.
DESPEDIDA
Te suelto, para que tus vientos se vuelvan oleaje sobre el mar,
o tolvanera en el desierto con un cielo despejado aparentemente inofensivo,
Porque nadie es dueño del viento,
nadie lo ata, nadie lo conoce,
solo asentimos su impecable fuerza y voluntad.
Me sueltas, porque como al agua crees poseerla,
hasta que se convierte en vapor, o se te escapa de las manos,
hielo o rocío,
no supiste qué hacer con todas mis formas.
.
.
YO NO SÉ ESCRIBIR
A veces anclo los sentimientos que se hunden hasta el fondo y se entierran en los párrafos, las palabras como oleajes van y vienen, terminan naufragando en hojas blancas, con tinta seca, sin un norte que me indique por dónde navegar.
Yo no sé escribir.
Solo floto con un pequeño salvavidas de tiempo y tinta manchando el puerto de aquella orilla la más lejana del mar con palabras profanas, dónde el amor dura lo mismo que un fósil de humo…
Yo no sé escribir.
Me reconozco como el mar en tempestad, devorando embarcaciones, arrullando cualquier oído con el rumor de mi oleaje, narrando en mis textos la paz que me dan las manos de mi madre y el coraje que me da la voz de mi padre.
Pero yo no sé escribir.
Me guardo como una perla en su concha, con la esperanza que me encuentre algún marinero, me lleve en sus manos y me entregué como obsequio a la mujer que lo hace escribir sus cartas de amor.
.
.
MISTERIO
Revelaré el misterio de mis ojos.
He de descubrir el secreto que guardo en la espalda.
Y quedaré desnuda, como recién nacida esperando a ser arropada por las manos de mi madre.
No soy lo que creo.
Soy el fuego en mi vientre.
Mi palabra es combustible.
¿Qué quiero liberar?
Abro los ojos
El mundo se hizo para mí, pero nada me pertenece.
Levanto la mirada, y me atrevo a descubrir el misterio supremo:
Quién soy.
.
.
MANIFIESTO
Recé muchas veces tu nombre,
Para hacerte presente y no olvidarte.
Para creer que tal vez así me recordarías.
Lo dije tantas veces como pude.
Como un deseo que no se cumplía.
Me llené la boca con tus letras,
Repetí tantas veces nuestra historia.
Cómo te conocí y como nada nos favorecía.
El tiempo no se detuvo, ni el destino nos dió tregua.
El final nos tocó la espalda y no tuvimos más remedio que verle de frente.
Dejé de rezar tu nombre y de contar como nos conocimos.
Todo lo que pudo ser se quedó en vocales y consonantes, el final rimó con el destino.
Sólo queda lo que ya no es.
