Michelle Thyssen Tishman (Ciudad de México, 2004) joven narradora, apasionada de la Historia y las artes, nos comparte su primera colaboración con Vislumbre.

EL ESPEJO DE LA ABUELA; CUENTO DE MICHELLE THYSSEN TISHMAN

EL ESPEJO DE LA ABUELA

      ¿Alguna vez haz sentido que eres cazado por alguien y por más que intentas reconocer a tu cazador, todo lo que consigues ver son sombras?

      Darkfield era el nombre de mi vecindad. Había vivido allí desde que tengo uso de razón y, sin embargo, ese lugar era todo menos un hogar para mí. Mi tío Charly solía llamarle el corral de las ovejas; una estrecha jaula observada y constantemente acechada por un lobo. Mi madre solía reírse ante sus cuentos macabros, no sin antes asegurarse de que mis hermanos y yo comprendiéramos que todo aquello era sólo eso, un cuento macabro- algo irreal. No obstante, lo que parecía ser la leyenda tenebrosa del tío Charly por los viernes en la noche, era mi oscura realidad. El lobo de su historia era el fantasma de la mía. Pero ¿cómo contar lo que vivía sin ser llamada demente? Esos ojos… Esa presencia… Mi fantasma.

      Mi fantasma era como el aire, ligero, aunque su esencia siempre estaba presente; y sigiloso e invisible ante los ojos de la gente- pero no ante el espejo de la abuela. Si bien cuentan las leyendas, los fantasmas son criaturas invisibles -imposibles de ser vistas. Pero no él. No mi fantasma.

      De pequeña solía pensar que era mi amigo imaginario, alguien o algo que me acompañaba con su presencia por todo Darkfield con la única intención de que no sintiera miedo al estar en ese frío lugar. Pero, una vez daba paso fuera de mi vecindad, su presencia se esfumaba con el aire fresco de la carretera.

      Tenía cinco años cuando mi abuela falleció. Nadie supo la causa, pero mi tío Charly siempre aseguró que ese tal espejo la había vuelto loca, obsesionada, demente. Días después de su muerte, el testamento fue abierto y leído a todos los miembros de la familia. En él se especificó que aquel espejo sería mío, por lo que días después, el mismo fue transportado de la casa de la abuela a mi cuarto. Una vez en mi cuarto, decidí liberarlo de la gran funda de piel que lo cubría, y al hacerlo, una carta cayó al suelo. Ponía-

      Has confiado la oveja al lobo.

      Desde entonces, nada volvió a ser igual. El que yo siempre creí era mi aliado, se convertía en mi enemigo. Mi fantasma se volvió el lobo, y yo la oveja. Su presencia era tal, que no hacía falta verlo para saber que estaba allí. Siempre detrás de mí. Hasta que…

      Hacía una noche de noviembre, fría como el hielo y más silenciosa de lo usual. Me encontraba cepillándome el cabello frente al espejo de la abuela. A pesar de los rumores que recorrían Darkfield sobre ese espejo, siempre había sido mi favorito. Había decidido dejar de lado esas habladurías y la nota que cayó de él cuando yo era pequeña, y usarlo tanto como lo solía hacerlo mi abuela. Mi tío decía que no pasara mucho tiempo frente a él, que me hacía bajar la guardia, como lo hizo la abuela en su momento. Dijo que nunca sabía cuándo el lobo acechaba a su presa. Debí haberlo escuchado entonces…

      Una ligera brisa rozó mi hombro, creí que era el fuerte viento que hacía afuera así que me dirigí a mi habitación para cerrar la ventana. Pero estaba completamente equivocada. Volteé bruscamente.

      – ¿Quién eres? – Solté desesperadamente al notar su abrumadora y familiar presencia por todas partes.

      En respuesta, la ventana que apenas había cerrado se abrió bruscamente y una suave voz comenzó a tararear.

      – Jugaremos en el bosque- Corrí de vuelta al baño, cerrando la puerta rápidamente detrás de mí y poniendo la cerradura. –Mientras el lobo no está – Inhalé y exhalé una y otra vez. –Porque si el lobo aparece- Apreté los puños. – A todos nos comerá- Clavé mis uñas en la palma de mi mano tratando de eliminar su voz. “Todo está en tu mente, todo está en tu mente” me repetí ahogándome en mi propia respiración.

      Entonces su presencia se volvió más abrumadora que nunca.

      Me observaba- me acechaba- me cazaba.

  • ¿Lobo, estás ahí?

      Y entonces sucedió. Levantando la mirada poco a poco, fijé la mirada en el espejo de la abuela. Y entonces, lo vi.

      Un espejo completamente oscuro, un par de ojos blancos, y una sonrisa que te hacía olvidar tu propio nombre. Mi fantasma. El lobo que me acechaba. Mi cazador. Solté un grito ahogado y caí contra la pared –

      -Sí.