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“Son curiosas, las cicatrices. ¿Lo han pensado alguna vez? Son, seguramente, la parte más suave de la piel. A lo mejor eso somos al nacer, no lo había pensado antes: una enorme cicatriz que anticipa las que vendrán”.
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“La vida tiende a ser así: una gota, una gota, una gota, una gota, y luego nos preguntamos, perplejos, cómo es que estamos empapados”.
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“Antes de la escritura, mucho antes, vino la lectura. Desde niña descubrí el placer de leer hasta tarde, hasta que se apagaban las luces de la casa y me quedaba sola. Era, claro, una casa llena de libros. Y con la lectura, naturalmente, vino la escritura. Así de simple”.
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“Escritor no soy. Tal vez escritora, aunque sigue siendo una identidad con la que no me siento del todo cómoda. Prefiero no romantizar el asunto. Hay mucha superficialidad. Mucho márketing y narcisismo. La escritura, en mi caso, no supone un arranque iluminado ni un ataque incontenible de frases que me asaltan. Suele haber una imagen o una idea que no puedo dejar atrás, pero lo importante viene después y es puro trabajo. Un trabajo muy feliz, por cierto: buscar frases, hermanarlas, pensar, corregir, escribir y reescribir”.
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“Creo que la literatura, o cierta literatura, también ha encarnado el lenguaje del poder. De otro tipo de poder, no el poder jurídico que va acompañado del monopolio del uso de la fuerza, pero sí un poder simbólico que va creando mitos, por ejemplo, en torno a lo femenino y lo masculino como si se tratara de realidades inmutables. No tengo una visión idealizada de la literatura, me temo que la perdí”.
