*
Hay una falta de precisión
caótica
—válida solamente para aquellos
que han perdido
o nunca han tenido
la necesidad de comprender
(porque en el fondo lo saben)
los mecanismos que nos
mantienen vivos,
aunque su boca
arda en preguntas
incesantemente—
en la nomenclatura
del sentir.
Se puede decir me duele
y estar diciendo estoy vivo,
se puede narrar una comedia
y vislumbrar entre líneas
la tragedia de los silencios.
Es lo de siempre:
la palabra
esforzándose
en decir lo indecible.
.
.
**
Aquí, en el Norte o Sur —es tan ambivalente
la posición como el significado de una cicatriz,
como el verano de un esquimal o un botsuano—,
se demora la primavera en el cielo,
las aves migratorias dudan si ir o venir
y revolotean aturdidas como buitres,
anticipándose a un festín de despojos.
En tierra, no hay duda posible,
su desnuda transparencia cristalina
es una delatora sin culpa
que revela la verdad de los hechos:
una apabullante embriaguez recorre el mundo
hasta en los rincones más oscuros del planeta,
alguna flor declara su rebeldía ante las sombras.
.
.
***
Amar la incertidumbre
es una vieja costumbre
para encarar al miedo
de frente,
mirándolo a los ojos
como si uno fuese valiente.
.
.
****
No se elige lo que conmueve,
conmueve y nada se puede hacer
más que temblar.
Conozco gente capaz
de atravesar el ojo de un tornado
sin despeinarse,
sonrisa intacta, piel lustrosa,
que van y dicen:
hoy el viento
estaba juguetón,
jactándose de su osadía,
y a otros que,
en la calma chicha
de una vereda veraniega,
se descomponen en mil pedazos,
como si fuesen la mala suerte
de un espejo roto.
Los unos,
prefiero tenerlos lejos,
su implacable mirada
doblega la línea del tiempo
como houdinis exaltados
ante el fervoroso público,
nunca lloran ni ríen,
son tan bellos que la piedra
de que están hechos
sangra encerrada
por tanta dureza,
impávidos la cincelan,
y la piedra llora temerosa
dejando un rastro de amapolas heridas.
Los otros me acompañan
silenciosos,
son bosque y fauna,
todo lo que se mueve
debajo de una montaña
de desechos, lo desahuciado,
las hormigas, las semillas, el agua,
la vida que canta
en los ríos subterráneos
que manan su ambrosía
con la generosa abundancia
de los que nada esperan,
pero esperan.
.
.
*****
Estoy recogiendo añicos
ahora que nada entero queda,
con cuidado para no destrozar
las manos, lo único que conservo
casi intacto;
los voy juntando y clasificando
—un puzzle sin referentes,
un ciego queriendo contar lo que ve—,
por si pudiese inventar algo,
no sé qué,
un lugar quizá,
un idioma o un cuerpo, no sé,
un refugio
o un contexto despejado
donde recolocar-me
sin sentirme una extraña
de mí misma,
un espejo benévolo
al que no dé miedo mirarse,
que devuelva una imagen,
no digo familiar,
pero sí al menos compasiva,
que hable y diga:
todo está bien como está
porque lo intentaste todo.
