I
A Emma y Dexter,
también a quien es
todos mis días.
Quiero creer que lo sabes aún (y no lo dudas),
que te quise con todo el amor de un universo
aunque fuimos letras en un punto final, así
de diminutos, desapercibidos, secretos,
sagrados. Una espiral desenfrenada de todo
lo que tenías por contar que pronto olvidarías y
aquello convertido en promesas que yo guardaría–
los días sin ti, aunque tal vez pasaron meses ya,
más de los que cupieron en una lista de canciones
en idiomas que ninguno de los dos dominaba–,
de esa historia ni siquiera digna de pronunciar
más que cuando el inicio se volvió el final,
porque nunca empezamos, pero finalmente te fuiste.
Perdí la cuenta del pulso que es lo único
que vale la pérdida reencarnada cada 15 de julio,
cuando sin querer sé que estarás allí
(como un espectro que llegó a definirse en mi),
que marca cada inicio de mes o solo esas
miles de madrugadas en las que me pregunto
si habrás recuperado un propósito, porque yo
siempre fui el jamás de una suposición.
Perder la vida también es vivirla, o creo que
era algo así como que planearla era seguirla a ella–
no sé entonces si te perdí queriendo planearnos
o si me seguiste viviendo hasta perderte envuelta
en las mismas sábanas de nuestros veinte ocasos…
no entiendo nada, no sé de esto –eso de mentirte,
porque claro que todavía te pienso–, que no
debimos volvernos rutina como fue negarme a escribirte
y aunque la nostalgia ausente no me mata,
pues no habitas en recuerdos que anhelan
haberse convertido en parte de las memorias,
sino en repetir el tiempo que al menos aprovechamos,
ahora estamos aquí –tú no, ni yo, sino lo último
(espero) de cualquier cosa que no termine
siendo el final suspiro de una voz que ya no te habla,
que alcanzaría a arrodillarse antes de callar una vez más;
no tengo nada que decirte, nada que quede por ti,
eras una tormenta de luces en medio de la lluvia,
pero nadie sale ileso de una fascinante ilusión,
nadie nada si ya estábamos bajo el agua,
y me quisiste eternamente en lo que tardó
en acabar de romperse mi voz: “debí haber pedido tu
número otras 18 veces y, tal vez, Un Día habría sido ese”
Si alguna vez lo haces, no sé si estaré aquí aún…
y si lo haces, también es cuestión de tocar
la puerta y no romperla.
II
“But you gotta understand I can’t,
‘cause […] I’m minorly stuck.”
Gracie Abrams
A veces pienso que estamos mal,
que creer en un camino hacia el norte,
arriba a donde todo apunta para que jamás
te pierdas ni dudes de lo alto a lo que hay que aspirar,
es tan absurdo como creer que se llega a saltos
o a rastras, como sea pero que llegues;
dime, ¿cuánto raspaste tus rodillas,
cuánto te has abierto la palma de la mano
para leer en las líneas si está planeado
y en la sangre si eres digno de aguantar,
cuántas veces ya y sigues buscando?
A veces pienso que la guía no es
la meta vista entre hombros perdidos en multitud,
ni un reloj con cuarenta y ocho horas
que vives en doce, porque vaya que hay que correr;
¿no será que existe un pacto por tiempo infinito
al que nos condenamos hace siglos por
desesperación de un rumbo sin dolor?
Y es que duele, sí duele raspar tu rodilla,
abrir los ojos cuando no has podido dormir,
que tu mano tiemble del esfuerzo y te quedes sin aire,
pero tienes que seguir subiendo, no hay de otra;
por eso, a veces siento que la vida no es romántica,
no tienes por qué romantizar el dolor y justificarlo,
pero qué necia es la gente que no cree en que
realmente es poco lo que uno necesita para
encontrar un camino que te lleve a un hogar,
y es que no está allá arriba, en un plan a largo plazo,
en abrirte la piel hasta que la última gota de quien eres
caiga en el escalón más lejano y temeroso,
está en una mirada, en esa suposición de correspondencia
con la que vives como una compañía fiel
cuando aquellos por los que realmente hay un camino
están lejos y lo que te queda es un vacío irreparable–
¿qué tan altruista eres contigo mismo
si todo lo que implica conocerte es egoísmo?
Y es que a veces pienso que eso de no siempre
ser buena persona con quien tiene una parte de ti
es el inicio de un hilo de promesas inhumanas
a las que llamamos sociedad en equilibrio y guerra;
todo duele, creo que jamás podemos escapar
del dolor en la nostalgia, en la ausencia, en amar,
en salir de tu camino sin pensar en lo conveniente.
Tal vez la competencia se pierde o no es una cualidad,
quizá decepciones a quienes ya lo tienen todo
pero parece que el tiempo se queda estancado en ellos,
y resiste porque esta vez se viene de bajada,
sabes que no será para siempre, que tal vez lo logres,
que una parte de ti está con ella y ella contigo,
que tal vez no necesites existir por el reto, sino dentro,
y saber que en algún punto aquello que crees correcto
en tu corazón será el latido que te empuje hasta regresar;
realmente… ahí, con ella, es lo único que está bien.
A veces creo que eso lo vale todo.
III
Es aquello que se cuenta como si fuese
solo una anécdota y no una vida,
eso que no tiene nombre porque lleva
el tuyo que es la infinidad de las palabras,
el mío la voz que solo se escucha en sueños
y la de todos ellos que ahora son parte
de estos poemas de los que nada saben;
es eso que llamamos historia al contarla
entre risas y un pasado entrelazado de
la manera en que no habría funcionado pero lo hizo,
como si hoy fuese el desenlace que ya sucedió
en memoria de los meses perdidos en cenizas
y se balanceara en pentagramas de paralelismos,
esos en los que nada fue lo que aquí sí,
los que habitan en el brillo de tus ojos
y graban en tu sonrisa lo que hubiese sucedido.
Es aquello que viene cuando terminas
en un coche, mas ya no a mitad de la carretera,
sino en tu lugar aunque no se sienta tuyo,
varada con los ojos cerrados, sin tropezar
porque mi camino sabe a dónde ir ya que lo guiaste;
aquello que te lleva con incertidumbre
a todos lados menos a los que te imaginabas reales–
nuestros lugares, la imagen de ti, existen…
en algún universo compartido de nuestra vida favorita–,
a detenerte de golpe antes de azotar la puerta
y de pronto voltear para verlos, verte, verla,
empezar de cero eso de la época de oro,
llamarte a quien espero y esperaré siempre
tan solo para decirte buenos días,
con pasos ligeros a pesar de la nostalgia
subir esos tres pisos y bajar uno para estar a tiempo,
aprender por hábito a dónde vas tú conmigo,
y transformar una voz a ti hasta que cante
las mismas canciones con diferente significado
para que, por más que ría para negarlo,
termine a punto de escribir a alguien nuevo
bajo el efecto de estar encantada con las trazas
púrpuras de la ciudad que caminamos a la par,
y, sobre todo, también, pero…
con eso que viene de ti cuando sabes
que esta vez sí es el último momento,
los segundos ya no son una eternidad y
el año nuevo comienza sin haber pasado
más que cinco meses, un año, un miércoles,
una vida… y aquella que sigue al despedirse,
sabiendo que de todos modos volveremos
con eso que es lo nuestro y contigo que
jamás te has ido aunque estés lejos.
