DELIRIOS FEBRILES
La golondrina pasa a gran altura,
corea las ondas del verano,
y no sabe de mí.
En las ramas de los eucaliptos,
bandos de gallinazos reposan su banquete;
atisbo sus movimientos desde mi ventana,
sé que no me ven.
Los guaduales se balancean
como borrachos afligidos bajo el sol,
y la copa de los carboneros
danza con sus estambres purpúreos.
Sé que de mí nada les interesa,
ni esta fiebre que me consume como brasa.
Desvarío,
soy cenizas entre alas de insectos.
El cielo espumoso alumbra el horizonte
plegado de cordilleras;
caminos polvorientos,
aguas impuras,
cerros heridos de humanidad.
Pero nada mío les inquieta,
ni esta fiebre que pone mis mejillas
como piedras calientes,
ni mi corazón;
fruto rojo ruñido de ardilla
hundido entre hojarascas.
.
.
¿QUÉ MÁS PUEDO HACER?
Tengo mi alma convulsa
y mi razón, rebelde.
Tal vez explote el átomo de mi debilidad,
o cierre los ojos
y comience a batir mis muslos
entre azucenas.
No quiero discurrir en ideas momificadas
porque no las aplico en mí,
espero que no me condene.
Tal vez le escriba unos versos
a mi necedad,
porque ella se los merece.
.
.
ESTAMOS TAN LEJOS
El agua que bebo
cuando escalo las montañas,
es tu imagen,
pasa fresca por mi garganta,
sonrío.
Es dulce tu recuerdo,
y la melancolía rebosa mi pecho
como una cerveza agitada.
Mi amor está fragmentado,
hay un pedazo que brilla
como un lago tembloroso
bajo las estrellas,
ese es tuyo,
ahora lo sabes,
no dejes que se extinga.
Te escribí una postal entre la bruma,
mi letra cursiva resbalaba en tu boca;
te vi en la distancia,
leías con los ojos ciegos de ilusión.
Te pienso de día,
mi almohada en las noches
desvela tu nombre,
no paro de soñarte.
Estoy tan lejos, cariño,
llena de añoranza,
de tener tus dedos
enredados en mis rizos,
de sentir tu lengua dibujando
espirales en mi espalda.
El segundero golpea tan fuerte,
tan lento,
que el deseo lastima.
Estoy tan lejos, cariño,
estás tan lejos…
.
.
TRAYECTO
Y nos encontramos,
iba transitando sereno por mi camino;
recordé su sabor profundo.
Lo vi atractivo con su boca lujuriosa.
Yo reía como una idiota
al tenerlo ocupando mis ojos;
mostrándome indómita, exaltada.
Lo vi en mi camino,
llevaba un bonete que lo revelaba
ante el mundo,
me dolía,
hizo que mi condición anímica se asentara.
Tenía los ojos apagados,
su barba modesta se recogía con el viento,
y su extraña zozobra me entorpecía.
Al despedirnos,
sus hombros se pusieron
frente a mis manos inquietas;
lo toqué naturalmente.
Lo dejé ir sin trascendencia
como los remolinos de aire en el asfalto.
