Más de ti y no es desmesura,
es la ingente necesidad de tus caricias.
Tu rostro se multiplica en todas las cosas,
las habita, las posee con delicia.
Más y más de ti, y no es efímero antojo,
es vital como el color de las flores,
savia eres,
eres luz alquímica
y transmutadora sustancia.
Más y mucho más de ti, que soy adicto
perdido y pleno, renacido,
adorador e idólatra de ti,
caudal de letras, reconquistado.
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Agitado mar de saliva,
lenguas apasionadas —vueltas sierpes—,
trenzadas en tenaz y mortal duelo.
Pequeñas y feroces las aldabas de la entrada,
enhiestas, apuntan hacia el sol.
En la cartografía de la piel de sabores dulces,
una vaharada de canela nos sorprende.
En el medio de tus piernas crece el mar,
dulce naufragio entre cantos de sirenas.
Habrá que dejarse llevar por la marejada,
asir con firmeza el timón hacia levante.
Penetrar a saco entre la bruma,
empapar la embarcación, el alma y la vida.
A ese mar lo resguarda un bosque de pinos negros,
tras la umbría espesura, un castillo.
Férrea puerta de hierro es la entrada.
Hay que apostar la vida para tomarle por asalto,
la promesa de dulces tesoros y sensuales huríes
nos aguardan impacientes,
basta un cañón recamarado
y el empuje viril de toda la tripulación,
entre sudores y jadeos veremos el paraíso.
Entrar a ese castillo será empresa de dioses.
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***
Manos de algodón de nube
que reptan aviesas en mi espalda.
Son tentáculos esporas, hojarasca,
semillas que germinan la ternura.
larvas de mariposa tus dedos,
despiertan los fuegos olvidados.
Manos-mariposa que revuelven aires y caminos,
en mi cuerpo, en mi rostro y en el alma.
Tu boca es tibio asidero que me salva,
humedades de vino tinto y ambrosía,
plétora de caricias con tu lengua,
sierpe marina de oficio, sabia.
Jadeos, suspiros, respiración entrecortada,
manos febriles, ávidas de ternuras que fueron postergadas,
pieles que se incendian, miradas que se abrasan.
El camino al Edén está en tu cuerpo.
