PERDÓNAME, MAMÁ…
Recostada en el piso en posición fetal al tiempo que abrazo mi propio cuerpo porque la desnudez me provoca escalofríos, pero más que eso, tratando de reconfortarme a mí misma, de olvidar el dolor físico y del alma, me sigo cuestionando cómo fue que llegué aquí, qué actos tan terribles pude cometer en mis 14 años de vida que pagué de esta manera… He repasado tantas veces el suceso que creo que lo estoy olvidando, ya no sé qué detalles han sido creados por mi mente y cuáles son verdaderos, aunque la realidad resulta más grotesca que cualquier cosa que de mis pensamientos pudiera salir.
Recuerdo ir caminando por la calle usando el uniforme del colegio, pues aún no había llegado a casa. Mis pasos eran livianos y despreocupados, era un día muy feliz porque el chico que me gustaba me había saludado, así que tenía una enorme sonrisa dibujada en el rostro y mil suspiros escapaban de mi pecho mientras sostenía las correas de la mochila con los pulgares. Tarareaba alguna canción, no tengo claro cuál. Un instante después estaba siendo subida a un auto por la fuerza; escuché el rechinido de las llantas al frenar bruscamente y cuando por instinto quise voltear, un hombre llegó por detrás y me cubrió el rostro, otro le ayudó a cargarme y jalarme hacia el asiento trasero, al tiempo que alguien más los apuraba desde dentro. Perdóname, mamá… Te juro que luché con todas mis fuerzas, te juro que no quería dejarte sola… Recordé aquella charla con mi hermano cuando me decía que debía estar atenta y que, si alguna vez intentaban secuestrarme, bajo ninguna circunstancia debía permitir que me subieran a un coche, porque seguramente no iba a regresar. Perdóname, hermano, perdóname por ser débil y no lograr escapar… Todo sucedió muy rápido y yo me sentía aturdida, mis sentidos no funcionaban correctamente y sólo escuchaba gritos, demasiado ruido, me perdí en mis súplicas y mi llanto y de pronto, nada. Desperté con el sabor de la sangre en los labios, la nariz congestionada y un dolor muy fuerte en la sien izquierda; me sobresalté al darme cuenta de lo que había sucedido. Estaba tirada en el piso como ahora, desnuda como ahora, muerta de miedo como ahora… Pero había algo distinto: La incertidumbre de lo que estaba por venir. Horrorizada escuché pasos que se acercaban y me arrinconé en una esquina de aquella habitación vacía, angustia y un inmenso terror se apoderaron de mí. Oía las voces, pero no lograba entender de qué estaban hablando. Alguien entró, se acercó a mí y, tomándome del brazo derecho, me levantó de un jalón diciendo: “Te vas con el señor, pórtate bien con él. Al rato regresas.” Recuerdo romper en llanto y pedir por favor que no, que no me dejaran ir y negarme a caminar, acto seguido, sentí un fuerte golpe en la cara y me sacaron a rastras de ese lugar para llevarme a una habitación con una cama, donde aquel hombre me esperaba impaciente.
Ay mamita… No sabes cuánto me avergüenzo de todo lo que he hecho entre esas cuatro paredes, cuántos hombres llegaron a buscarme para saciar sus perversiones y cuando no era requerida, me mantenían en este oscuro y frío cuarto, sola, durmiendo y comiendo en mi propia inmundicia. Fui golpeada, insultada, ultrajada con infinidad de objetos por cada rincón de mi cuerpo. Aprendí a dejar escapar a mi mente, así, cuando estaba en esa cama, era como una muñeca inerte, insensible, que realizaba cualquier acto a voluntad de aquel que había pagado unos pesos por tener entre sus asquerosas manos a una niña. Mientras me encontraba a merced de aquellos hombres, me gustaba imaginar lo bonito que, según había planeado, debía ser “mi primera vez”, con ese chico que tanto me gustaba, llena de pequeños besos y tiernas caricias. ¡Ilusa! En vez de eso terminé siendo una prostituta. Perdóname, mamá… ¡Te juro que yo no quería hacerlo! Perdóname por no poner atención a mi alrededor, perdóname por preocuparte, no sé cuánto tiempo ha pasado, pero debes estar buscándome y no puedo imaginar tu angustia al no saber de mí. Quiero pedirte algo muy especial: Quiero que sigas con tu vida porque la mía termina aquí. Sigue adelante sin mí que yo estaré bien, ya casi no siento dolor y tengo mucho sueño, pero el frío no me permite dormir. ¿Sabes? Ya no siento miedo… Ahora estoy tranquila porque no habrá más “trabajo” por hacer. Te amo mamá, perdóname por favor, perdóname por no darte un cuerpo al cual enterrar, una tumba para visitar. Espera, no hagas ruido, alguien viene… Shhh…
Casi no logro abrir los ojos, mis párpados están muy pesados, pero veo que me están llevando hacia afuera. El viento se siente bien, hacía tanto que no lo sentía jugar con mi cabello, aunque ahora está tan sucio y maltratado que no vuela de la misma manera. Hay un bote grande en medio del patio… Me han dejado aquí y casi siento mis huesos romperse, el espacio es muy pequeño y hace frío. Siento caer un líquido sobre mí, ¿será lluvia?, pero huele un poco extraño. Mami, tengo miedo. Perdóname por no ser valiente, no sabes la falta que me hace un beso en la frente y tus brazos en este momento. Hay mucha luz y el frío comienza a desaparecer; ahora siento calor y creo que mejor dormiré. Ma’, perdóname por no despedirme de ti y darte un último abrazo, perdóname por no decirte suficientes veces que te amo. Mamá, perdóname, por favor…
