[ señales de radio ]
hay señales de radio llegando desde donde era el vacío
los puestos de escucha se han reunido de urgencia y por primera vez
— en tiempos inmemoriales — lo humano
quizá pueda entrar en contacto con
otro humano
mientras tanto, una memoria
aprovechó la general distracción con la gran atracción y
se instaló suavemente en una órbita del yo, que, a su vez, no
sabe cómo, ha empezado a recordar lo que nunca vivió
mientras tanto, también, otra memoria,
esa sí que orbitaba el yo pero ya tan lejos que intermitente resultaba,
aprovechó el suceso pero
para romper el vestigio de gravedad. se cuenta
que memorias que así se desprenden del yo centrípeto
es que se han alejado tanto y han visto tantas otras memorias suceder
entre ellas y el yo que se enamoran
de la idea de que pueden, ellas mismas, ser un nuevo yo
orbitado por — memorias. y así quedó, la tal memoria
desertora-aspirante, suelta de la órbita de su ex-yo
quieta en el vacío (vagante)
inflada
a ver si crea luces que atraigan memorias extraviadas, que la hagan
creer en eso de ser un yo
que la hagan creer en eso de ser un yo
cuando yo digo yo recuerdo
en verdad es una memoria de lo que soy mirando a
otra memoria de lo que fui
cuando yo digo yo olvidé
es porque aún recuerdo
cuando yo no sé que olvidé
es que de verdad olvidé
y cuando olvidé, no fui yo quien actuó
la memoria fue la que me olvidó
para seguir su gana de ser todo un otroyo
la memoria es el sujeto del olvido y ser sujeto ya es
camino del yo
inversamente,
cuando un yo pierde tanto su gravedad que casi todas las memorias
lo dejan,
menguando va volviéndose él mismo una memoria vagante — de esas
que pueden empezar a orbitar nuevos yos
de entre todas las memorias por ahí desatadas, la más inflada, en fin,
es la que ganará la movediza guerra del yo
y al ajustar la lente
hacia un poco más allá de la escala del yo orbitado, vemos con nitidez
que los así creídos yos orbitan, todos, algo que sigue siendo
una memoria — colectiva
que les dice qué es ser un yo
así como el yo dice a la memoria qué es ser una memoria suya
hasta que, por distanciamiento, por
desidentificación,
la memoria del yo quiera ser otroyo
y el yo de la memoria colectiva quiera fundar otra memoria colectiva
(como ya se intuye, también la memoria colectiva ha de, a su vez,
orbitar alguna otra
— alguna otra
memoria
a la que esta lente ya no alcanza a nombrar)
hay señales de radio llegando desde donde era el vacío
— cuando un yo devora la vastedad
y ya no sabe qué es
memoria suya o yo ajeno o ficción colectiva
y en el terror de que nada o todo sea
pide
un encuentro
[ sum ergo dissolvor ]
a veces unas de nosotras vigilaban para que las otras pudieran girar
— tenía que haber siempre alguien atenta.
si aparecía, de repente, larga subida, unas abrazaban a las otras por detrás
dándoles las piernas para que subieran juntas
— nosotras, entonces, solas en medio del camino de tierra, y el camino
de tierra solo en medio de las montañas, y las montañas solas en medio del
planeta, y el planeta solo en medio de su órbita,
así era como solíamos desaparecer
si se acercaba el mar a nosotras y había cocos que desmenuzar,
alternábamos quién cerraba los ojos para escuchar el estéreo de las olas
— la multitud de la humanidad, entonces, inscrita en la multitud de la
ciudad, y la multitud de la ciudad inscrita en la breve multitud de la playa,
y la breve multitud de la playa inscrita en nuestros cuerpos,
así era como solíamos aparecer
pero, entonces, cuanto más sabíamos sobre posición menos sabíamos
sobre movimiento
era entonces que una de nosotras recordaba que silenciar, en el origen,
era suspender no solo el producir sonido sino también el moverse y era así
como nos acordábamos de danzar usando la inmovilidad
como una dirección que cambia de casa reparábamos entonces
en cosas como: el extraño suceso de la visión terráquea
— de los animales de la Tierra, en los que nos inscribíamos —
permanecíamos alargadas mirando hacia el universo antes de la existencia
de los animales de la Tierra, viendo cómo nada se veía
la Tierra no viendo la luna
la Tierra no vista por la luna
las olas no viendo la tierra adonde van
los montes no viendo la agitación de las olas que hacia sí atraen
el árbol no viendo el árbol de delante cuyas raíces encuentran las suyas
bajo la tierra
algas ondulantes al ras de otras algas ondulantes
los colores de los frutos y de los cristales y de las performances de los volcanes y
de los crepúsculos, que no eran espectáculo porque spectaculum es
aquello que está destinado a ser visto
así estaban todas las formas del mundo — plácidamente hechas
no para ser vistas — cuando
un primer animal de la Tierra
teniendo por naturaleza necesitar tanto comer como no ser comido
inventó el movimiento + la dirección
y, en eso de moverse hacia,
algo en él empezó a volverse cada vez más sensible a la variación
de sombra y luz como forma de moverse mejor
el descubrimiento es tan extraordinario para la continuación de la vida
que poblaciones de células acuden y se alían para especializarse
cada vez más
en la afinación de tal habilidad:
crean cavidad ángulo horizonte foco
de repente, una lente sintoniza — más que luz y sombra, más que
presencia y ausencia — un contorno: el otro (luego, también:
el primordio del yo, y después del tú)
otros, cada vez más
otros otros: distintos
tamaños, después distintas
sensaciones repartiéndose dentro de la luz — como excesos de las formas
emanando de las formas:
las temperaturas de la agitación intrínseca del existir
o los colores vibrando en los conos de los primeros ojos del cosmos
[ lila, el existir en vértigo
azul, el existir violento
verde, el existir intenso
amarillo, el existir constante
rojo, el existir lento
y el negro midiendo la existencia en reposo
y el blanco, la coexistencia febril de todas las escalas de inquietud
fundamental ]
permanecíamos alargadas contemplando tal estreno universal de la
visión, con el propio estreno de la visión viendo por nosotras
y era entonces que nos destinábamos a no ser vistas, a no ser
por algún árbol cargado de buganvilla, que no nos veía
— así era como solíamos parecer poetas
en la naturaleza, las cosas cambian para no cambiar:
así como la vida — hija asustada de la forma — hace
cada vez más y diferentes formas {contornos del susto} para
no dejar de haber vida
el yo — hijo narrativo de la vida — a su modo hace
cada vez más y diferentes nombres {vidas narrativas} para
no dejar de tener nombre él mismo, el propio yo
en la poesía — hija desertora del yo — por el contrario hacíamos
cada vez más poemas para
ser cada vez menos necesaria la poesía
nuestra costumbre de girar
en torno del eje de la desertificación simultánea
del yo, de la vida y del ser (de todo lo que es en lugar de poder ser
— incluyendo: el poema en lugar de la poesía)
empezó esa costumbre a llamar la atención:
si nos veían girar, paraban y comparaban
pero
como no hay voz que se pueda buscar dentro de un cuerpo
ni colores que se pueden buscar en los cocos
ni el propio movimiento dentro del giro cuando
logra fundirse con la órbita de la Tierra
quien paraba y comparaba poco a poco reparaba
que no veía lo visto sino lo que en sí veía
que el espectáculo no estaba fuera, lentamente incendiado de rojo
volcánico o crepuscular, sino
dentro, y cada vez más espectacularmente dentro
si girábamos no para ser vistas
entonces girábamos como quien plácidamente
disuelve el fuera, luego el dentro — poco a poco, fue eso lo que logramos
inscribir
en los caminos de tierra que llevan a las cascadas, en las arenas de las
playas de la ciudad, en los colores de los semáforos y en los silencios de las radios
y entonces,
entonces regresaremos
al susto del nombre amor
llenas de ser, sí, olvidadas de vigilancia, sí,
y como un cerebro aprendiendo sobre el funcionamiento del cerebro
mientras sabe funcionar perfectamente
volveremos despacio a reconocernos girando por ahí
por ahora, sigo fotografiando — o: escribiendo con luz — tus pies
aunque lejos de ti en el espacio como el estreno de la visión está lejos en el
tiempo — qué importa
si la indiferencia cósmica postula contra el amor, al menos
llueva en el interior de los árboles mientras, recostada a un tronco,
agarro por los pies la integración visible
siempre un olvido antes
del decaimiento simultáneo de todas las memorias
y, entonces,
entonces volveremos a poder ser poetas
[ a dormant volcano ]
negociar sombra y luz hasta dar color a lo que existe y inexistencia
al entre que no entra porque para entrar hay que vaciarse porque
solo el vacío atraviesa las cosas y porque el vacío solo atraviesa las cosas
en el vacío de las cosas entrar no es tan simple porque lo bidireccional
es natural — no inspirar sin expirar antes y después / no crecer hacia lo visible
sin crecer igualmente hacia lo invisible / aceptar la gravedad sólida de la tierra
tanto como la gravedad líquida de la luna — y lo natural ya se sabe por dónde
no anda y, por otra parte, lo bidireccional puede no ser exactamente
natural puede ser solo justo o deseable y justicias y deseos también ya se sabe andan en el bolsillo desbordado y vagamente roto de la
aleatoriedad
a dormant volcano
— una placa de neón (luz blanca sobre fondo negro) que no sé de dónde
me aparece, en qué ciudad giratoria del caos de las ciudades por existir
se enciende ante mí, y encendiéndose sigue, en puntos francamente
arbitrarios
pero cuando lanzo al caos del palabreo las ideas de “aleatorio” o
“arbitrario” ¿tomo qué por referencia? lo que parece fortuito
desde mi carta cuerpográfica, en la acomodación de sombras y
luces que la escala del aquíahora me posibilita, ¿seguiría desprovisto
de causa o lógica si ampliada fuera la escala?
¿el mundo, cuanto más nos alejamos de un punto en perspectiva,
se vuelve más complejo o más simple?
¿lo que es aleatorio desde aquí se vuelve menos aleatorio allá
porque todo va percibiéndose más complejo o
porque todo va percibiéndose más simple?
¿o las dos cosas a la vez?
¿cuánto, in crescendo, más líneas entre tramas podamos sorprender más
nos callamos en la paz indivisible de un cierto todo que la suma
de los fragmentos no alcanza?
y sobre todo:
¿cuánto tiempo un cuerpo programado para cierta escala resiste
moverse en otra?
¿hasta dóndecuándo se tensa la pertenencia, luego los límites de la
visibilidad?
en la película Dissonant de Manon de Boer se pregunta:
¿para danzar es necesario moverse?
¿hasta qué punto la danza del cuerpo que no vemos moverse
puede ser
visible?
¿y hasta qué punto la inmovilidad de un cuerpo que vemos moverse
puede ser
invisible?
y si cerramos los ojos para escuchar una danza en movimiento
que se da sin música ¿podremos aún ver
la danza de la bailarina
o la danza de la bailarina empezará a mezclarse con la danza de una
memoria nuestra o lo que vemos pasa a ser, apenas y ya,
nuestra propia danza? ¿y eso no sucederá incluso cuando tenemos
los ojos abiertos mirando a la bailarina, solo que mucho más
invisiblemente?
cuando Cage decide no tocar el piano, ¿aún es el
silencio?
cuando Klein decide vaciar la galería, ¿aún es el
espacio vacío?
cuando Abramović decide no hacer nada en escena, ¿aún estamos ante el
no-hacer?
miro el blanco que se extiende por una lontananza y te pregunto:
¿elegir no pintar sobre el blanco aún es
el blanco?
y si la extensión sea la Antártida y si la extensión sea
la rendija de tu ojo y si la extensión sea mi hoja de papel y si
la elección del vivo sea la de no tocar la vida
— entonces aún no es la muerte
es performance
A DORMANT VOLCANO
— la placa de neón empieza a escalar matices de rojo y azul, cada vez
más
existentes, y por eso
creadores de sombras,
indicando que todo empieza a volverse más complicado
y más simple en cuanto a
la calibración de la entretud de los estados entre:
aquello que intrafinamente mide si se está — entre — por escombro o
por brisa
qué bello es no insistir qué bello es en sí estar
en lo abierto al vendaval de la imantación
y en el preciso e indivisible aquíahora,
una elección:
si dejamos de contar el tiempo — si el tiempo se queda
sin testigos, pues — ¿por dónde
es que va a pasar?
