ANTESALA
Una penetración, el azotón de un rostro, un gemido intenso. Un tirón, un desgarro, un movimiento ilógico de piernas. Dos cuerpos chocando, revoloteando, convulsionando. Un oleaje, una sacudida, un impacto, un frenesí. Una punta y un cañón, el sonido de la carne. Un disparo estremecido, un pitido agudo que revienta la razón, un aguijón punzante que vacía el néctar de los cuerpos.
¿Estábamos, entonces, matándonos o haciendo el amor? ¿Es que hubo, acaso, alguna diferencia?
No sabría decírtelo. Ahora que volteo hacia atrás y nos veo, no encuentro diferencia. No sé decírtelo, pero, si me sigues obligando a contártelo, trataremos de descifrarlo juntos. A ver si, así, ya me dejas pasar.
Aquí voy. Estoy ahí, estoy con él, estoy metido en él. Oigo su néctar recorrerme, siento nuestros gritos pujando, huelo nuestros cuerpos colapsando. Alguna vez yo me… je, je je… es gracioso si lo piensas, porque… alguna vez mi amigo me contó que él…
Hmmm, no, espera, ¿por qué estoy pensando en estas cosas? ¿Por qué dejo que la mente se me vaya, y no estoy ahí realmente? Déjame regresar un instante, sólo para ver…
Quizás porque yo soy el que está sintiendo el fierro en el pulmón. Yo lo conozco, tengo en mi mente su nombre y un recuerdo claro de su voz, pero no entiendo, aunque sí entiendo, por qué lucha contra los míos, y entiendo por qué debo matarlo, porque si no lo hago, a lo mejor él acaba conmigo, como ahora está haciendo. No supe qué hacer; entre el aire contaminado, el fuego en el aire, el tropezar con la alambrada, el perder algo a cada paso hacia adelante, no supe en qué momento choqué contra él, y al reconocer su rostro en ese uniforme enemigo nos he aventado contra el suelo.
Asco. No logro ver el Edén que nos prometieron, pero sí veo los juguetes de mi bando clavados en su rostro, apenas reconocible, lleno de ampollas, de los estigmas cristianos que chorrean néctar. Apenas y lo identifico como humano, pero lo reconozco, reconozco a mi amigo de la infancia. Y entre esas ampollas, surcos y chorros entiendo cuando el líder nos dijo que no temiéramos, que esos que veríamos no eran como nosotros, no eran humanos… ¿Es que tu decisión te quitó lo humano, mi amigo? Dios, él sabe que yo conozco un poco de medicina, quizá en eso está pensando, y por eso no me suelta… un momento, sólo uno, yo puedo ayudarte, sólo… sí, puedo traerte un poco, sólo suéltame un momento e iré hasta allá, brincaré mi alambrada para… maldita sea, no creo aguantar dos metros sin desvanecerme, y no creo que no me pregunten por qué no te he matado…
No, creo que sí, creo que puedo… bueno, aunque cuando comes limón… y luego al llegar a la cinta de la cortina… no, no, ¡vamos, no te desmayes, no te desvanezcas ahora, debes acabar con ese hombre, termina el trabajo! Mira su rostro, está sufriendo tanto como yo, necesitamos acabar con su dolor, sería más cruel dejarlo así… pero mira su odio, cómo nos mira… puta madre, no puedo volver sin haber tomado al menos a dos de ellos… Perdóname, te prometo que el próximo aguijonazo será sin dolor…
No puedo, en verdad no puedo… oh, por Dios, no veas sus ojos, no dejes que te revienten encima. Rojo y verde, aferrándoseme más que los brazos… esos ojos… sin esas venas… he visto antes esos ojos… Dios mío, sin las venas que los truenan, esos son los ojos de mi pequeña… o al menos muy parecidos… no, no, si son… café… rojo… café… verde… rojo… rojo… verde…
Maldito subconsciente, me hace saber la crueldad de mi pecado al volver a enterrar mi cuchillo, y me hace saber que de aquí me voy al infierno por matar a un amigo. ¿Habrá él matado algunos de los míos? No creo, no sé, no sé, no pienses en eso, piensa en otra cosa, tienes que sobrevivir, tienes que llegar a su cumpleaños, tienes que verla crecer, tienes que…
Je, je, je… es bastante gracioso porque… seguro tú tampoco has matado a muchos, seguro estás ahogándote tanto como yo, seguro también estás queriendo… si, si amigo, cántala, esa canción es muy bonita, es de cuando íbamos al… no te escucho, pero sé que por dentro la estás recordando, la leo en tus ojos, la escucho cuando vuelves a enterrarme la navaja, y al ritmo del estribillo va el tercer aguijonazo, y para cuando llegues a la estrofa final te juro que ya no sentiré los impactos… Me encanta esa canción, ¿recuerdas cuando se la llevamos de serenata a…? Dios, quiero vomitar, pero no puedo hacerte esto, no ahora que estoy encima tuyo…
¿Para qué te fuiste con ellos? ¿Para qué me fui con éstos? Algo me dice, ahora que vuelvo a vernos ahí, tirados y en el momento de la convulsión, que a ti también te prometieron un paraíso, una vida mejor, similares pero incompatibles con las que nosotros buscábamos, o las que el líder buscaba. Te conozco de toda vida, y, sin embargo, es la primera vez que me siento así de unido a ti, como un solo cuerpo, amalgama de fluidos y voces. Jamás me sentí así, al menos desde que el líder nos prometió que… Allá, a lo lejos, donde llegaron ustedes, por encima de la nube negra y los cuerpos destazados, una pequeña arboleda, lejana, donde reposa una blancura, una paz… Yo estuve ahí a unos meses de casarme, comiendo cerezas, ¿te acuerdas que te conté? Fue ahí donde viví mi primera vez…
Qué curioso que piense en la arboleda mientras tengo mi última vez. Fíjate, muy curioso, no lo noté sino hasta ahora que lo recuerdo.
La muerte pequeña, o la antesala de la grande. Soy el que está encima y va cayendo, lento, sobre mi sordo amigo. De repente siento que él también observa aquella arboleda. Creo que compartíamos, aunque en momentos diferentes, esa arboleda para momentos importantes de nuestra vida. Eso es lo que más odio, ¿sabes? Que no éramos distintos, aunque él, por el color de las ropas que trae, no era humano, y yo sí, porque luchaba por el paraíso verdadero, el que el líder me prometió… nos prometió. Los ojos de mi amigo, la arboleda, el tufo de mi vómito, cuatro navajazos más. Ya no aguanto más, perdón si te salpico…
Solté mi cuchillo, ya no quería más abrazarlo, explicarle, decirle que recordaba nuestras infancias… pero mi amigo ya estaba sordo, ¿ves? Ya no me escuchaba, por eso nos fuimos en malos términos. Más juntos y separados que nunca. Quizás fue lo mejor, porque después llegaron los gases, o eso recuerdo, aunque también recuerdo que el líder prometió no usarlos mientras aún hubiera de los nuestros en el campo… ya no sé qué fue lo que pasó…
Para ese entonces ya no sentía mis piernas, ¿alcanzas a ver? Ya no las movía. El sarpullido de ese hombre me explota en los ojos y también quedó ciego. Todas las cartas están sobre la mesa, han dejado correr las balas y los gases, la maquinaria y las minas.
Con eso se detiene el avance terrestre. La arboleda ha caído para entonces, y con ella mi esperanza de poder volver probar las cerezas. Me gustan las cerezas, quería que también las conociera mi pequeña, regalo de su nuevo año. Creo que faltaré a ese cumpleaños, ¿no? Ojalá el líder también tenga una pequeña, y ojalá pueda darle a probar las cerezas, para que todo esto, al menos, valga la pena. Quizás estoy en ese paraíso que nos prometieron, quizá los sacrificios o han valido, pero no veo que haya cerezas.
El líder, ¡quién cómo él! Él sí que entendió este mundo, y por eso pudo venderlo. El mundo que estamos alzando ahora mismo, sobre el néctar de mi amigo y la oportunidad de cerezas de mi niña… El líder, él era un amigo, un amigo de todos, un hombre con un plan, un hombre que… sigue allá en la tierra.
Para este momento, ya no sentí el torso ni el abrazo mortal de mi amigo, empiezo a escapar de ese mundo, y debo pagar un precio por ello: estar despierto, ser consciente de cada trozo de brisa que atraviesa mis ojos. Ya no tenemos más fuerzas para jalonearnos o empujarnos, ahora vamos a recostarnos juntos. Él está en el paraíso tanto como yo, en la luz esa del clímax total, del sentir absoluto, del gemido compartido. Acostados, sueltos, insatisfechos, sin otro momento que ése. Jamás le digo que había vivido algo como eso, y recuerdo mi primera vez en la arboleda, cuando no me estaba quedando dormido antes de terminar…
Tengo miedo, mi amigo, ¿no lo sientes también tú? ¿No me respondes? ¿Por qué ya no te mueves? No, no, no, por favor, no, aún no, dime algo, empújame, abrázame, haz algo, vuelve a atravesarme, vamos, ¡mírame, aunque sea! No me dejes solo, no ahora… No ahora…
Espérame, espérame unos minutos solamente, hay que ponernos de acuerdo. Mira, quizás, si después de este momento nos dejan pasar, si cuando tengamos que rendir cuentas nos dejan pasar… podríamos sembrar cerezas juntos, y esperar a compartirlas con los que lleguen después que nosotros, poco a poco, poco a poco.
Quizás ya no haya nada después, ¿cierto? Sólo ese momento, él y yo, tú y yo, solos, recostados, después de nuestro clímax, de nuestro dolor, nuestro conocernos por vez primera… Dime, ¿no lo crees? ¿Tú qué piensas? Bueno, quizás más allá, cuando toque rendir cuentas, simplemente me dejen repetir una y otra vez lo que pasó, sin responderme, sin dejarme avanzar, por haber vivido lo que acabo de vivir contigo, viendo hacia la arboleda, amigo querido.
