DE ESTE LADO
Recoges el maíz
mientras desgranas el elote con los dedos,
de sombras, un gusano yace tirado entre las hojas
puedes ver,
tu madre que se mece en el molino
y va rasgando con los dientes
hasta volverlo pulpa leche la moneda de cambio de la casa.
Habrás escuchado que mucho más allá del tren
y la cruz que cuida el pueblo
se encuentra el agua,
que hay quien se desnuda
y te invita a nadar
mientras descansan en la arena
aquellos que temieron encontrarse con las olas.
De este lado,
la hamaca es único premio del descanso,
resta recoger las hojas
barrer el piso
alimentar a los gusanos de mascotas.
Pocos son los justos que se tumban en la arena,
y se meten en las aguas
logrando el bautismo de ritual.
El sol se pone
y a lo lejos la cruz se pierde
mientras sacas la olla de tamales,
de este lado toca despertar temprano,
desgranar elote,
desdentar el grano,
poner la olla,
y ver cómo la cruz se pierde,
mientras sacas la olla de tamales,
y piensas en la arena
y el bautismo,
en recoger elote,
alimentar gusanos,
en nadar desnudo
y poner la olla.
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IDALIA (OJOS, CON AMOR DE OJOS)
Puedes ver en ella
la sonrisa
de quien piensa
que el amor es un idioma de silencios,
un artefacto que atraviesa espacios,
que no conoce otro tiempo
que la infancia
su mirada
te transporta
hacia el niño que regresa con los codos raspados,
se renueva
como olas que nunca tocan la arena,
que se deshacen antes de llegar a ti,
antes de encontrarte con sus ojos
con amor de ojos
sus caricias son de pronto
máquinas del tiempo
que te llevan a los nueve años,
a los domingos
asomado por el vidrio
de un auto que poco sabe de distancias,
que ignora la importancia en la memoria
de las tardes mecido
en una hamaca
que lo hace sentir seguro
protegido
velado por amor de madre,
que no conoce otro sonido
que la música de fondo de Charlie Zaa,
la balada que se confunde con su voz
que se convierte
en himno,
en un ungüento
que cura cicatrices
en pequeños recuerdos
que regresan a la vida
de mano
de sus manos
que te hacen querer estar
y perderte
en el sonido de su voz,
que te duerme
mientras
miras la ventana
mientras
te asomas por un vidrio
que poco sabe
de recuerdos
y certezas,
de días en que el frio
no llega
y te quedas colgado de su mano,
de la sonrisa
de quien piensa
que el amor es un idioma de silencios,
un artefacto que atraviesa espacios
que se refleja en la ternura de sus ojos
con amor de ojos.
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SOL EN LA PIEL
Tengo el color del sol en la piel,
la semilla del odio
que se engendró
incluso antes que naciera,
fui
quien aprendió el valor
a través del rechazo,
la mirada altiva
que me hizo saber
que desde un inicio
se me había negado
el amor del dios de mi dios
el color del sol en la piel
había creado
desde un principio
un puente de rechazo
que poco pude hacer
para cruzar
su amor
estaba destinado
para los niños blancos,
se veía,
sentado en el fondo de la mesa,
diciendo en la mirada
las pocas cosas
que atrevimos a decir en la familia
de pronto se me negaba
el derecho a ser igual,
de ser cortado con la tijera
de quienes tenían el color de la luna en la piel,
entendí,
que poco servirían las palabras
para cambiar
esa raíz inquina
que atravesaba la sangre de mi madre
fui,
quien aprendió
que la rabia
se alimenta
como ratas de basura,
que engendra hambre,
engaño, suciedad,
que, de la noche,
son los animales
que revientan los puños en la espalda,
que atraviesan las quijadas de impotencia
y de dolor
por no nacer
con la luna en la cara,
que me hizo ser partícipe,
y ganador,
de ser la sombra del niño blanco,
el niño que no fue acreedor al abuso,
a la moneda que es anzuelo,
a la furia
que arremete
contra el dios de mi dios,
quien descansa en la tierra,
en algún pequeño pueblo,
que dista mucho
de esta casa sin persianas,
que me cubre por la noche,
junto a los animales del rencor,
con la furia de entender
que el odio
echó raíz en el pecho,
que no seré la sombra del adulto blanco,
que hay puentes
que poco pude hacer para cruzarlos,
que todo esto estaba escrito
ya en el vientre de mi madre.
