*
Mis poemas los hago con mucha paciencia. Un poeta no tiene apuro, no debe. Un verso, una línea, la escribo palabra a palabra. Cada palabra la anoto en una tarjeta distinta. Las ubico en mi cama y comienza el trabajo. Voy moviendo las tarjetas como peones de un damero de ajedrez. Con los pies voy tapando las palabras. Fumo mucho, desobedezco. Ahora las tarjetas se han ensuciado de tanto taparlas y descubrirlas. Mi cuerpo se revuelve, hago el amor con la poesía, músculo a músculo, tarjeta a tarjeta.
**
La muerte es una palabra.
La palabra es una cosa,
la muerte es una cosa,
es un cuerpo poético que alienta
en el lugar del nacimiento.
Nunca de este modo
lograrás circundarlo.
Habla,
pero sobre el escenario de cenizas;
habla,
pero desde el fondo del río
donde está la muerte cantando.
Y la muerte es ella,
me lo dijo la canción de la reina.
La muerte de cabellos
del color del cuervo,
vestida de rojo,
blandiendo en sus manos funestas
un laúd y huesos de pájaro
para golpear en mi tumba,
se alejó cantando
y contemplada desde atrás parecía
una vieja mendiga
y los niños le arrojaban piedras.
Cantaba la canción
en la mañana de niebla
apenas filtrada por el sol,
la mañana del nacimiento,
y yo caminaría
con una antorcha en la mano
por todos los desiertos
de este mundo y aun muerta
te seguiría buscando,
amor mío perdido,
y el canto de la muerte
se desplegó en el término
de una sola mañana,
y cantaba, y cantaba.
También cantó
en la vieja taberna
cercana del puerto.
Había un payaso adolescente
y yo le dije que en mis poemas
la muerte era mi amante
y mi amante era la muerte
y él dijo: tus poemas
dicen la justa verdad.
Yo tenía dieciséis años
y no tenía otro remedio
que buscar el amor absoluto.
Y fue en la taberna del puerto
que cantó la canción.
Escribo con los ojos cerrados,
escribo con los ojos abiertos:
que se desmorone el muro,
que se vuelva río el muro.
La muerte azul, la muerte verde,
la muerte roja, la muerte lila,
en las visiones del nacimiento.
El traje azul y plata fosforescente
de la plañidera
en la noche medieval
de toda muerte mía.
La muerte está
cantando junto al río.
Y fue en la taberna del puerto
que cantó la canción
de la muerte.
Al alba venid, buen amigo,
al alba venid.
Nos hemos recordado,
nos hemos desaparecido,
amigo el que yo más quería.
Yo, asistiendo a mi nacimiento.
Yo, a mi muerte.
Y yo caminaría
por todos los desiertos
de este mundo y aun muerta
te seguiría buscando, a ti,
que fuiste el lugar del amor.
***
Ven a vivir conmigo. Tendremos todos los libros de poesía que existen en el mundo.
Toda la música. Todos los alcoholes que arden en los ojos y corroen el odio.
Nos embriagaremos hasta oscilar como seres de una materia fosforescente, y diremos tantos poemas que nuestras lenguas se incendiarán como rosas.
****
Soñé que cantaba. Cantaba como alguien que reencuentra su voz en la noche. Una vez despierta, canté durante horas delante del espejo. Para escuchar mi voz bailar, mi voz enrollada a mi alrededor como la cuerda de un ahorcado —hacía tanto tiempo que mi voz estaba presa en un nido de hilos rígidos, presa al fondo de mi garganta en una imposibilidad para comunicar—. Así que canté canciones.
*****
Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.
