CIUDAD EN ALTO VUELO
Escribo para terminar de nacer,
porque he volado por las calles de mi ciudad
con el trino seco, en voz baja,
y el corazón atado a la madeja de su nido.
He de nacer de mi voz, antes de pintar
la rosa con mi sangre.
El mundo es vasto en sus formas
—lo percibo en la acrobacia de las letras—.
Todo aquel que nace, quiere asirse.
Y yo lo hago en la pregunta:
¿en cuál de las cornisas?
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DUNARES
Con la carne fuera de su sitio,
no estoy para cantar mi derrota en el desierto.
Si el amor es lo que salva en el estiaje,
como el trago en la botella,
entonces soy la sed, mas no el salvado.
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CICATRIZ
Voy herido en mis canciones
y el mundo lo sabe.
Si el verso es la sonrisa del poema,
es también mi cicatriz
más evidente.
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NOCTURNO DE LA DESCONFIANZA
Me sorprende la noche regresando a mis escritos
como quien regresa a su salmuera
porque no ha podido entrar en la coraza de lo humano.
Acaso sea mejor,
porque lo humano está por los suelos
—es alud de tinieblas—.
Pierde caudal la boca
para describir el portento del mundo;
ahora es polvo el polvo,
herrumbre la herrumbre
y la felicidad la vestidura
de incompatibles proporciones con la pena.
Regreso a mis escritos,
como regreso al sueño, después de tanto bostezar,
porque salir de la derrota
es entrar a la ceniza, al medio cuerpo,
al trozo de carne llagada.
A pesar de la duda
—la otra piel de los desconfiados—,
mis escritos son más yo
que cualquier sonido de mi nombre.
