Portuguesa y brasileña por elección, Calí Boreaz es poeta, performer, dramaturga, directora escénica y traductora literaria del rumano, español e inglés. Es autora de a palavra menos a língua (Musa Impassível, 2024), a tela finalmente escura (Kafka Ed., 2023), tesserato y outono azul a sul, además de participar en antologías y revistas en portugués, español e inglés. Formada en Derecho, Danza Clásica y Flamenco en Lisboa, en Literatura y Traducción Literaria en Bucarest y en Teatro y Artes Escénicas en Río de Janeiro, su trabajo junta cuerpo, voz, luz y texto en una investigación poética en performance. Vive en Copacabana, donde sigue explorando los límites entre memoria, yo, colectividad y silencio, tanto en escena como en la página.

Calí Boreaz. Poesía‑laboratorio: cuerpo, memoria y lenguaje en performance filosófica del yo.

[ señales de radio ]

hay señales de radio llegando desde donde era el vacío

los puestos de escucha se han reunido de urgencia y por primera vez

— en tiempos inmemoriales — lo humano

quizá pueda entrar en contacto con

otro humano

mientras tanto, una memoria

aprovechó la general distracción con la gran atracción y

se instaló suavemente en una órbita del yo, que, a su vez, no

sabe cómo, ha empezado a recordar lo que nunca vivió

mientras tanto, también, otra memoria,

esa sí que orbitaba el yo pero ya tan lejos que intermitente resultaba,

aprovechó el suceso pero

para romper el vestigio de gravedad. se cuenta

que memorias que así se desprenden del yo centrípeto

es que se han alejado tanto y han visto tantas otras memorias suceder

entre ellas y el yo   que se enamoran

de la idea de que pueden, ellas mismas, ser   un nuevo yo

orbitado por — memorias. y así quedó, la tal memoria

desertora-aspirante, suelta de la órbita de su ex-yo

quieta en el vacío (vagante)

inflada

a ver si crea luces que atraigan memorias extraviadas, que la hagan

creer en eso de ser un yo

que la hagan creer en eso de ser un yo

cuando yo digo   yo recuerdo

en verdad es una memoria de lo que soy mirando a

otra memoria de lo que fui

cuando yo digo   yo olvidé

es porque aún recuerdo

cuando yo no sé que olvidé

es que de verdad olvidé

y cuando olvidé, no fui yo quien actuó

la memoria fue la que me olvidó

para seguir su gana de ser todo un otroyo

la memoria es el sujeto del olvido y ser sujeto ya es

camino del yo

inversamente,

cuando un yo pierde tanto su gravedad que casi todas las memorias

lo dejan,

menguando va volviéndose él mismo una memoria   vagante — de esas

que pueden empezar a orbitar nuevos yos

de entre todas las memorias por ahí desatadas, la más inflada, en fin,

es la que ganará la   movediza   guerra del yo

y al ajustar la lente

hacia un poco más allá de la escala del yo orbitado, vemos con nitidez

que los   así creídos yos   orbitan, todos, algo que sigue siendo

una memoria — colectiva

que les dice qué es ser un yo

así como el yo dice a la memoria qué es ser una memoria suya

hasta que, por distanciamiento, por

desidentificación,

la memoria del yo quiera ser otroyo

y el yo de la memoria colectiva quiera fundar otra memoria colectiva

(como ya se intuye, también la memoria colectiva ha de, a su vez,

orbitar alguna otra

— alguna otra

memoria

a la que esta lente ya no alcanza a nombrar)

hay señales de radio llegando desde donde era el vacío

— cuando un yo devora la vastedad

y ya no sabe qué es

memoria suya   o   yo ajeno   o   ficción colectiva

y en el terror de que   nada   o   todo   sea

pide

un encuentro

[ sum ergo dissolvor ]

a veces unas de nosotras vigilaban para que las otras pudieran girar

— tenía que haber siempre alguien atenta.

si aparecía, de repente, larga subida, unas abrazaban a las otras por detrás

dándoles las piernas para que subieran juntas

— nosotras, entonces, solas en medio del camino de tierra, y el camino

de tierra solo en medio de las montañas, y las montañas solas en medio del

planeta, y el planeta solo en medio de su órbita,

así era como solíamos desaparecer

si se acercaba el mar a nosotras y había cocos que desmenuzar,

alternábamos quién cerraba los ojos para escuchar el estéreo de las olas

— la multitud de la humanidad, entonces, inscrita en la multitud de la

ciudad, y la multitud de la ciudad inscrita en la breve multitud de la playa,

y la breve multitud de la playa inscrita en nuestros cuerpos,

así era como solíamos aparecer

pero, entonces, cuanto más sabíamos sobre   posición   menos sabíamos

sobre   movimiento

era entonces que una de nosotras recordaba que silenciar, en el origen,

era suspender no solo el   producir sonido   sino también el   moverse   y era así

como nos acordábamos de danzar usando la inmovilidad

como una dirección que cambia de casa   reparábamos entonces

en cosas como: el extraño suceso de la visión terráquea

— de los animales de la Tierra, en los que nos inscribíamos —

permanecíamos alargadas mirando hacia el universo antes de la existencia

de los animales de la Tierra, viendo cómo   nada se veía

la Tierra no viendo la luna

la Tierra no vista por la luna

las olas no viendo la tierra adonde van

los montes no viendo la agitación de las olas que hacia sí atraen

el árbol no viendo el árbol de delante cuyas raíces encuentran las suyas

bajo la tierra

algas ondulantes al ras de otras algas ondulantes

los colores de los frutos y de los cristales y de las performances de los volcanes y

de los crepúsculos, que no eran espectáculo porque spectaculum es

aquello que está destinado a ser visto

así estaban todas las formas del mundo — plácidamente hechas

no para ser vistas — cuando

un primer animal de la Tierra

teniendo por naturaleza necesitar tanto comer como no ser comido

inventó   el movimiento + la dirección

y, en eso de moverse hacia,

algo en él empezó a volverse   cada vez más   sensible a la variación

de sombra y luz como forma de   moverse mejor

el descubrimiento es tan extraordinario para la continuación de la vida

que poblaciones de células acuden y se alían para especializarse

cada vez más

en la afinación de tal habilidad:

crean cavidad ángulo horizonte foco

de repente, una lente sintoniza — más que luz y sombra, más que

presencia y ausencia — un contorno: el otro (luego, también:

el primordio del yo, y después del tú)

otros, cada vez más

otros otros: distintos

tamaños, después distintas

sensaciones repartiéndose dentro de la luz — como excesos de las formas

emanando de las formas:

las temperaturas de la agitación intrínseca del existir

o los colores vibrando en los conos de los primeros ojos del cosmos

[ lila, el existir en vértigo

azul, el existir violento

verde, el existir intenso

amarillo, el existir constante

rojo, el existir lento

y el negro midiendo la existencia en reposo

y el blanco, la coexistencia febril de todas las escalas de inquietud

fundamental ]

permanecíamos alargadas contemplando tal estreno universal de la

visión, con el propio estreno de la visión viendo por nosotras

y era entonces que nos destinábamos a no ser vistas, a no ser

por algún árbol cargado de buganvilla, que no nos veía

— así era como solíamos parecer   poetas

en la naturaleza, las cosas cambian para no cambiar:

así como la vida — hija asustada de la forma — hace

cada vez más y diferentes   formas {contornos del susto}   para

no dejar de haber vida

el yo — hijo narrativo de la vida — a su modo hace

cada vez más y diferentes   nombres {vidas narrativas}   para

no dejar de tener nombre él mismo, el propio yo

en la poesía — hija desertora del yo — por el contrario hacíamos

cada vez más poemas para

ser cada vez menos necesaria la poesía

nuestra costumbre de girar

en torno del eje de la   desertificación   simultánea

del yo, de la vida y del ser (de todo lo que es en lugar de poder ser

— incluyendo: el poema en lugar de la poesía)

empezó esa costumbre a llamar la atención:

si nos veían girar, paraban y comparaban

pero

como no hay voz que se pueda buscar dentro de un cuerpo

ni colores que se pueden buscar en los cocos

ni el propio movimiento dentro del giro cuando

logra fundirse con la órbita de la Tierra

quien paraba y comparaba poco a poco   reparaba

que no veía lo visto sino lo que en sí veía

que el espectáculo no estaba fuera, lentamente incendiado de rojo

volcánico o crepuscular, sino

dentro, y cada vez más espectacularmente dentro

si girábamos no para ser vistas

entonces girábamos como quien plácidamente

disuelve el fuera, luego el dentro — poco a poco, fue eso lo que logramos

inscribir

en los caminos de tierra que llevan a las cascadas, en las arenas de las

playas de la ciudad, en los colores de los semáforos y en los silencios de las radios

y entonces,

entonces regresaremos

al susto del nombre amor

llenas de ser, sí, olvidadas de vigilancia, sí,

y como un cerebro aprendiendo sobre el funcionamiento del cerebro

mientras sabe funcionar perfectamente

volveremos despacio a reconocernos girando por ahí

por ahora, sigo fotografiando — o: escribiendo con luz — tus pies

aunque lejos de ti en el espacio como el estreno de la visión está lejos en el

tiempo — qué importa

si la indiferencia cósmica postula contra el amor, al menos

llueva en el interior de los árboles mientras, recostada a un tronco,

agarro por los pies la integración visible

siempre un olvido antes

del decaimiento simultáneo de todas las memorias

y, entonces,

entonces volveremos a poder ser poetas

[ a dormant volcano ]

negociar sombra y luz hasta dar color a lo que existe y inexistencia

al entre   que no entra   porque para entrar hay que vaciarse   porque

solo el vacío atraviesa las cosas   y porque el vacío solo atraviesa las cosas

en el vacío de las cosas   entrar no es tan simple   porque lo bidireccional

es natural — no inspirar sin expirar antes y después / no crecer hacia lo visible

sin crecer igualmente hacia lo invisible / aceptar la gravedad sólida de la tierra

tanto como la gravedad líquida de la luna — y lo natural ya se sabe por dónde

no anda y, por otra parte, lo bidireccional puede no ser exactamente

natural   puede ser solo justo o deseable   y justicias y deseos también   ya se sabe   andan en el bolsillo desbordado y vagamente roto de la

aleatoriedad

a dormant volcano

— una placa de neón (luz blanca sobre fondo negro) que no sé de dónde
me aparece, en qué ciudad giratoria del caos de las ciudades por existir

se enciende ante mí, y encendiéndose sigue, en puntos francamente

arbitrarios

pero cuando lanzo al caos del palabreo las ideas de “aleatorio” o

“arbitrario” ¿tomo qué por referencia? lo que parece fortuito

desde mi carta cuerpográfica, en la acomodación de sombras y

luces que la escala del aquíahora me posibilita, ¿seguiría desprovisto

de causa o lógica si   ampliada fuera la escala?

¿el mundo, cuanto más nos alejamos de un punto en perspectiva,

se vuelve más complejo o más simple?

¿lo que es aleatorio desde aquí se vuelve menos aleatorio allá

porque todo va percibiéndose más complejo o

porque todo va percibiéndose más simple?

¿o las dos cosas a la vez?

¿cuánto, in crescendo, más líneas entre tramas podamos sorprender más
nos callamos en la paz indivisible de un cierto todo que la suma
de los fragmentos no alcanza?

y sobre todo:

¿cuánto tiempo   un cuerpo programado para cierta escala   resiste

moverse en otra?

¿hasta dóndecuándo se tensa la pertenencia, luego los límites de la

visibilidad?

en la película Dissonant de Manon de Boer se pregunta:

¿para danzar es necesario moverse?

¿hasta qué punto la danza del cuerpo que no vemos moverse

puede ser

visible?

¿y hasta qué punto la inmovilidad de un cuerpo que vemos moverse

puede ser

invisible?

y si cerramos los ojos para escuchar una danza   en movimiento

que se da sin música ¿podremos aún ver

la danza de la bailarina

o la danza de la bailarina empezará a mezclarse con la danza de una

memoria nuestra   o lo que vemos pasa a ser, apenas y ya,

nuestra propia danza?   ¿y eso no sucederá incluso cuando tenemos

los ojos abiertos mirando a la bailarina, solo que mucho más

invisiblemente?

cuando Cage decide no tocar el piano, ¿aún es el

silencio?

cuando Klein decide vaciar la galería, ¿aún es el

espacio vacío?

cuando Abramović decide no hacer nada en escena, ¿aún estamos ante el

no-hacer?

miro el blanco que se extiende por una lontananza y te pregunto:

¿elegir no pintar sobre el blanco aún es

el blanco?

y si la extensión sea la Antártida y si la extensión sea

la rendija de tu ojo y si la extensión sea mi hoja de papel y si

la elección del vivo sea la de no tocar la vida

— entonces aún no es la muerte

es performance

A DORMANT VOLCANO

— la placa de neón empieza a escalar matices de rojo y azul, cada vez

más

existentes, y por eso

creadores de sombras,

indicando que todo empieza a volverse más complicado

y más simple en cuanto a

la calibración de la entretud de los estados entre:

aquello que intrafinamente mide si se está — entre — por escombro o

por brisa

qué bello es no insistir   qué bello es en sí estar

en lo abierto al vendaval de la imantación

y en el preciso e indivisible aquíahora,

una elección:

si dejamos de contar el tiempo — si el tiempo se queda

sin testigos, pues — ¿por dónde

es que va a pasar?

Portuguesa y brasileña por elección, Calí Boreaz es poeta, performer, dramaturga, directora escénica y traductora literaria del rumano, español e inglés. Es autora de a palavra menos a língua (Musa Impassível, 2024), a tela finalmente escura (Kafka Ed., 2023), tesserato y outono azul a sul, además de participar en antologías y revistas en portugués, español e inglés. Formada en Derecho, Danza Clásica y Flamenco en Lisboa, en Literatura y Traducción Literaria en Bucarest y en Teatro y Artes Escénicas en Río de Janeiro, su trabajo junta cuerpo, voz, luz y texto en una investigación poética en performance. Vive en Copacabana, donde sigue explorando los límites entre memoria, yo, colectividad y silencio, tanto en escena como en la página. Calí Boreaz. Poesía‑laboratorio: cuerpo, memoria y lenguaje en performance filosófica del yo.