Eduardo Arrequín (Puebla, México. 1997) es abogado, investigador en formación, docente y asesor legislativo. Ha desarrollado su trabajo académico en el cruce entre derecho, política y pensamiento crítico. Paralelamente, cultiva la escritura poética como un espacio de exploración sensible y lenguaje íntimo. Ha publicado poesía en obras colectivas y en la revista de arte “VAHO”. Su escritura transita entre el cuerpo, la memoria y la palabra como forma de resistencia. Esta es su primera participación con Vislumbre.

Eduardo Arrequin: Memoria de un romance de invierno

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MEMORIA DE UN ROMANCE DE INVIERNO

I

Ana,

¿será que en tus pensamientos,

en tu descanso,

también suene esa lluvia paciente?

que dejaba andar

perderse sin antojo,

caminar entre el beso frio

de las gotas

confensado secretos

evadiendo adioses.

Será que al mirar una hoja,

(su impulso en el abismo);

también llegue a ti

la voz fantasmal

que desde la melancolía narre  

cómo dos cuerpos

dejaron de calentarse,

cómo el aliento perturbó  

la piel de agua,

cómo unos labios

no repetirán

como en aquella noche

nunca:

  • lléname.

Ana,

¿será que también me fumas

recostada en el sendero

de la madrugada?

donde el eco de la fugacidad

se expande en un fondo melancólico

donde una vez llegaste

con el corazón entreabierto

y perfumado me dejaste,

roto

discutiendo con números telefónicos

restaurantes,

moteles.

¿Será,

Ana,

que también llega a ti esta penumbra?

que abre paso a la niebla,

a la casualidad que se deslava,

que cubre nuestros rostros

con el llanto enmudecido,

que invade el pecho con la música

que no iluminará una tarde,

un café,

una cocina

que ya no podrá,

triste

Ana,

sonar en nuestro hogar.

.

II

Escribo desde la barra

donde conocí a una mujer

desde las luces rojas

que caen para perderse en el rastro

de un suspiro,

que van de un punto

a la mirada de todos los que se encuentran

disolviendo sus vidas en un vaso.

Escribo, en esta esquina,

y lloro

leyendo las líneas

de la madera,

escuchando el chocar de los cristales

contra el hielo

permitiendo la entrada

del vino

en la memoria;

en la nostalgia.

Si espero un poco

las siluetas aparecen,

los cuerpos amigos

bailando,

haciendo muecas,

escupiendo la ceniza que mancha

el contorno de sus labios.

Si espero un poco

el ánimo me alienta a tomar más,

hacerle plática a la bartender,

descubrir que es de Veracruz,

que acaba de regresar de un sueño,

que estudió para ser bailarina

y tiene un novio que le espera

con los dedos enredados.

Escribo desde la barra

donde conocí a una mujer

donde el frío se hizo verbo

y el silencio abrió paso hasta la espera

de un un campo

para padecer entre la hierva,

el jadeo de un nombre

donde

una espalda,
-fruta contra mi pecho-
fue encendida en su pasividad
en la tela sumergida.

Escribo desde la barra donde

pagaré la cuenta

sin que su fantasma asome

la mirada,

y conduciré por la ciudad de sonámbulos

y culpas

hasta que en silencio,

sin saberlo,

mi tacto,

el temblor en la lengua,

descubra la forma

de unas sábanas

que nunca conocerá

Ana.

.

III

Estoy en esta guerra contigo,

dejando que otros limpien los cuerpos

del campo donde florecerán la rosas.

Estoy en la palabra heroica,

en la frontera extendida

en la carne conquistada;

ahí se ha sembrado

la música,

el himno donde anidan las historias

de los viejos.

Estoy, en la mandíbula torcida en su eje,

en el secreto de las manos que apretaron

el gatillo

de tu boca contra la mía,

en la saliva caliente,

desbordada.

Estoy aquí para guardar nuestro secreto,

pertenecerte en una habitación

donde ya no importa si olvidaste

tu blusa en la cama,

si olvidaste tu sexo

en el mismo prado

donde otras también lo olvidaron.

Estoy aquí, en el armisticio,

donde una mano alcanzó una mejilla,

donde una mejilla,

llegó a la mano

en penumbra,

donde el rastro de los ojos

persiguieron dos luceros

al fondo de un pozo

ardiendo.

Ya no te preocupes,

ya me has dicho

que leerte en estas páginas

te conmueve,

que el lodazal ya no te llega

a las pantorrillas

y la furia de la maleza solo fue parte

del bosque que cruzamos disociados.

No te preocupes,

no habrá hoguera,

nadie fusilará el aliento que dejaste

vivo

latiendo en la tierra 

a cada goce.

Y aunque aún asedia el fulgor

de la pólvora,

yo sigo en esta guerra acabada

fundido contigo,

recorro la inmensidad de la trinchera

esperando besar nuevamente

en alguna noche,

en la tortura de nuestros muertos:

tus pies descalzos.

Eduardo Arrequín (Puebla, México. 1997) es abogado, investigador en formación, docente y asesor legislativo. Ha desarrollado su trabajo académico en el cruce entre derecho, política y pensamiento crítico. Paralelamente, cultiva la escritura poética como un espacio de exploración sensible y lenguaje íntimo. Ha publicado poesía en obras colectivas y en la revista de arte “VAHO”. Su escritura transita entre el cuerpo, la memoria y la palabra como forma de resistencia. Esta es su primera participación con Vislumbre.Eduardo Arrequin: Memoria de un romance de invierno