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo…”.
Desde entonces, luego de 14 años, he publicado 17 libros. No sé si sean buenos o malos. Pienso que son buenos. Pero lo importante aquí, en esto, es comprender que no es tarde, nunca, para iniciar la escritura.
Ejemplos de autores tardíos, por su parte, hay algunos. Bastantes, de hecho. Los podemos dividir en dos tipos: los hay quienes publicaron su primer libro a una madurez avanzada, y quienes escribían de manera intermitente o infructuosa pero a quienes el éxito les llegó en las últimas décadas. A algunos otros como Kafka, Bolaños o John Kennedy Toole (autor de “La conjura contra los necios”), la fama les llegó después de la muerte.
No voy a hablar, desde luego, de los célebres una vez difuntos porque las estadísticas podrían resultar altas, sino, en primer término, de los que empezaron a una edad “bien adulta”. El autor sueco Stieg Larsson, por ejemplo, comenzó a sus 47 a escribir novelas policíacas, por diversión. Su primer libro, “Los hombres que no amaban a las mujeres” (perteneciente a la saga famosa Milenium),apareció en librerías cuatro años después. Para entonces, Larsson estaba por cumplir 51, aunque ya había fallecido. Inició tarde; murió temprano. Ni él ni su editor podrían haber previsto el éxito de la saga.
Una historia similar vivió el padre de la novela negra, Raymond Chandler. Se inició en los relatos de detectives una vez que perdió su empleo. “El sueño eterno”, su primera novela, aparecía en librerías en el momento en que Chandler cumplía 51. Por su parte, Bram Stoker publicó su primer libro a los 43, y a los 50 alcanzó la fama internacional con “Drácula”, novela que Óscar Wilde calificó “como la obra de terror mejor escrita de todos los tiempos”. Otro caso: el autor irlandés-estadounidense, Frank McCourt, ganó el Premio Pulitzer con su novela “Las cenizas de Ángela”, en 1997, cuando gozaba una edad de 66 años.
No puedo cerrar este apartado sin mencionar una de las novelas que me parecen más encantadoras dentro de la literatura universal: “El gatopardo”, de Giuseppe Tomás de Lampedusa. El autor se dio a la tarea de escribir la obra a los 60. Fue el único que publicó, pero su aparición bastó para consolidarlo como una de las leyendas de la literatura universal.
En cuanto a las autoras, el caso más resonante fue sin duda el de Toni Morrison, escritora afroamericana, quien ganara tanto el Premio Pulitzer como el Nobel. Toni Morrison tenía más de 40 años cuando ingresó al oficio literario… Un caso más: la extraordinaria Jane Austen, dio a conocer en librerías su libro “Orgullo y prejuicio” en 1811, cuando contaba con 36 años (por desgracia, moriría en 1817 y no alcanzaría a disfrutar plenamente de los laureles). Por su parte, Laura Ingalls Wilder, autora de “La casa de la pradera”, comenzó su carrera cuando rozaba las cuatro décadas de edad.
La mujer más rica de Reino Unido, J.K. Rowling, también comenzó tarde. Si bien había estudiado filología y, desde niña gustaba de escribir historias que solía contar a su hermana menor, no fue sino hasta 1990 que su vida dio un vuelco: cuando realizaba un viaje en tren desde Manchester a Londres, el tren se retrasó por 4 horas; en ese momento nació la idea de escribir sobre una escuela de magos: el Colegio Hogwarts. Así se presentó el joven Harry Potter en su imaginación. La primera entrega de la saga -relacionada a la piedra filosofal- hizo presencia en 1997. En el momento en el que se publicó, J.K. Rowling tenía 32. Tres años antes la joven escritora sufría depresión, incluso había pensado en el suicido. Ironías de la vida…
Aunque quizá el caso más asombroso y admirable sea el de la poetisa japonesa Toyo Shibata. El dato es espectacular: Shibata publicó su primera obra, una antología poética llamada “Kujikenaide” (No te desanimes), ¡a los 99 años!
En México, Federico Gamboa tenía 39 cuando apareció, en 1903, el hito de la literatura nacional de la época porfirista: la novela “Santa”, que describe de manera maravillosa, por cierto, el barrio de Chimalistac.
Investigando por aquí o por allá, descubrí que entre los que alcanzaron la cúspide a una edad considerable se encuentra nada más ni nada menos que Miguel de Cervantes Saavedra, autor de El ingenioso hidalgo “Don Quijote de la Mancha”. La primera novela a nivel hispanoamericano se dio a conocer en 1605. Cervantes tenía entonces 58 años. Antes había sido un poeta frustrado, pues los elogios eran siempre para Lope de Vega. Había escrito además otras obras, a las que los lectores de la época no hicieron mucho caso…
Daniel Defoe (1660-1731) era un periodista medianamente reconocido en Inglaterra. Antes fue comerciante y activista político. La fama internacional llegó en el momento en que, como sobreviviente de un naufragio (a sus casi 60 años), Defoe dio a conocer su relato “Robinson Crusoe”. El extravagante Marqués de Sade, por su parte, se dio a la tarea de disfrutar una vida de libertinaje y escándalo. De ello nacieron diversas novelas. La primera de ella (que sacudiría a Francia en 1791) fue “Justine”. El Marqués de Sade habría escrito la historia mucho antes, pero, en el instante de la publicación de Justine, Donatien Alphonse François de Sade alcanzaba los 51.
León Tolstoi, a los 34, comenzó a escribir “Guerra y Paz”, su novela más importante. Por otro lado, “Moby Dick” aparecía en las páginas de un Herman Melville de 32 años. Faulkner escribía, a esa misma edad, “El sonido y la furia”. El filólogo y profesor universitario J.R.R. Tolkien, nacido en Bloemfontein, Sudáfrica, contaba con 62 años de edad cuando inició la escritura de su saga épica “El señor de los anillos”. Charles Perrault escribió “Los cuentos de mamá gansa” a los 55. Vladimir Nabokov presentó “Lolita” cuando contaba con 56. Y Charles Bukovsky, el autor maldito norteamericano por excelencia (tan imitado por los “bukovskytos” posmodernos), tenía 51 cuando publicó su novela inicial, “Cartero”.
Sherwood Anderson, a su vez, editó su obra más popular, “Winesburg Ohio”, cuando alcanzó los 43; mientras que Mark Twain dio a conocer su célebre novela “Las aventuras de Tom Sawyer” a los 41 (era 1876). Como novelista, Julio Cortázar arrancó tarde. Aunque ya había realizado traducciones, escrito poesía y creado cuentos fabulosos, no fue sino hasta los 46 años que el autor argentino decidió incursionar en el mundo de la novela. Lo hizo con una primera obra que muchos consideran precursora de “Rayuela”, Los premios (de 1960).
José Saramago vivió dos etapas como escritor. Una, en su juventud, cuando se vendieron algunos de sus libros que tuvieron un éxito escaso. Dejó de escribir durante 20 años para luego presentar una serie de novelas, ahora sí de gran impacto, en una segunda era literaria. En 1980, cuando publica su primer triunfo comercial, “Levantando el suelo”, Saramago alcanzaba lindaba los 58.
La vida es maravillosa. La vida es impredecible. Así que, tras este repaso por las edades tardías dentro del universo de la literatura, confirmo los ánimos que le he dado a mi amigo poeta. De paso, me aliento a mí. Sólo resta agregar, porque la frase encaja justo en estas circunstancias, aquella sabia consigna de los abuelos: “Viejos los cerros, y todavía reverdecen”. Los escritores también.
