TORMENTA SILENCIOSA
Por dentro soy un río en llamas,
tormenta dulce, piel sin calma,
mi alma grita en voz tan baja
que nadie escucha si se acerca.
Mis ojos dicen lo que niego,
mis manos tiemblan tras el juego,
pero mi cara es firme roca,
y el corazón, fiera que finge.
Amo con todo, sin aviso,
como un veneno en el hechizo,
pero me guardo cada herida
como un secreto bien dormido.
No es que no sienta,
es que el sentir me quema viva,
y por eso aprendí a fingir
que el frío es mi mejor abrigo.
DEMASIADO PARA ESTE MUNDO
Siento como si mi alma no tuviera piel.
Todo me toca,
todo me atraviesa,
todo me deja marcada.
No sé querer a la mitad.
No sé llorar en silencio.
No sé olvidarme de quien una vez me miró
como si pudiera salvarme.
Hay días en que amar duele más que arder,
y otros en que arder es lo único que me queda.
Mi corazón no entiende de pausas,
ni de advertencias,
ni de límites que protejan.
Yo no amo:
yo me entrego como una tormenta.
Lo que para otros es «demasiado»,
para mí es apenas respirar.
No sé sentir bonito.
Siento hondo.
Siento salvaje.
Siento como si no hubiera un mañana
y a veces,
como si no quisiera uno.
Soy de esas que escriben para no romperse.
Que aman como si todo fuera eterno,
aunque toda duela como si ya estuviera perdido.
No vine a encajar.
Vine a arder.
Y si eso espanta,
al menos sabrán que estuve viva.
De verdad.
De esas que no se olvidan.
MISMO REFLEJO
Lo vi,
y supe.
No era coincidencia.
Era un conjuro de la vida disfrazado de casualidad.
Una sincronicidad brutal,
casi violenta.
Su voz me sonó familiar
como un susurro que ya había soñado.
Mismo signo:
agua en guerra,
corazón volcánico,
lengua que besa y muerde.
Mismo gusto por las canciones que duelen,
por los silencios largos,
por las madrugadas sin testigos.
Era yo,
pero con sombra de barba
y mirada menos domesticada.
Nos reconocimos con el alma,
como dos espejos enfrentados,
reflejando tanto,
que nos cegamos.
Él sabía cómo tocar mis partes dormidas,
las oscuras,
las que ni yo nombraba.
Jugaba con mis miedos
como si fueran sus propios demonios.
Nos bebimos a besos,
como si hubiésemos sido amantes en todas nuestras vidas pasadas.
Y sin embargo,
no era amor.
Era algo más cruel y más sagrado.
Era destino disfrazado de deseo,
karma envuelto en piel.
No vino a quedarse.
Vino a romperme.
A mostrarme el filo de mi reflejo.
A enseñarme que yo también sé sangrar por alguien que no sabe sostener.
Y cuando se fue,
no se llevó nada mío.
Porque todo lo que tocó,
lo reclamé de vuelta.
Lo quise si,
Lo quise como se quiere a uno mismo cuando aún no sabe que puede hacerlo solo.
Como se quiere a una tormenta,
sabiendo que arrasa,
pero aún así te quedas a verla arder.
Y al final,
cuando su ausencia se volvió ceniza,
me vi.
Y me supe fuego.
Me supe completa.
Me supe mía.
Él fue un espejo,
pero yo fui la alquimia.
