Filomena L. Sieiro (Pontevedra, España, 1969). Estudió filosofía y se desenvolvió como administrativa en el ámbito de la salud. Concibe la escritura como una pasión tardía, pero imperiosa, compulsiva; una vocación inquebrantable que le ha llevado a no parar desde los 42 años, al grado de concebirla como una condición sine qua non para vivir. Al respecto señala: “la escritura es una necesidad vital, un ejercicio de resistencia, un modo de resituarme en la vida, de soportar sus embates, de aplacar el sufrimiento, de sublimar la belleza, de desatar emociones y sanarlas; un manto protector invisible que me envuelve entera: cobijo y sombra, calor e intemperie salvaje; el infinito en mis manos, lo infinitesimal, desvelándo-me sus secretos. Escribo para vivir”.

Filomena L. Sieiro, Estoy recogiendo la vida para encarar la tragedia de los silencios.

*

Hay una falta de precisión

caótica

—válida solamente para aquellos

que han perdido

o nunca han tenido

la necesidad de comprender

(porque en el fondo lo saben)

los mecanismos que nos

mantienen vivos,

aunque su boca

arda en preguntas

incesantemente—

en la nomenclatura

del sentir.

Se puede decir me duele

y estar diciendo estoy vivo,

se puede narrar una comedia

y vislumbrar entre líneas

la tragedia de los silencios.

Es lo de siempre:

la palabra

esforzándose

en decir lo indecible.

.

.

**

Aquí, en el Norte o Sur —es tan ambivalente

la posición como el significado de una cicatriz,

como el verano de un esquimal o un botsuano—,

se demora la primavera en el cielo,

las aves migratorias dudan si ir o venir

y revolotean aturdidas como buitres,

anticipándose a un festín de despojos.

En tierra, no hay duda posible,

su desnuda transparencia cristalina

es una delatora sin culpa

que revela la verdad de los hechos:

una apabullante embriaguez recorre el mundo

hasta en los rincones más oscuros del planeta,

alguna flor declara su rebeldía ante las sombras.

.

.

***

Amar la incertidumbre

es una vieja costumbre

para encarar al miedo

de frente,

mirándolo a los ojos

como si uno fuese valiente.

.

.

****

No se elige lo que conmueve, 

conmueve y nada se puede hacer 

más que temblar.

Conozco gente capaz

de atravesar el ojo de un tornado

sin despeinarse,

sonrisa intacta, piel lustrosa,

que van y dicen:

hoy el viento

estaba juguetón,

jactándose de su osadía,

y a otros que,

en la calma chicha

de una vereda veraniega,

se descomponen en mil pedazos,

como si fuesen la mala suerte

de un espejo roto.

Los unos,

prefiero tenerlos lejos,

su implacable mirada

doblega la línea del tiempo

como houdinis exaltados

ante el fervoroso público,

nunca lloran ni ríen,

son tan bellos que la piedra

de que están hechos

sangra encerrada

por tanta dureza,

impávidos la cincelan,

y la piedra llora temerosa

dejando un rastro de amapolas heridas.

Los otros me acompañan

silenciosos,

son bosque y fauna,

todo lo que se mueve

debajo de una montaña

de desechos, lo desahuciado,

las hormigas, las semillas, el agua,

la vida que canta

en los ríos subterráneos

que manan su ambrosía

con la generosa abundancia

de los que nada esperan,

pero esperan.

.

.

*****

Estoy recogiendo añicos

ahora que nada entero queda,

con cuidado para no destrozar 

las manos, lo único que conservo 

casi intacto;

los voy juntando y clasificando

—un puzzle sin referentes,

un ciego queriendo contar lo que ve—,

por si pudiese inventar algo,

no sé qué,

un lugar quizá,

un idioma o un cuerpo, no sé,

un refugio

o un contexto despejado

donde recolocar-me

sin sentirme una extraña

de mí misma,

un espejo benévolo

al que no dé miedo mirarse,

que devuelva una imagen,

no digo familiar,

pero sí al menos compasiva,

que hable y diga:

todo está bien como está

porque lo intentaste todo.

Filomena L. Sieiro (Pontevedra, España, 1969). Estudió filosofía y se desenvolvió como administrativa en el ámbito de la salud. Concibe la escritura como una pasión tardía, pero imperiosa, compulsiva; una vocación inquebrantable que le ha llevado a no parar desde los 42 años, al grado de concebirla como una condición sine qua non para vivir. Al respecto señala: “la escritura es una necesidad vital, un ejercicio de resistencia, un modo de resituarme en la vida, de soportar sus embates, de aplacar el sufrimiento, de sublimar la belleza, de desatar emociones y sanarlas; un manto protector invisible que me envuelve entera: cobijo y sombra, calor e intemperie salvaje; el infinito en mis manos, lo infinitesimal, desvelándo-me sus secretos. Escribo para vivir”. Filomena L. Sieiro, Estoy recogiendo la vida para encarar la tragedia de los silencios.