LA CARGA
La culpa no llegó de golpe. Se fue instalando.
En las frases que no dije. En los gestos que sostuve demasiado. En decisiones tan pequeñas que nadie notó.
No pesaba al principio. Eso fue lo peligroso.
Aprendí a convivir con ella como con la humedad: cerrando ventanas, aceptando el frío.
No era remordimiento, era permanencia. La deuda de algo que no sabía a quién debía.
La llevaba conmigo. No molestaba.
Hasta que un día entendí que caminaba encorvada sin haber cometido un solo crimen.
Y supe entonces que la culpa también se aprende. Que a veces no nace del daño, sino del miedo a seguir en pie cuando ya no queda nada que demostrar.
.
.
EL VACÍO
No me perdí de golpe, me fui apagando despacio.
Como una luz que nadie apaga pero que ya no alumbra igual.
Seguía diciendo sí, seguía llegando, cumpliendo por inercia.
Por dentro, todo se movía más lento.
Las emociones llegaban tarde. El dolor, cuando ya no servía de nada.
Aprendí a no sentir demasiado para no romperme. Y en ese cuidado excesivo, me fui quedando fuera.
Hasta que entendí que no estaba a salvo: estaba lejos.
Lejos de mí.
Y perderse así —sin ruido, sin caída— es seguir viva con algo esencial apagado.
.
.
LA TREGUA
Un día no quise más. No quise explicarme, ni rendir cuentas, ni ser ejemplo.
No fue valentía. Fue agotamiento.
Empecé a recoger mis restos sin intención de reconstruir nada, todavía.
Hay identidades que no vuelven. Y está bien. No todo lo que se pierde merece ser recuperado.
Ahora vivo más despacio. No mejor: más consciente.
Y eso —aunque incomode— es una forma legítima de existir.
