Reminiscencias de la casa de la esquina
Para los que creemos en la escritura, sabemos que coincidir con el autor de una novela resulta fascinante. No imagina cuántas veces quise alcanzar a Cecilia para preguntarle qué pasaba con cada uno de sus personajes, cuál era el color y el olor de cada escena o a qué sabían las lágrimas de aquellas Marías que lloraron silenciosamente en La Casa de la Esquina.
Pero la historia estaba escrita y yo no puedo faltar a ese pacto que, secretamente hacemos con cada autor y con cada obra. La teoría literaria -si lo he de saber yo- recomienda con una insistente violencia separar autor y obra. ¡Qué locura, qué caótica es la realidad cuando tenemos la fortuna de hablar con quien ha escrito!
Encontré a Cecilia como encontramos a la mayoría de la gente en esta en vida; por casualidad. La recuerdo con prisa, siempre con prisa, con una especie de nerviosismo que todavía me cuesta trabajo interpretar; es esa sensación que despierta todo aquel que está a punto de revelar un secreto en medio de un arrepentimiento que triunfa. Cecilia entraba y salía de la sala de maestros del Instituto donde ambas trabajamos como docentes. Yo la miraba sin saber exactamente quién era. Nada sabíamos de nosotras mismas y no era necesario Reminiscencias de la Casa de la Esquina nos uniría.
“Escribo una novela”, de la nada me lo confesó una tarde. Estoy un tanto acostumbrada a escuchar esa oración: “escribo una novela”; la gente constantemente lo repite como sinónimo de “pienso escribir una novela” o “me gustaría escribir una novela”.
Con esa desconfianza tan característica en mí le pedí que la “soltara” que me dejara leerla.
Desde ese momento, Cecilia manejo perfectamente la tensión; me adelantaba ciertas cosas y a veces discutíamos sobre los posibles personajes; pocas veces gané yo, la mayoría de las veces ganó ella.
Un martes me pidió el correo electrónico y días más tarde recibí un mensaje: “Cecilia López ha compartido un archivo”. Aún estaba en Word.
Es verdad; no leí inmediatamente el texto. La vida diaria, las obligaciones o tal vez mi inconsciente venganza (puesto que yo anteriormente le pedí muchas veces el texto) me alejaron de la novela.
Después, después llegó el fatídico 2020, el año de la pandemia. La vida se detuvo y por más de 365 días no volví a ver a Cecilia. Tuvimos que regresar a nuestras casas, cada quién identificará la suya, cada quien sabrá si regresó a una Casa de la esquina.
Una noche de junio, motivada por una especie de incertidumbre, leí mis correos antiguos. Esas prácticas tan raras que tenemos los seres humanos cuando extrañamos. Mi mundo se había quedado afuera. Lo imaginaba paralizado, estático, sin mí. Fue en ese momento cuando el correo de Cecilia apareció. El 2020, más allá de una pandemia, nos ha enseñado que no hay demasiado tiempo si en verdad queremos cumplir promesas.
Por fin abrí la novela; sentí que debía hacerlo. Después de todo, Cecy se había tardado muchísimo tiempo en enviarla, pero lo había hecho, creo que era justo que yo me tardara el mismo tiempo en empezar a leerla. ¿No lo creen?
Un año después la vida me dio una oportunidad más y encontré a Cecilia en una junta del Instituto. Eran esos momentos en que poco nos acercábamos a los otros por miedo al contagio, pero yo había leído la novela ¡tenía que decirlo!
La alcancé al final de aquella reunión y casi lo grité: “Leí la novela”. Ella me pidió mi número telefónico y esa misma tarde a través Zoom nos encontramos para hablar de aquellos personajes que en la imaginación de ambas, ahora tenían vida.
Hace algunas semanas Cecy llegó con un libro para mí Reminiscencias de Casa de la Esquina. Emilia Rojas. Y ahora en papel volví a la novela.
No fue necesario leer demasiadas páginas, pronto, una vez más, encontré la misma narración que meses antes evocó ese recuerdo que habita en la mayoría de los seres humanos, ese recuerdo que necesita ser nombrado para ser entendido y tal vez, solo así, perdonado.
“Han pasado los meses y finalmente hice este viaje, la casa sigue en pie y los muros con salitre derraman lágrimas de ausencia. No ha sido fácil enfrentarse a los fantasmas de las mujeres que arrastran grilletes de amargura. Aquellas que cuidaron la decencia y buenas costumbres, que condenaron los deslices y aplaudieron las virtudes. No las recuerdo con lágrimas porque las veo en mis sueños y otras veces las contemplan mis ojos al leer los cientos de hojas escritas para que comprenda y perdone muchas cosas. Hoy me encuentro en la plenitud de mi existencia, camino libre y diáfana, convencida de que se ha diluido la maldición, el dolor, el pecado y el miedo. María Emilia. Julio 2021”
La prosa atrapa o ¿sólo me ocurre a mí? ¿Podríamos hacer tan solo un intento por imaginar cómo serían esas “lágrimas de ausencia”, esos “fantasmas de mujeres de arrastran grilletes de amargura”? ¿se escucharán sus pasos al caminar? ¿Cómo serán aquellos “recuerdos que no se ven con lágrimas porque se ven en sueños”? Esa mujer que camina “libre y diáfana” necesitaban explicármelo.
En mi lectura, referiré la historia bajo cuatro conceptos, mismos que se leen en este mismo párrafo de introducción: La maldición, el dolor, el pecado y el miedo.
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La maldición y el dolor
Destinada a ser la última de la generación que soportaría la maldición del patriarca de los Rojano, la novela, como el eco de un grito iracundo que de tanta ira no se escucha, dio voz a María Emilia; quien refleja que el destino de todo ser humano está escrito, incluso, desde antes de nacer.
La obra comienza con las historias de las Marías: María del Carmen, María José, María Prisciliana y María Rebeca, mujeres rotas a quienes la vida les negó el amor y la libertad mujeres que sustituyeron los sueños por el rencor, y la pasión por el deber ser y la religión. Mujeres sobre las que maldición familiar cayó, mujeres que tal vez, del algún extraño modo, depositaron su poca esperanza en María Emilia, sobrina de todas ellas.
Llama especialmente mi atención la historia de María Prisciliana, mujer que huye de la casa de los Rojano y que 40 años después regresa. Mujer que no fue olvidada porque, irónicamente, el pecado siempre fue mayor que el dolor la su ausencia.
Y qué decir de María del Carmen y María José, mujeres entregadas a la religión, a las buenas costumbres y al deber ser femenino. Mujeres que, sin ser madres, actuaron como madres. Mujeres que tatuaron en el alma de María Emilia la palabra pecado.
O María Rebeca mujer que buscó la preparación y el conocimiento y que pronto tuvo que volver a casa.
No es casualidad que todas aparezcan en el carácter de María Emilia, narradora y protagonista de la historia.
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El pecado y el miedo
Me parece que la novela está dividida en dos partes: En un principio, encontramos la historia de la abuela, madre y tías de María Emilia. Historia en donde la terrible maldición del patriarca, confirmada por aquella húngara, en las manos de Isabel Velásquez, abuela de María Emilia, se materializó:
“Huye de esa familia –Le dijo Jovanka a Isabel Velásquez-, no te marches al sur porque ahí conocerás al padre de tus hijos. El abuelo del que será tu marido, maldijo a las mujeres de su descendencia antes de morir. Serán las próximas generaciones de hembras las que sufran con hombres que no aman, y vivirán llenas de pesar y amargura”.
María Emilia antes de nacer ya cargaba con la maldición de su propia sangre.
¿Será verdad que, aunque uno conozca el destino, los monstruos de la propia existencia nos acechen a tal punto de no poder renunciar a ellos?
La vida de las mujeres se evaporaba en medio del sufrimiento y dolor. Años y años de una cierta tortura espiritual las hacía desmoronarse, igual que los terremotos hicieron durante algunas décadas con la Casa de la esquina, sólo que, en el caso de ellas, -las mujeres- no había herramientas que pudieran apuntalarlas, no había de dónde o de quien sujetarse para mantenerse de pie. Y ahí, en medio de la abnegación y el recato nació María Emilia.
La segunda parte de la novela entre tintes de pecado y miedo nos narra la vida de la última mujer que sufriría la maldición de las Rojano.
María Emilia, alma rebelde y cuestionadora, mujer que, con carácter y decisión debía cumplir con la misión de romper esos grilletes de amargura, aunque esto le costara su propia felicidad. Creció en la Casa de la esquina, pero pronto supo, desde muy niña, que ser mujer en aquel pueblo era un infierno, un verdadero infierno.
Desde siempre, María Emilia pereció tener ese gesto amargo de la bisabuela, gesto al que, a pesar de estar dispuesta a renunciar la alcanzaría: “La bisabuela siempre contaba con una mirada de amargura y de tristeza, una mueca que se volvió común en las mujeres de generaciones posteriores. Con el tiempo, comprendí que contemplaba un abanico de fantasmas del pasado, de personas que no conocí, pero que habían sido importantes en la vida de los Rojano. En esos momentos pensaba: “¿Cómo es posible que lleve el nombre de una mujer que me da miedo y no me gusta porque siempre aparece muy triste? ¡Yo no quiero ser como ella, voy a ser feliz siempre!”.
Para las mujeres de la familia Rojano las intenciones no existían y, cuando como en el caso de María Emilia aparecían, no bastaban. La maldición rondaba entre ellas.
María Emilia pudo abandonar el pueblo en busca de ser ella misma, no obstante, el pecado o lo que le habían dicho que era pecado la siguió. Los fantasmas de la religión, las expectativas sociales y las reglas familiares la acorralarían hasta convertir el amor en miedo, la sexualidad en renuncia, la libertad en silencio. Ese fuego interno con el que aquella mujer había nacido poco a poco se consumía y la consumía por dentro.
María Emilia no pudo ser libre; ni siquiera cuando ella misma, en piel y corazón confirmó que las mujeres -por si alguno no lo sabe- viven, aman y disfrutan del cuerpo que también arde frente al deseo. Sí, tal vez María Emilia lo recuerde: las mujeres nos incendiamos por dentro y por fuera y no necesitamos voces masculinas para declararlo y mucho menos para vivirlo.
Perestroika, así llamaron sus amigos a María Emilia. La joven mujer que, mientras estudiaba una carrera universitaria con grandes anhelos de escapar para vivir una propia vida, sabía y hablaba tanto de esa estructura interna de la Unión Soviética que, en una especie de analogía, me parece ver a esa misma fuerza correr junto a la protagonista.
Pero la vida trascurre y casi siempre para despedazar nuestros sueños de juventud. Hay mujeres que siguen luchando por la igualdad, mientras que otras, como María Emilia estarían dispuestas a aceptar la propia maldición familiar solo porque sus hijas crezcan en palabras religiosas “libres de pecado y protegidas de toda perturbación”. María Emilia parece recordarnos que la lucha de cualquier mujer por el bien de otra mujer es loable, heroica, porque no importa si se lucha por mil, por cien, por diez o por una sola mujer. El problema de la libertad no es un asunto numérico.
La casa de la esquina testigo silencioso de más de tres generaciones aún abre sus puertas a las mujeres que con vida vuelven a ella y a las que muertas, atraviesan sus paredes para recordarnos que hay lágrimas que siguen derramándose para que las futuras Rojano vivan en paz, vivan felices de ser mujeres.
Reminiscencias de la casa de la esquina está aquí. La novela dejó de ser un Word para convertirse en papel. Y quiero presumirles a todos que Cecy lo firmó para mí:
“Cynthia, gracias por acompañarme en este sueño. Mi agradecimiento siempre”.
Yo todavía no sé si agradecerle a Cecy, por esta melancolía esta leve, pero al fin tristeza que me ha dejado la novela. Pero mientras descubro qué se debe hacer frente a este sentimiento, quiero decirte gracias, gracias a ti, por permitirme acompañarte en este sueño.
Y gracias a ustedes por leerme.
Cynthia Godínez
