TESTIMONIO Y MEMORIAL EN EL CHRISTKIND TSUNAMI DE JORGE MÁRQUEZ
Desde las primeras páginas y con los pertinentes y espaciados descansos que propicia, la lectura del poemario Christkind tsunami de Jorge Márquez está envuelto por distintas y revueltas atmósferas en el marco de una experiencia dominante y fundamental, pero ante todo conlleva una interacción de dos voluntades escriturales, a la par de la evidente y dominante, consustancial, que es la poética: se trata de un testimonio y un memorial a la vez. Tendré ocasión de explicarlo en el remate de este comentario crítico, pues por ahora quiero detenerme en algunos detalles periféricos para, como en un embudo, ir decantando hacia el centro que es el fondo.
La edición bonaerense del sello Leviatán parece, carente de intención desde luego, tender un puente determinante entre las resonancias y repercusiones del término (Leviatán) –destrucción, castigo, lo apocalíptico, la catástrofe–. Y es que la tipografía misma elegida para la edición, junto con el estilo de titulación elegido por el autor, dan la sensación de un recuento noticioso, o bien la crónica de un testigo en el lugar de los hechos, o bien ambas cosas.
Son números separados por espacios que hacen las veces de comas los que nos van orientando sobre los acontecimientos y las fechas (días y meses acaso). Y las estampas que configuran narraciones de extendido aliento van acortándose hasta configurar, al final del libro, meramente espasmos o suspiros expresados en palabras elegidas, recortadas y volcadas en cada página para dejar ver un instante de impacto.
El primer verso del libro es un parteaguas no sólo para toda la obra, sino para la experiencia que dio lugar a la voluntad escritural: “de suelo a techo en cada intersticio”. Casi cada humano, casi cada respiración de lo humano, está presente y en implicación sustancial dentro de esta idea, si nos remontamos a los hechos vividos prácticamente en todo el orbe dentro de los primeros meses del confinamiento que nos devolvió a la contención (de respiración, de movimiento, de proyectos, hasta de sueños). Más aun, pareciera que incluso cada entidad, cada hueco de lo humano, se volvió intersticio. Y ese primer poema se va poblando de una tonalidad y de un juego léxico que es tanto el equívoco de quien se enfrenta al eco en una galería o una gruta, cuanto la posibilidad de jugar a la dislexia en un mundo en el que el ojo mismo y las tentaciones del espíritu se van volcando una y otra vez al deseo de errata para no ser lo predecible. La tonalidad es gris, con un “eco en riguroso desorden”, en un contexto de paredes que oyen y olfatean la soledad. Paredes antípodas del cielo porque terminan por confundirse con él.
El autor busca descifrar “el origen del lugar común” en medio de lo desechable y lo pasajero, porque –reconoce, elucida– “nos importa todo lo que pase”. Y es que ahí se trasluce uno de los deberes de toda poética, el reconocimiento de las importancias y la inclusión de esas existencias en el discurso, pero sobre todo en el pulso, propio porque es del otro –mismidad que es otredad, ventana hacia el otro que no es sino espejo–.
Y busca el autor también repasar la naturaleza humana, reconociéndose en el ejercicio como un ser de su tiempo (un mamífero imprevisible) que escribe en su teléfono móvil “con un temor legítimo”, aunque, como cada cual, con “su propio almacén de atardeceres”. Es aquí que se trasluce otro de los deberes de toda poética. Dice Jorge: “ni siquiera me preocupan ya las palabras que se extienden”. Y es que este ejercitar y soltar el hilo de la poesía es una suerte de desparpajo, de displicencia, pero al mismo tiempo una contención, una cavilación de crisálida o madriguera (“en el fondo todas son pacientes larvas en espera de metamorfosis”, dice Márquez).
Este primer poema, inaugural y premonitorio, se recorta y hace las veces de miradas por distintos ángulos en un paisaje, de distintos enfoques o iluminaciones en un escenario. Y dentro de este ejercicio se desgañita una ocasión de existencia casi espectral, como un coro cuyo rostro no se dejara ver por la bruma ocre: “hemos ido demasiado lejos”…, “hemos sido tantas cosas”…, “dejarnos en paz”…, “así de sublimes por el momento son las cosas”…, “cuántas veces nos habremos repetido”…, “todos cargan su carga de miel”… Si esto fuera teatro griego, estaríamos entre estas citas plagados de un eco, de una resonancia, que es el coro de una humanidad sin rostro y fastidiada.
El segundo poema, también de extensión dilatada, hace de los seres invocados un recuento de historia (“historia condescendiente porque no querían que sintieras el abismo”). Gente silenciosa es la evocada, en un nuevo marco gris, apenas con asomo a jardines, donde la revelación es que hay historias para que pueda haber conciencia de que no hacen falta las mismas ni las reflexiones que sobre la vida hacen surgir. Se trata, en suma, de una poética del dejarse llevar, una suerte de adivinación (como recordando que la vieja poética latina no es más que vaticinio y por eso el poeta ahí es el vate). Poética de la intervención y de la apropiación, se lanza por el alimento en medio del laberinto de paredes, se lanza por la experiencia estética que no es sino pregunta, duda semanal… Mas no se queda Jorge sin respuesta y lanza el acertijo para no pontificar aseveraciones:
Padecerá frío el arte durmiendo
bajo el sueño de escombros que se teje a sí mismo.
Es entonces que el poeta sitúa por primera vez temporalidad (septiembre, principios del otoño, como ahora que se presenta el libro –ciclo, era, perdurabilidad–), pero fuera de orgullos nacionales y fronteras.
Se ha invocado ya a Marcello Pompa y seguirá con él en el tercer poema, donde también surge Heráclito con su río, pero de palabras que se quedan pensando en una cabeza que prefigura constelación y desde la que viene otro acertijo:
Hemos prometido vida,
no poesía.
Después de estos tres primeros poemas, como una serie aparte, proemial y premonitoria, donde no hay en realidad algo así como una secuencia o un hilo conductor desde la voluntad creativa, sino estampas separadas siempre por una suerte de landmarks gráficos que son los tres asteriscos, viene otra especie de sección, donde prosigue la presencia de las cifras (fechas), ahora acompañadas también de diagonales con nueva cuenta numérica. Pero los poemas se recortan y dejan ver y respirar aconteceres y pulsos latentes que son parte de nuestro cotidiano ser: una taza de café que es un río y que devuelve al dilema heracliteano, el dilema de ser pueblerino o cosmopolita, lo virtual o el cosmos, el retiro de un escritor al cementerio (vuelta al café también), un detective en busca del tiempo (perdido, sin duda), el fumar desesperadamente frente a la pureza del aire (denuncia del artilugio ecológico frente a la destrucción), el autobús en que se va desde el inicio del poemario, el escritor tomando notas y contemplándolas, el esquema del héroe frente a Aristóteles abaratado (“un griego más un griego menos”)…
Hay aquí y allá, en todos esos contextos y otros más (una habitación de hotel, el sueño de los despiertos, la dimensión nómada, la oración de un necio), salpicadas orientaciones o desorientaciones del mecanismo poético: “bienvenidos a la poesía de los antivalores agregados”, donde se muere pinchando con insistencia el smartphone interminable…; “ocultémonos en el lenguaje, dicen las paredes del día”, “¿cuáles son las formas de consciencia menos extendidas?”, “hemos pensado en la poesía de todos los tiempos y rápidamente la hemos olvidado”.
Poemario desolado, pero revelador en su reconstitución del mundo que detecta y proyecta, Christkind tsunami tiene un circunstancial entorno de muertos que nos circundan, almas en pena cansadas de laberintos y entre preguntas que son versos extraviados, como el que hace decir a Márquez: “¿quién escribió que alguien dijo que alguien escribió que pidió?”. Es un libro también de un escritor que no se halla y que no tiene cabida en los lenguajes entreverados del multimedia y el metaverso, y que acaba siendo por eso un “e-mail a sí mismo”. No le queda de otra a la poética postactual, frente a la cual el verdadero canto parece constatación del entorno lúdico y sórdido de Rodrigo González y su “rancho electrónico”. Como Jorge describe:
Los cantos los cantarían pájaros deshidratados,
empaquetados como recuerdo turístico.
Pero, junto con los pájaros de ese cuadro desgastado, son las paredes también las que cantan y “se levantan a sí mismas”.
Es un libro donde los niños saben “que los sueños no existen y nadie sabe lo que son”, donde no hay almas, donde el lenguaje perentorio es la interrogante, donde los muertos son felices cuando ya están vivos, donde lo que fue en la naturaleza fue hace siglos (ergo, “nada ha sucedido”). Y es en medio de todo este ambiente leviatánico y devastado, como después del tsunami de la existencia, que Jorge levanta la voz a medio tono y como contando un secreto a quienes todavía quieran escuchar:
Lo de estar muertos fue sólo una posibilidad
que alguien más encontró atractiva para nosotros.
Queda en el aire quién es, quién puede ser ese alguien, si Dios, una deidad menor, el mismo hombre, un nadie… Pero sin duda recuerda ese dilema que el filósofo y literato chileno Manuel Garrido hiciera patente en su tesis doctoral ecocrítica, después publicada en formato de divulgación en el libro Estar de más en el globo, en los términos de la metáfora del hundimiento del Titanic: si el barco equivale al mundo, hay que reparar en que no se va a estrellar en cualquier momento, sino que ya se estrelló y estamos flotando entre los maderos sin darnos cuenta de ello.
Así veo en cierta óptica el Christkind tsunami de Jorge Márquez: un anuncio de lo ocurrido, una reflexión de las consecuencias de un confinamiento que ya había empezado y que no dejará de ocurrir en el nervio humano, aferrado a pantallas y digitaciones. Ahí es donde transpiran las falsas tumbas y los falsos muertos, los ascos y las repulsiones. Entre ellos, como entre piedras y briznas, camina el escritor (sombra y fantasma) que es el mismo Jorge a lo largo de su propio poemario, que termina diciendo, sin esperanza, pero con voz firme y decidida, como el detective narrado en el libro:
En la versión analógica del mismo documento,
al final del túnel,
se distingue la voz acogotada del detective
sollozando.
En ello no hay poesía.
Y repite.
En ello no hay poesía.
Decía al inicio del libro que esta obra es un testimonio y un memorial. El testimonio es de quien ve, de quien evidencia y dice “aquí estoy dejando constancia”. Ése y no otro es el sentido detrás del término griego (ἱστορία) que dio origen a la noción de historia: testificar. Jorge nos obsequia un escritor que da la nota y demarca un horizonte en denuncia y en sensibilización. Y es que, como en una estampa recordatoria de Longino, a lo largo del libro hay una pequeña añoranza De lo sublime.
Y, por otro lado, el libro es un memorial, pero en su resonancia traída del anglicismo: memorial como recuerdo firme y pétreo, de lo que fuimos y de lo que ya no seremos; memorial como lo quería Horacio a la latina (exegi monumentum aere perennius), sabiendo que en realidad nuestro recordatorio es por algo endeble y fácil de olvidar…
Fernando Corona
Puebla, Puebla
Septiembre 22, 2022.
