I
La voz de una mujer hiende la bruma: tajo de bayoneta.
Las palabras se cuajan; las manos prenden humo y pizarras,
corre un mancebo, lumbre de vano en el gume de sus ojos,
un alarido tragado por gavias,
la congoja ciñéndose en giros dentellados sobre el muelle,
desleída en el hedor salobre del puerto.
Vacilan las manos: hambre bruñida en los nudillos.
La abstinencia es rata de puerto, embistiendo la canilla baldía,
y el agua acarreando sueños por vidrio quiebro y llambre.
Los varones escupen sombras contra el ladrillo,
la hiel, espesa cual agalla abierta, hediente.
En un rincón, una moza inciso traza
en el cemento húmedo: una línea, una voz,
escamas cuarteadas fulgiendo en la cenizosa luz,
un rescoldo trémulo horada el bramido,
agudo y menguado contra el hierro y la sal,
cada vaivén decantado en el lienzo de un pañol marinero.
II
Amanecer presurizado.
Válvulas hendidas.
Silbos de trato, tensados en filtro.
En la colmena de hierro, el viejo habla.
La voz, roída bajo la gasa,
salmo en estática.
“—Cuadrante herido… viento de oriente…
ruinas.
Circuito roto… señal perdida—”
“Escucha— el alfabeto es jaula.
Cada letra, un cerrojo.
Gas que supura.”
Afuera: nube de alquitrán, broca que horada.
El rabino viejo trepana palabras en la cávea,
martilla una brújula contra el temblor.
Murmura una vocal butílica,
mano que araña a ciegas.
Ella escarba;
“—Oriente…
interferencia… tablillas de coordenadas—”
Por los poros del cartucho, respiración mecánica,
goma de misericordia nunca aprendida,
conciencia zurcida en un verso herrumbroso.
El aire tintinea: santos de cobre,
un shofar roto.
Cuando la lengua arde en el sueño del profeta,
la sabiduría se revela: decapita
cada espasmo— un metrónomo.
cada verso— pulmón.
cada pausa— sacramento de oxígeno.
Canto: arte de la respiración suturada.
Una palabra: remo del diluvio.
No salva. Arrastra.
La ola misma habla.
En el claustro del cráneo,
las lumbres braman y restallan,
imprimen aire a la memoria.
Ella, ojos anósmicos,
aprende sentido del silencio,
sintaxis del pavor.
Los cielos se abren: un arañazo de luz,
esquirlas.
El pensamiento arde: fósforo en nervio vivo.
El saber repta, desollado.
Y así, en sayal sin nombre,
el arconte forjó en negro
a su postrer caballero.
III
No puedo distinguir la sangre
del jugo de granada
ambos manchan la promesa de la lengua
Ambos endulzan la sentencia antes del alba.
Juramos un pacto de cuatro elementos,
y me convertí en el quinto,
el que cae por las grietas
De la correspondencia hacia el abismo.
Los números se entierran
en los brazos de los ancianos,
contando oraciones o nombres,
nadie recuerda cuál.
Y en el suelo
puño con puño,
diente con diente,
nudillo con nudillo
la misericordia costrada
entre nosotros y el fuego,
esa fe mordiente con que nos
esputan en el ojo.
Arrodillados en nuestra alfombra,
Las naranjas hurtadas en el
Pulpejo viscoso de los dedos
El té suave que no calma
la locura caniculada.
Sus esposas tienen mi edad,
y no salen a jugar.
Los sabbats vacíos,
cuando tu silbido repta
la cóclea de concreto
dormido del Carmelo
Los sabbats henchidos,
El sudor alto nel frente de la música
que acalla el fratricidio.
Soy el pirata cansado del puerto
durmiendo en el tanque,
la harina de olivos restregándose
en el desierto de la boca,
Un verso atragantado entre sirenas,
Y la mujer que no puedo ver,
sus ojos atortujados bajo el velo
me sigue observando
a través de la ropa tendida
sobre una valla fronteriza,
en una noche que no termina.
