I
En mí yacen las voces de cuerpos desmembrados,
los rostros de mujeres desaparecidas, entre los pasos del desierto perenne.
Yace la inocencia de las niñas que han sido violadas,
todas asesinadas,
previamente torturadas.
Reverdece el canto de su ausencia.
Mi abuela con todas sus guerras en la espalda
me espera con vida cada noche, cada día.
En el corazón el deslumbrante canto
de un pájaro herido,
una mujer de aguacero.
Con sus astros de tono melancólico
me enseñó el lenguaje del río
para no perderme.
La luz encontró mi llanto huérfano
y le regresó la luna al naufragio.
Yo he sido cada una de ellas,
todas,
todo el dolor,
el ya no aguanto más,
el detente, por favor.
.
.
II
Sesos esparcidos como plumas levitaron en el viento,
antes de caer al subsuelo explotaban en miles de formas de luz.
Es decir, no sé si respiro destruyendo el color de mi sangre
o inhalo la culpa de haber arrastrado directo al matadero cualquier amanecer.
Sabré irme como siempre.
Maldeciré la noche y tu nombre.
Entonces retornaré
siempre al mismo sitio.
Lejos de vos.
Dolor articulado,
melódico.
Con sabor a sable oxidado.
Ven a mí.
Todos los corazones hoy tendrán escamas y arena de cuarzo.
Dolor incrustado a la carne,
ven a mí.
.
.
III
Recuerdo la tierra porque me formaron de ella.
Dejaron en mi nacimiento una lengua incomprensible
para comunicarme con la sonrisa fantasmagórica
de la desesperación.
Como si no fuera suficiente apenas vimos la claridad desde aquel túnel que parecía nido y cadáver.
—Antes
de recordar,
sería
más fácil
morir—.
Pero una contracción constante me empuja a una luz,
que está siempre apunto de apagarse.
Se hunde dentro de mí un lago, simulando ser una voz.
Me habla de ceguera y danzas nocturnas en medio del bosque,
cicatriz de un pasado que ahora se confunde con la nada.
Más allá, un eco,
que ha dejado desgarradas las escamas del recuerdo, arrojándolo del paraíso.
Recuerdo el tiempo porque me expulsaron de sus sombras
y me obligaron a nombrarlo.
La angustia paraliza, te enferma, te hace inútil.
Te convierte en un trozo de nada que sueña
con vomitar el mal a la que fue condenada.
La demencia es un estado de meditación de la rabia.
La demencia devora,
deforma,
abraza.
Cuando el sol rozó mi ventana
quise tragármelo entero.
Las horas dispersas comerán mis ojos, asfixiarán los cantos entrecortados
del mar, para hundirme en el viento y desaparecer cualquier rastro de poesía que haya quedado en mis huesos.
Despacio,
me rindo,
me aprisiona la carne.
