PARIRSE MUJER
Limpio mi rostro de haber nacido mujer.
Porvenir que me parí un día sin sol,
con memoria imputada y
pequeños precios que se pagan pero
atesoran restos,
las miradas malintencionadas,
todo ése polvo,
acusando mi esmero y mi mueca interesante.
Conservar la deuda es como deberle tiempo a la vida,
desprestigiar el cuerpo, dejarlo hinchado, doloroso y,
sin fin, con la mentira clavada entre los huesos extraviarse,
ir cubriendo las ruinas que nos fueron heredadas.
Evaporar la sangre… sencillamente vaciarse.
Le digo a la que está de frente: limpia tu rostro.
Déjame mostrarte otra mirada.
Déjame aspirar a tu miseria… aquel deseo inacabable.
Déjame ser esta lectura que palpita, sostiene
y ama.
Limpio mi rostro de haber nacido mujer frente al espejo
y me nombro, y me creo, y vuelvo siempre a comenzar
con una mirada genuina, revolucionada como mis tiempos
—este tiempo—
de libres asociaciones en las que, parirse un día sin sol,
parirse mujer, jamás volverá a ser tentadora de culpas.
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FRAGMENTO
Y aunque ya estaba rota
no quiero ser un trozo cabizbajo
en la hoguera dónde
creí quemar mis miedos.
No quiero ser un trozo
inmutado de experiencias y,
al final, decir que sólo las vi pasar.
No quiero ser un trozo
irreversible de ésta,
aquella y todas las mujeres que he sido;
a las que mis huesos
—recién destituidos— levantan del olvido.
Me corresponde suceder
según al carácter de la vida misma.
Conforme se venga
dando la necesidad y el deseo,
pero tampoco quiero discernir
de mis pedazos, de su testimonio
ni de la ruptura que hacen ahora,
otra realidad.
Y aunque ya estaba rota,
no quiero ser sólo un trozo
impalpable de esta mujer
que aún se debate hacia sí misma.
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EXCUSAS PARA SALIR CORRIENDO
De todas las cosas que no sé
pronunciar: amar,
es la palabra que me deja sedienta.
No puedo avanzar sin resentir.
Cariño, el amor no lo soporta todo,
no tiene por qué hacerlo.
Es una voluntad inerte
que camina a pasos pequeños.
Teme a la soledad,
al silencio, a sí mismo.
Teme por el otro que no sabe amar
como a una le enseñaron
lo que no sabe recibir.
Y las falsas reciprocidades
que el deseo tiene, y que,
además, aparecen en el umbral
como un gesto invaluable
del espejo donde una misma
se mira con la sorpresa de una niña.
Digo, entonces,
que ahí están las respuestas,
siempre,
en un nivel superior
cuestionándose aquellas
sensaciones de abandono.
Basta de sentir pena.
Sé que en el fondo odias a ésta mujer.
Siempre ha sido así.
Siempre será igual.
Yo sola me duelo:
canto, bailo, escribo
y tú,
te castigas en mi nombre.
