ESCENA 1
Limpiar mis pasos con pañuelo de pájaro andariego.
Nacer apenas y saberme como el que carece de origen,
porque abrí el corazón en el eclipse de las estaciones,
en el incesto de los relojes, en la reencarnación del polvo,
poco antes de que el silencio dijera su primera palabra.
Exhumar la belleza hasta su estado de fuego caedizo.
Sacudirme de otoños
de papel, lágrimas menguantes, cielos cabizbajos;
como los murientes de sus últimas voluntades,
como las voluntades
de los últimos murientes.
Ser yo mismo siendo dos veces nadie: revés del espejo,
gota de luz, trago de espera, arruga en la voz, recuerdo
enmohecido,
máscara en flor de un rostro inverosímil.
Alguien debe viajar sobre su edad, sortear las premoniciones
de las ventanas que dan al exterior del rocío.
Y quién sino yo para palpar mi cima desde mis adentros,
sin más reglas
que las de mis pasos, con las huellas por delante.
Evitar despertar los instintos maternales de la muerte,
entretenerme
con tertulias de grillos extremistas, empapar de pájaros
los árboles,
de sueños la noche.
Escribir historias de amor entre piernas abiertas como libros,
conmoverme por los muertos que lloran a sus vivos,
regar las flores del camino con la sombra de mis años,
varar en el puerto húmedo de mujeres de oficios amorosos,
hacer una fiesta a puerta
cerrada con mis tristezas,
andar de espaldas para no hacer ruido.
Morir amortajado con el rostro de mi madre
para renacer siempre
en mi patria.
El crepúsculo se apresura en arrancarse las vértebras
y el corazón más puro
se pronuncia desde la lumbre del barro y la precariedad
de la lluvia.
La rosa acabada de pintar se extravía en el paisaje,
derrama su perfume sobre la mujer que redibuja sus senos
y sobre el mendigo que habla de la esperanza en un idioma
ya olvidado.
Me voy a la hora del té de las viudas negras.
Me voy de mí hacia mí.
Llevo el crepúsculo en el pecho. Tomo atajos por donde
hay signos de la irrupción de las ojeras industriales.
Dejo atrás las estrellas agoreras, las dejo perderse
en el monte de venus
de la muchacha sin papel definido en los poemas de amor.
No sigo los astros del cielo: no hay mejor consejo
que el de la vejez de los zapatos.
¿Dónde voy? Ya lo sabes. No lo sé. Nadie sabe.
Hay quienes nacen con la suerte al costado.
Abren los ojos a la par, mas a otros se les escapa
en el primer plañido,
se les corta junto al cordón umbilical.
Desdichados aún: se les unge en el barandal de su muerte.
Hay quienes nacen con la suerte de pájaro en un nido
de gusanos,
otros con la suerte de gusano en un nido de pájaros.
Suerte de los poetas conspiradores de la palabra,
¿suerte de Vallejo?
¿Es que Vallejo tenía poca suerte o es que la suerte tenía
poco Vallejo?
No hago más por mí
que platicar con los encerrados afuera de sí mismos,
cazar fantasmas con carnada de luciérnagas,
seguir la mudanza
de los árboles, hacer el amor de las buenas noches,
contemplar el ocaso desde el umbral de una herida,
el fuego que mete las manos en su vientre por nadie,
el viento que adopta la forma del primer muerto
en su camino,
la acción que se queda en 999 palabras,
los lentes para el parche del ojo,
las estrellas extras en la película erótica del firmamento.
Para beber agua fresca despierto un río de su mal sueño,
para ver la raíz
de algún secreto me abro entre puertas enterradas.
Es mi voz la gota que derrama la palabra.
*Fragmento de Máscara de primavera, acto primero, escena 1.
ESCENA 3
Los nombres se han hecho no sé para qué fin.
No es fácil hablar de uno mismo sin antes hacerlo
del nombre.
Cuando veo alas asfixiadas en el humo somnífero
de la noche,
no sé si arrojarles mis manos o mi nombre.
Cuando veo llorar una mujer, no sé si enjugar sus
lágrimas o su nombre.
Los nombres son un arma de doble filo.
Palabras olvidadas por el viento, último deseo antes de la
muerte, espejo estéril, papel en blanco, música
intermitente.
Es un ojo abierto o una boca cerrada. A veces son muros,
a veces son puertas.
Te prefiero sin nombre: desnuda a la antigua.
No me llames por mi nombre en presencia de fantasmas
que buscan los suyos.
No digas de este nombre no beberé.
No jures por nombres que no conoces.
No te cambies de nombre si no vas a cambiar tu modo
de caer.
No digas mi nombre cuando te hago el amor, no quiero
ser un nombre más en tu cama.
Prefiero que me recuerdes por mi espalda redonda;
como los actos sin nombre, como los héroes anónimos,
como la muerte sin nombre.
No he sabido de alguna muerte que se llame Rita
o Victoria,
o César Vallejo (solo en aguacero).
Quizá sean los nombres una hermosa mentira, lienzo
de nieve bajo el sol, pisadas en el agua o de agua, sueño
de las corbatas, fuego cruzado del vacío, semilla de la
sangre, fruto de un árbol genealógico sin ramas:
piel del poema.
Andemos pues por el mundo y llamémonos por nuestros
sexos.
*Fragmento de Máscara de primavera, acto primero, escena 3.
ESCENA 3
Amada, desde mi lugar mi voz es un fantasma en una
ciudad de espejos.
El ocaso se inclina a beber de la sombra de los amantes,
nieva sobre
la lengua de las catedrales y los pájaros se alasan
ante
la mirada
indiferente de las calles.
La aflicción de la lluvia llega a los ojos marchitos
con la velocidad
de lágrima de tortuga y aún nadie se ha percatado del
acecho
del frío en la memoria. Llego a tu pensamiento como
una palabra atravesada por la suavidad del olvido: cristal
y tiniebla en medio
de la nada, en medio de mí.
A lo lejos una lágrima se consuela en su motivo. La escucho
tan cerca como si alguien llorara en mi nombre, por un
momento me siento culpable: cesa el llanto.
Ha de saberse sobre la alquimia de colores de la noche,
el equilibrio del mediodía, el desvarío de las rosas
asesinas, el rostro
de las aguas calmadas y la humedad de la respiración.
Mudan de piel las sombras errantes y en robusta actuación
se arrancan las costillas (de ellas crecen las flores sin
perfume).
Se ha de saber de los astros claudicantes, de la forma
inequívoca de los cuerpos tras las cenizas, de las miradas
sin rostro,
de la heráldica del dolor.
La paloma mensajera llevará a su nido la carta de su
muerte,
la paloma de paz será fusilada en la capitulación de la
guerra,
la paloma de parroquia apedreada por la mano deicida.
la paloma del amor desplumada por manos de los amantes.
Se ha de saber del todo de la nada y la nada del todo.
En el alaso de los pájaros y la liturgia del ocaso, en menos
de lo que canta la noche.
*Fragmento de Máscara de verano, acto segundo, escena 3.
Poemas incluidos en el libro “Máscaras de estación”, Valparaíso Ediciones, 2023.
