Carlos Gabriel Montes (Cusco, Perú, 1994). Comunicador social, poeta, escritor y artista marcial. Posee estudios de maestría en Educación, mención Educación Superior. Ha publicado Lo que el cuento se llevó y Echo de menos el olvido, de cuento y poesía. Finalista y mención honrosa en concursos literarios nacionales e internacionales. Premio I Concurso Internacional de Poesía Erótica “Ayesha Sexteen” (Argentina, 2018); premio en poesía VII Concurso Literario El Búho (Perú, 2018); premio en poesía y cuento en el Concurso Literario del I Festival Internacional de las Artes “Qosqo T´ikarinampaq” (Perú, 2019). Dirige las páginas en Facebook «Cuando digo estas cosas», en el que produce contenido literario y periodístico cultural, así como «En los zapatos de Casandra», espacio de reflexión y análisis periodístico político y social.

Carlos Gabriel Montes: La paloma bajo el sol derrama la palabra.

ESCENA 1

Limpiar mis pasos con pañuelo de pájaro andariego.

Nacer apenas y saberme como el que carece de origen,

porque abrí el corazón en el eclipse de las estaciones,

en el incesto de los relojes, en la reencarnación del polvo,

poco antes de que el silencio dijera su primera palabra.

Exhumar la belleza hasta su estado de fuego caedizo.

Sacudirme de otoños

de papel, lágrimas menguantes, cielos cabizbajos;

como los murientes de sus últimas voluntades,

como las voluntades

de los últimos murientes.

Ser yo mismo siendo dos veces nadie: revés del espejo,

gota de luz, trago de espera, arruga en la voz, recuerdo

enmohecido,

máscara en flor de un rostro inverosímil.

Alguien debe viajar sobre su edad, sortear las premoniciones

de las ventanas que dan al exterior del rocío.

Y quién sino yo para palpar mi cima desde mis adentros,

sin más reglas

que las de mis pasos, con las huellas por delante.

Evitar despertar los instintos maternales de la muerte,

entretenerme

con tertulias de grillos extremistas, empapar de pájaros

los árboles,

de sueños la noche.

Escribir historias de amor entre piernas abiertas como libros,

conmoverme por los muertos que lloran a sus vivos,

regar las flores del camino con la sombra de mis años,

varar en el puerto húmedo de mujeres de oficios amorosos,

hacer una fiesta a puerta

cerrada con mis tristezas,

andar de espaldas para no hacer ruido.

Morir amortajado con el rostro de mi madre

para renacer siempre

en mi patria.

El crepúsculo se apresura en arrancarse las vértebras

y el corazón más puro

se pronuncia desde la lumbre del barro y la precariedad

de la lluvia.

La rosa acabada de pintar se extravía en el paisaje,

derrama su perfume sobre la mujer que redibuja sus senos

y sobre el mendigo que habla de la esperanza en un idioma

ya olvidado.

Me voy a la hora del té de las viudas negras.

Me voy de mí hacia mí.

Llevo el crepúsculo en el pecho. Tomo atajos por donde

hay signos de la irrupción de las ojeras industriales.

Dejo atrás las estrellas agoreras, las dejo perderse

en el monte de venus

de la muchacha sin papel definido en los poemas de amor.

No sigo los astros del cielo: no hay mejor consejo

que el de la vejez de los zapatos.

¿Dónde voy? Ya lo sabes. No lo sé. Nadie sabe.

Hay quienes nacen con la suerte al costado.

Abren los ojos a la par, mas a otros se les escapa

en el primer plañido,

se les corta junto al cordón umbilical.

Desdichados aún: se les unge en el barandal de su muerte.

Hay quienes nacen con la suerte de pájaro en un nido

de gusanos,

otros con la suerte de gusano en un nido de pájaros.

Suerte de los poetas conspiradores de la palabra,

¿suerte de Vallejo?

¿Es que Vallejo tenía poca suerte o es que la suerte tenía

poco Vallejo?

No hago más por mí

que platicar con los encerrados afuera de sí mismos,

cazar fantasmas con carnada de luciérnagas,

seguir la mudanza

de los árboles, hacer el amor de las buenas noches,

contemplar el ocaso desde el umbral de una herida,

el fuego que mete las manos en su vientre por nadie,

el viento que adopta la forma del primer muerto

en su camino,

la acción que se queda en 999 palabras,

los lentes para el parche del ojo,

las estrellas extras en la película erótica del firmamento.

Para beber agua fresca despierto un río de su mal sueño,

para ver la raíz

de algún secreto me abro entre puertas enterradas.

Es mi voz la gota que derrama la palabra.

*Fragmento de Máscara de primavera, acto primero, escena 1.

ESCENA 3

Los nombres se han hecho no sé para qué fin.

No es fácil hablar de uno mismo sin antes hacerlo

del nombre.

Cuando veo alas asfixiadas en el humo somnífero

de la noche,

no sé si arrojarles mis manos o mi nombre.

Cuando veo llorar una mujer, no sé si enjugar sus

lágrimas o su nombre.

Los nombres son un arma de doble filo.

Palabras olvidadas por el viento, último deseo antes de la

muerte, espejo estéril, papel en blanco, música

intermitente.

Es un ojo abierto o una boca cerrada. A veces son muros,

a veces son puertas.

Te prefiero sin nombre: desnuda a la antigua.

No me llames por mi nombre en presencia de fantasmas

que buscan los suyos.

No digas de este nombre no beberé.

No jures por nombres que no conoces.

No te cambies de nombre si no vas a cambiar tu modo

de caer.

No digas mi nombre cuando te hago el amor, no quiero

ser un nombre más en tu cama.

Prefiero que me recuerdes por mi espalda redonda;

como los actos sin nombre, como los héroes anónimos,

como la muerte sin nombre.

No he sabido de alguna muerte que se llame Rita

o Victoria,

o César Vallejo (solo en aguacero).

Quizá sean los nombres una hermosa mentira, lienzo

de nieve bajo el sol, pisadas en el agua o de agua, sueño

de las corbatas, fuego cruzado del vacío, semilla de la

sangre, fruto de un árbol genealógico sin ramas:

piel del poema.

Andemos pues por el mundo y llamémonos por nuestros

sexos.

*Fragmento de Máscara de primavera, acto primero, escena 3.

ESCENA 3

Amada, desde mi lugar mi voz es un fantasma en una

ciudad de espejos.

El ocaso se inclina a beber de la sombra de los amantes,

nieva sobre

la lengua de las catedrales y los pájaros se alasan

ante

la mirada

indiferente de las calles.

La aflicción de la lluvia llega a los ojos marchitos

con la velocidad

de lágrima de tortuga y aún nadie se ha percatado del

acecho

del frío en la memoria. Llego a tu pensamiento como

una palabra atravesada por la suavidad del olvido: cristal

y tiniebla en medio

de la nada, en medio de mí.

A lo lejos una lágrima se consuela en su motivo. La escucho

tan cerca como si alguien llorara en mi nombre, por un

momento me siento culpable: cesa el llanto.

Ha de saberse sobre la alquimia de colores de la noche,

el equilibrio del mediodía, el desvarío de las rosas

asesinas, el rostro

de las aguas calmadas y la humedad de la respiración.

Mudan de piel las sombras errantes y en robusta actuación

se arrancan las costillas (de ellas crecen las flores sin

perfume).

Se ha de saber de los astros claudicantes, de la forma

inequívoca de los cuerpos tras las cenizas, de las miradas

sin rostro,

de la heráldica del dolor.

La paloma mensajera llevará a su nido la carta de su

muerte,

la paloma de paz será fusilada en la capitulación de la

guerra,

la paloma de parroquia apedreada por la mano deicida.

la paloma del amor desplumada por manos de los amantes.

Se ha de saber del todo de la nada y la nada del todo.

En el alaso de los pájaros y la liturgia del ocaso, en menos

de lo que canta la noche.

*Fragmento de Máscara de verano, acto segundo, escena 3.

Poemas incluidos en el libro “Máscaras de estación”, Valparaíso Ediciones, 2023.

Carlos Gabriel Montes (Cusco, Perú, 1994). Comunicador social, poeta, escritor y artista marcial. Posee estudios de maestría en Educación, mención Educación Superior. Ha publicado Lo que el cuento se llevó y Echo de menos el olvido, de cuento y poesía. Finalista y mención honrosa en concursos literarios nacionales e internacionales. Premio I Concurso Internacional de Poesía Erótica “Ayesha Sexteen” (Argentina, 2018); premio en poesía VII Concurso Literario El Búho (Perú, 2018); premio en poesía y cuento en el Concurso Literario del I Festival Internacional de las Artes “Qosqo T´ikarinampaq” (Perú, 2019). Dirige las páginas en Facebook «Cuando digo estas cosas», en el que produce contenido literario y periodístico cultural, así como «En los zapatos de Casandra», espacio de reflexión y análisis periodístico político y social. Carlos Gabriel Montes: La paloma bajo el sol derrama la palabra.