Si alguien hubiera dicho:
la soledad se nutre de párpados caídos,
de silencios dormidos en la noche del ángel;
la soledad es una inválida semilla,
heredad antigua, cadena y mortaja…
Pero nadie lo dijo.
Y yo, que esperaba,
tuve que evadirme
por los cuatro puntos
amargos del viento.
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II
Me sorprendo cercana de la noche,
en vano pregunto y llamo;
bajo un cielo de ruinas
contemplo mis manos
que se alargan como interrogaciones
y veo, palpo, siento,
la soledad.
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III
Quien quiera leer en mí
que baje los ojos hasta el musgo,
a la raíz misma del llanto,
donde se nutre y se dibuja
el perfil de la angustia.
Es inútil buscarme en el verde árbol
que canta su pródigo verano,
su mediodía de pájaros
y la agilidad niña de una esperanza.
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IV
Soy silencio y sombra.
Presentida, pálida neblina de una muerte,
siempre epidermis y tacto,
tan íntima y constante
que su voz expresa mis palabras,
y mis huellas son tan sólo el eco
de su propio paso.
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V
De soledades estoy hecha,
vasija y contenido.
Llevo una voz sin sol
que en vano quiere gritar, en el origen,
el color y la anchura del desierto;
en sí misma se encierra y despedaza
al intentar romper la cáscara del mundo.
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VI
Llego por subterráneas grutas
al intacto manantial del sueño.
Y he ahí que me fugo
de las manos que me oprimen;
intento la estatura del grito
y avanzo hacia mi sombra;
porque nadie sabe
que este silencio de sepulcros
es sólo un eco
de tormenta en la cumbre.
.
.
VII
Nunca había estado
más cerca de mi muerte.
—Presencia en la rosa,
sombra sobre el agua—
en mí sentida, cierta,
lenta nostalgia o angustia viva,
esperanza o desesperanza.
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VIII
De nuevo, en mi deshabitado mundo,
contemplo mis manos
que se alargan como interrogaciones
y veo, palpo, siento la soledad.
Si alguien me hubiera dicho…
Pero todos callaron.
