Jean Ridván Gautier (San Miguel de Allende, México. 1997). Escritor y empresario. Autor de la compilación de cuentos de terror El infierno llega al anochecer y de los poemarios Nocturno Visceral, Esperar a una mujer, Cuando deje de arder. Su carrera literaria se remonta a su juventud donde participó en distintos congresos y ha asistido a diversos talleres de redacción de cuento y poesía.

Beyond; la narrativa siempre cercana a la historia. Un cuento de Jean Gautier

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BEYOND

Cuando terminé “De la tierra a la luna” la tercera novela de ése tan aclamado escritor de la antigüedad, cuando Francia era todavía un país constituido como tal, empezaba el doceavo día de mi travesía en el espacio según los cálculos que había hecho al salir de la tierra. Resultaba un dato interesante que hace tres mil años, el mayor logro de la humanidad fuese pisar la única luna del planeta, cuando más allá existen millones de lugares que conocer. Ya hacía por lo menos dos mil años que el hombre había llegado a la luna y había tratado de establecer su “civilización” en aquel sitio. Dando resultados catastróficos y conflictos armados que amenazaron con convertir al satélite natural de nuestro mundo en una nube de pequeños pedazos de roca dispersos por el universo. ¿Habría un autor escrito alguna vez sobre el viaje que ahora efectuaba y sobre la misión que cumplía? Los escritores de ficción, en muchas ocasiones desempeñan el papel de profetas. Al hacer su apasionante tarea de contar una sarta de mentiras tan bien descritas y entrelazadas entre sí, para logar hacer de la lectura de narración de ficción una distracción para la gente. Lo interesante aquí, es que muchas veces cuentan mentiras como verdades sin saberlo o quizá sabiéndolo, pero en lugar de darlo a conocer a la prensa o a la ciencia prefieren mezclarlo con las demás cosas que se inventan. Sabiendo que carecen de la más auténtica verdad. ¿Cómo pudo, éste escritor francés saber en su tan atrasado tiempo que la humanidad algún día lograría llegar a la luna? Cuando en ése tiempo ni siquiera los médicos sabían sobre los principios de autoinmunidad del cuerpo humano. Sin duda, una profecía.

Me llevó esto a recordar a aquel otro escritor, Jonathan Swift, unos años más antiguo que el francés, cuando escribió en su libro más famoso sobre las dos lunas de Marte. Éstas no habían sido vistas por nadie, sino hasta varios años después cuando un astrónomo las encontró con uno de los rudimentarios telescopios usados en ésa época, (una de las cuales fue usada como zona de prueba de los misiles nucleares estratosféricos durante la época de la crisis bélica lunar). De modo que, quizá algún escritor de hace tres, dos o hasta mil años atrás haya descrito en una de sus novelas de baratija sobre uno de los tantos, y más recientes deseos ambiciosos del hombre: Llegar más allá del universo.  

La teoría científica dice que es posible, mi guía de viajero es una ecuación matemática que muestra el límite del universo. El límite de la distancia y del tiempo. Dicto esto al tiempo que salgo del sistema solar, comenzaré el primer hipersueño del viaje desde éste momento.

Detuve el trascurso del viaje, si estuviera en la tierra o en algún otro lugar en donde el tiempo existiera como lo conocemos en el planeta natal, diría que durante algunas horas. A través del cristal de una de las ventanas laterales de la nave, divisé entre la oscuridad salpicada de estrellas del universo una forma irregular que me hizo sentir una punzada de curiosidad. No podía ser un cometa a pesar de la forma alargada, pues éste no se desplazaba. Simplemente flotaba sin rumbo alguno en la inmensa soledad del espacio. Cuando me acerqué lo suficiente como para reconocer el objeto, el asombro me invadió con una fuerza desmedida. Era uno de esos cohetes utilizados hace miles de años por la en ése tiempo llamada en la tierra “Unión Soviética”. Había estudiado la historia de éstos primitivos cohetes y su posterior evolución hasta la modernidad, durante mi carrera en el Instituto Mundial de Aeronáutica Espacial. Durante un periodo importante en la historia antigua de la humanidad llamado “Guerra Fría” nació la carrera espacial para los seres humanos. Se sabe que estuvo dentro de un conflicto bélico nunca llevado a las armas entre la “Unión Soviética” y las tierras neo norteamericanas llamadas en ése entonces “Estados Unidos”.

Los habitantes de la “Unión Soviética” llamados soviéticos, fueron los primeros en poner un satélite artificial en la órbita de la tierra. Además, hicieron varias expediciones tripuladas al espacio, muchas de ellas secretas y también muchas de ellas fallidas. Historias sobre cohetes con astronautas dentro lanzados al exterior que jamás regresaron a la tierra se divulgaron entre los años posteriores a estas misiones. Mi curiosidad inicial detonó en gran medida al preguntarme qué contendría dentro aquel artefacto espacial, visto por primera vez por un hombre en casi tres mil años. Salí de mi nave con el traje y equipo necesario para tratar de infiltrarme en el abandonado cohete. La compuerta estaba naturalmente sellada y a pesar de lo vieja que era, aún resultaba imposible forzarla manualmente hasta abrirla. Con ayuda del cortador laser y las pinzas hidráulicas diseñadas para trabajos en el espacio, abrí un espacio lo suficientemente grande para que pudiera deslizarme dentro sin problemas. El interior del cohete era espacioso, lleno de esos antiquísimos computadores atascados de botones, pantallas y palancas diversas con los que se hacía funcionar el aparato. Recorría todo con la misma mirada expectante que tiene un explorador al encontrar una tumba ceremonial perteneciente a una antigua y extinta civilización. Mis ojos se posaron en el frente de la nave soviética. Justo en medio, partiendo el ventanal, estaba el compartimento del tripulante. El corazón comenzó a latirme con fuerza a la vez que me aproximaba. Un sentimiento de asombro, miedo y tristeza afloró en mí al ver un traje espacial de la época de la “Unión Soviética” acomodado en el asiento. Dentro de éste, había un hombre con la carne del rostro sumamente blanca, el cual se podía observar detrás del cristal del casco que tenía sobre la cabeza. Los labios se habían ennegrecido y lo mismo sucedía con sus ojos. Tanto que la negrura era tal que parecía haberse comido completamente los globos oculares y dejar en su lugar dos cuencas vacías. Sin duda, la última mirada de éste personaje habría sido de completa desolación al percatarse de su irremediable destino. A pesar de ser un descubrimiento sumamente valioso en la historia de la carrera espacial de la humanidad, tenía que dejar al cohete y a su tripulante dónde los había encontrado.

No podía tratar de llevar conmigo el artefacto soviético, pues el peso extra que tendría que jalar mi nave le restaría combustible suficiente para que mi propia misión tuviese éxito en realizarse. Tampoco podía llevarme al hombre, pues al regresar a la tierra luego de haber descubierto el límite del Universo, la atmósfera terrestre lo consumiría hasta hacerlo menos que polvo cuando hiciera contacto con él. De modo que me despedí del tesoro no sin antes tomarme la libertad de fotografiar el interior y exterior del cohete, incluyendo a su fallecido tripulante. Un vago sentimiento de melancolía me asaltó cuando reanudé el viaje y vi al transporte espacial soviético disminuyendo su tamaño a medida que me alejaba de él. Quizás no volvería a encontrármelo nunca más.

Contemplo constantemente a las constelaciones que flotan como diminutos puntos blancos en medio de la negra espesura del espacio. Luego de salir de la Vía Láctea, ésta práctica es más común en mis tiempos libres durante el viaje. Cuando estaba en el Instituto Elemental, leí un texto sobre cómo un poeta de la antigüedad se expresaba de la luna. En el tiempo en el que fue escrito el poema, la luna se veía como algo misterioso y lejano, pero a la vez hermoso. Éste hombre no podría haberlo descrito con más claridad. La llamaba “dama nocturna vestida de blanco” y expresaba el ferviente deseo, que sentía por descubrir el mundo que era ésa esfera tan particular, y la vida que posiblemente albergaba. Se preguntaba varias veces a sí mismo, cómo podía un objeto ser tan claramente visible a los ojos de la humanidad, pero al mismo tiempo tan difícil de comprender y de alcanzar a tocar. Esto último remarcado con unos tintes de melancolía y en sentido opuesto, fascinación. Fue cuando terminé de leer ésta pieza de literatura romántica, que de cierto modo se sembró en mí la aspiración de cumplir el nunca realizado sueño del poeta. Comprender, alcanzar y acariciar al satélite natural de la tierra e ir más allá, deslizarme en un éxtasis odiseado de exploración espacial y planetaria. Finalmente lo conseguí, las constelaciones que veía a mí alrededor daban fiel testimonio de ello. Y no sólo eso, me había convertido en un sujeto de suma importancia, el Neil Amstrong de mi generación. En estos momentos soy el hombre más importante de la humanidad, desempeñando el más ambicioso reto en la historia espacial del ser humano. Más ambicioso incluso que la victoria en la guerra cósmica.

Enfrento la longevidad de mi viaje con grandes periodos de hipersueño, en el tiempo en el que no me encuentro durmiendo lo dedico a comer, dictar en este diario y observar el espacio. La dirección de la nave fue programada desde la tierra con la más compleja y moderna tecnología, utilizando los más avanzados cálculos matemáticos para permitirme llegar al destino exacto. Al no tener control manual sobre ésta, no puedo en algún momento cambiar su dirección. La mayor parte del tiempo viajo a través de la oscuridad en la que flotan las galaxias, aunque de vez en cuando el transporte entra en alguna y atraviesa sistemas solares y las millones de estrellas concentradas en ésta. En muy pocas ocasiones he tenido la oportunidad de ver señales de vida inteligente dentro de las diferentes constelaciones, pues la velocidad a la que viajo es tal que a penas y puedo distinguir brevemente las formas de los planetas que orbitan en el universo. A medida que el viaje se alarga la velocidad aumenta automáticamente, aunque por un breve tiempo se vuelve más lenta antes de acelerar nuevamente. En uno de estos intervalos, cuando atravesaba una galaxia elíptica (según me informaba la computadora de la nave), me encontré con una gigantesca superficie negra de irregular forma. Suspendida entre dos planetas, cuyo tamaño haría ver como un ridículo pigmeo a nuestro sol en comparación.

Ésta especie de plataforma despedía un haz de luz en un color desconocido para mí y que parecía casi hipnótico si me quedaba suficientemente tiempo observándolo. La nave pasó sobre ella y mientras me encontraba aproximadamente en la mitad de la superficie, la luz se intensificó con tal fuerza que atravesó las ventanillas de mi transporte. Me alcanzó de lleno en los ojos causándome una ceguera momentánea. Durante este brevísimo lapso de tiempo, tuve una espeluznante visión de un deforme ser el cual efectuaba el parto de un ente todavía más grotesco. El orificio por el que se deslizaba pesadamente la horrenda y pequeña criatura, agitándose violentamente y nadando en una sustancia pegajosa y negra, parecía una boca por la forma en la que se abría y cerraba. Pero la ausencia de dientes podía significar que en realidad era el órgano sexual (si es que así se le puede llamar) brutalmente grotesco de la criatura. Cuando mi visión se normalizó, la plataforma debajo de mí lanzó un estridente bramido sumamente extraño. Como si al haber sido expulsado, las ondas sonoras hubiesen rebotado en unas paredes metálicas. Quedé helado al imaginar el inicio de un rápido descenso hacia aquella planicie y estrellarme contra la superficie para luego ser devorado por el vomitivo ser de la visión que me había producido el haz de luz. Pero antes de que pudiera pensar en otra cosa, la velocidad de mi nave hizo un rápido cambio y pronto la bizarra y aterradora entidad flotante quedó a años luz de distancia atrás.

Al despertar de mi sueño profundo y mirar por la ventana me encuentro con algo verdaderamente insólito. Las estrellas y constelaciones han desaparecido, en el exterior domina la más absoluta y vacía negrura. El ordenador de navegación no muestra que me esté acercando al límite del universo, sólo continúa marcando los años luz transcurridos desde la partida de la tierra. La cifra aún no alcanza la que se calcula que durará el viaje, ni siquiera está muy cerca. Vuelvo a mirar a través de la ventanilla en busca de algún cuerpo celeste o siquiera alguna luz que diera testimonio de la existencia de materia en el exterior. Nada, todo sigue igual. Un escalofrío me recorre la espalda y se apodera de mí un profundo sentimiento de completa soledad. Luego de un tiempo que me parece infinitamente largo puedo dejar de ver el exterior y vuelvo la mirada al interior de la nave, lo que encuentro me paraliza. La computadora está muerta.

Las pantallas están tan negras como el espacio que me rodea y es imposible volver a hacerlas funcionar, simplemente se volvieron objetos sin ningún funcionamiento. Cuando logro salir del shock que esto me produce caigo en cuenta que he dejado de moverme. La nave está paralizada. No pudo ser la falta de combustible, ni alguna falla en el funcionamiento de velocidad, pues esto hubiese hecho que la nave se detuviese pero no habría causado estragos en la computadora. Pues está diseñada para ser completamente inmune a los errores en el software, una vez que se inicia el viaje. Al no funcionar el ordenador, la gravedad artificial dentro del transporte deja de existir, ahora estoy flotando. Está ocurriendo algo más, el frente de la nave empieza a desintegrarse. No, más bien parece estar desvaneciéndose, está empezando a ser presa de la oscuridad del universo que la rodea. Alcanzo rápidamente el traje espacial y me meto dentro de él. Mi transporte sigue desintegrándose hasta el punto en el que me quedo solo. Flotando en el espacio. No hay una sola cosa, ni una sola luz. Ni siquiera puedo ver mis propias manos, la negrura es sumamente densa, la soledad sumamente asfixiante. Siento mis párpados caer y cubrir mis ojos que empiezan a secarse, cuando vuelvo a abrirlos ya he dejado de sentir el traje espacial en el que estoy metido. ¿Acaso he muerto? Trato de tocar mi cuerpo y me doy cuenta de que se ha vuelto parte del vacío de la oscuridad. Me ha engullido a mí también. Pero, a pesar de estar en medio de la nada absoluta, hay algo que parece nunca desvanecerse y la situación que provoca es peor que cualquier infierno que hubiese imaginado, mi propia conciencia.

Aún estoy vivo.  

Jean Ridván Gautier (San Miguel de Allende, México. 1997). Escritor y empresario. Autor de la compilación de cuentos de terror El infierno llega al anochecer y de los poemarios Nocturno Visceral, Esperar a una mujer, Cuando deje de arder. Su carrera literaria se remonta a su juventud donde participó en distintos congresos y ha asistido a diversos talleres de redacción de cuento y poesía.Beyond; la narrativa siempre cercana a la historia. Un cuento de Jean Gautier