LOS POETAS
El sueño de un pasado lejano, de una ignota
estirpe, de una remota
fábula luce en los poetas. A los poetas
les es ignoto el sueño del futuro.
Cual contra adversas auras una divina
cabellera; una flama divina,
así en la vida resplandece
el Alma, se dilata
hacia atrás esparcida vacila.
Huéspedes fuimos (Oh tú que me amas, ¿te
acuerdas? Tus venas contenían
el Ritmo), huéspedes fuimos en imperios de gloria.
Innata es la memoria
en nosotros, de las flores ardientes erguidas en floreros de alabastro
como tangibles astros,
de los misterios vistos,
de los amores gozados,
de los aromas bebidos.
¿En cuál tarde purpúrea
Cerramos los ojos? ¿Cuál
fue en la hora mortal
nuestro dios? ¿Por cuál portentosa herida
exhalamos la vida?
¿Quizá después de una masacre de héroes bajo el
Profundo
cielo de un lecho profundo?
Nuestros despojos, fiera
custodió la Quimera
en la purpúrea tarde.
Y al despertar improviso
de un sueño secular
vimos resplandecer
otro cielo; oímos otras voces, otros cantos;
oímos todos los llantos
humanos, todos los llantos humanos que la Tierra
en su círculo encierra.
Oímos todos los vanos
gemidos y los alaridos insensatos
y las blasfemias atroces.
Oímos taciturnos
el lamento confuso.
Mas en el alma cerrada
el antiquísimo signo que ondeaba todavía,
tuvo una nueva aurora.
Y vivimos; y engañamos a la vida
Recordando
aquella muerte, cantando
de los misterios vividos,
de los amores gozados,
de los aromas bebidos.
Ahora conviene el silencio: hondo silencio.
Oscuro es el sueño del futuro.
Nueva muerte nos espera. ¿Mas en qué día
supremo,
oh Hado, reviviremos?
Cuando los Poetas en el mundo tañan en sus
cuerdas
de oro el himno concorde:
– ¡Oh vosotros a quienes la sangre oprime,
hombres, sobre las cimas
resplandece el Alba sublime!
.
.
MUJERES
Han existido mujeres serenas de ojos claros,
infinitas y silenciosas como esa llanura
que atraviesa un río de agua pura.
Han existido mujeres con visos de oro,
rivales del estío y del fuego, semejantes a
trigales lascivos que no hieren la hoz
con sus dientes pero arden por dentro
con fuego sideral ante el cielo despojado.
Han existido mujeres tan leves
que una sola palabra, una sola,
las convirtió en esclavas. Y existieron otras,
de manos rojizas, que al tocar una frente
suavemente disiparon ideas terribles.
Y otras cuyas manos exangües y elásticas,
con giros lentos aparentaban insinuarse
creando una urdimbre rara y fina
en que las venas simulaban
hilos de vibración ultramarina.
Mujeres pálidas, marchitas, devastadas,
ardidas en el fuego amoroso
hasta lo más profundo de sí mismas,
consumido el rostro ardiente,
con la nariz agitada por el impulso
de inquietas aletas, con los labios abiertos
como yendo hacia las palabras pronunciadas,
con los párpados lívidos
como las corolas de las violetas.
Y todavía han existido otras y,
maravillosamente, yo las he conocido.
.
.
EL INEFABLE GOZO
…Celebra el grande, el inefable goce
de vivir, de ser joven, de ser fuerte,
de hincar los dientes ávidos y blancos
en los más dulces frutos terrenales.
De posar las audaces, sabias manos
sobre todo lo más puro y secreto,
y de tender el arco contra todas
las presas que voraz deseo asecha.
De oír todas las músicas livianas,
y mirar, con pupilas fulgurantes,
la bella faz del mundo, como mira
un amante feliz a su adorada.
A ti el placer, ¡oh amiga!
¡A ti el ensueño!
¡Yo quiero revestirte la más roja
de las púrpuras regias, siquiera tiña
su seda con la sangre de mis venas.
Yo quiero coronarte de albas rosas
para que así, transfigurada, cantes
la divina Alegría, la Alegría,
la Alegría, magnífica, invencible!
