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MEMORIA DE UN ROMANCE DE INVIERNO
I
Ana,
¿será que en tus pensamientos,
en tu descanso,
también suene esa lluvia paciente?
que dejaba andar
perderse sin antojo,
caminar entre el beso frio
de las gotas
confensado secretos
evadiendo adioses.
Será que al mirar una hoja,
(su impulso en el abismo);
también llegue a ti
la voz fantasmal
que desde la melancolía narre
cómo dos cuerpos
dejaron de calentarse,
cómo el aliento perturbó
la piel de agua,
cómo unos labios
no repetirán
como en aquella noche
nunca:
- lléname.
Ana,
¿será que también me fumas
recostada en el sendero
de la madrugada?
donde el eco de la fugacidad
se expande en un fondo melancólico
donde una vez llegaste
con el corazón entreabierto
y perfumado me dejaste,
roto
discutiendo con números telefónicos
restaurantes,
moteles.
¿Será,
Ana,
que también llega a ti esta penumbra?
que abre paso a la niebla,
a la casualidad que se deslava,
que cubre nuestros rostros
con el llanto enmudecido,
que invade el pecho con la música
que no iluminará una tarde,
un café,
una cocina
que ya no podrá,
triste
Ana,
sonar en nuestro hogar.
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II
Escribo desde la barra
donde conocí a una mujer
desde las luces rojas
que caen para perderse en el rastro
de un suspiro,
que van de un punto
a la mirada de todos los que se encuentran
disolviendo sus vidas en un vaso.
Escribo, en esta esquina,
y lloro
leyendo las líneas
de la madera,
escuchando el chocar de los cristales
contra el hielo
permitiendo la entrada
del vino
en la memoria;
en la nostalgia.
Si espero un poco
las siluetas aparecen,
los cuerpos amigos
bailando,
haciendo muecas,
escupiendo la ceniza que mancha
el contorno de sus labios.
Si espero un poco
el ánimo me alienta a tomar más,
hacerle plática a la bartender,
descubrir que es de Veracruz,
que acaba de regresar de un sueño,
que estudió para ser bailarina
y tiene un novio que le espera
con los dedos enredados.
Escribo desde la barra
donde conocí a una mujer
donde el frío se hizo verbo
y el silencio abrió paso hasta la espera
de un un campo
para padecer entre la hierva,
el jadeo de un nombre
donde
una espalda,
-fruta contra mi pecho-
fue encendida en su pasividad
en la tela sumergida.
Escribo desde la barra donde
pagaré la cuenta
sin que su fantasma asome
la mirada,
y conduciré por la ciudad de sonámbulos
y culpas
hasta que en silencio,
sin saberlo,
mi tacto,
el temblor en la lengua,
descubra la forma
de unas sábanas
que nunca conocerá
Ana.
.
III
Estoy en esta guerra contigo,
dejando que otros limpien los cuerpos
del campo donde florecerán la rosas.
Estoy en la palabra heroica,
en la frontera extendida
en la carne conquistada;
ahí se ha sembrado
la música,
el himno donde anidan las historias
de los viejos.
Estoy, en la mandíbula torcida en su eje,
en el secreto de las manos que apretaron
el gatillo
de tu boca contra la mía,
en la saliva caliente,
desbordada.
Estoy aquí para guardar nuestro secreto,
pertenecerte en una habitación
donde ya no importa si olvidaste
tu blusa en la cama,
si olvidaste tu sexo
en el mismo prado
donde otras también lo olvidaron.
Estoy aquí, en el armisticio,
donde una mano alcanzó una mejilla,
donde una mejilla,
llegó a la mano
en penumbra,
donde el rastro de los ojos
persiguieron dos luceros
al fondo de un pozo
ardiendo.
Ya no te preocupes,
ya me has dicho
que leerte en estas páginas
te conmueve,
que el lodazal ya no te llega
a las pantorrillas
y la furia de la maleza solo fue parte
del bosque que cruzamos disociados.
No te preocupes,
no habrá hoguera,
nadie fusilará el aliento que dejaste
vivo
latiendo en la tierra
a cada goce.
Y aunque aún asedia el fulgor
de la pólvora,
yo sigo en esta guerra acabada
fundido contigo,
recorro la inmensidad de la trinchera
esperando besar nuevamente
en alguna noche,
en la tortura de nuestros muertos:
tus pies descalzos.
