Juan M. Terrones (Puebla, México. 1985). Diseñador gráfico de profesión, aficionado a la ciencia, música, artes y literatura. Se ha desarrollado en el ámbito editorial, no sólo como maquetador y diseñador de impresos, también como escritor de prosa, versos y artículos de índole cultural y de conocimiento general. Ha participado en talleres y círculos de lectura; diplomados de creación de textos, ortografía y gramática. Actualmente escribe para la revista digital Libreratos y colabora activamente con la editorial Alcorce Ediciones, en la producción de libros y eventos derivados de ello.

NOTAS EN PAPEL; UN CUENTO DE JUAN M. TERRONES

NOTAS EN PAPEL

Yacía inerte, Gustavo, sobre un pálido páramo, preguntándose a dónde irán los que sufren, los que toda su vida no han hecho más, ni un suspiro más, que vivir de las dolencias propias, aquejados también por las ajenas; qué será de ellos cuando partan hacia la sequedad del fin de su existencia.

Minutos antes, Gustavo era otro, pensaba e imaginaba mundos diferentes, confortado por la buena nueva que acababa de recibir. Leía la nota que dejó con cariño su esposa dentro del bolsillo de su saco azul marino, ese que solo usaba en circunstancias de formalidad particulares. Sabía de antemano que el mensaje sería bello, algo tierno, quizás, pues Diana, su esposa, tenía una manera peculiar para doblar los papelitos cada que quería decirle algo delicado y no hallaba cómo, o sencillamente no se atrevía. Como aquellas primeras ocasiones en que por escrito le mencionaba que los visitaría Pati, hermana de Diana. Aunque no lo mencionaba, Gustavo sabía que este hecho implicaba por lo menos tres días de no comer ni beber lo acostumbrado. “Carajo, Pati” -pensó al recordarla- ¿Por qué debes ser tan enfermiza? ¿Por qué nos visitas cuando toca asado de puerco?- El recuerdo de su platillo favorito le hizo frotarse las manos con rapidez, como si se preparase a degustar el guiso directo de la olla. -¡Ah, qué delicia de aroma, chingáo!- Ya no sabía si estaba molesto con Pati, con Diana por acogerla, o si sólo estaba confundido por el apetito que le propició el recuerdo. Tomó el recado cuidadosamente con ambas manos y lo desdobló con paciencia, aunque con poca pericia. El arrugado papel ahora lucía descuidado y un poco húmedo, víctima del confuso momento anterior. Ya con un par de rasgaduras, terminó por extenderlo para leer en él “Te esperamos en casa…”. Una marejada de ideas lo golpeó en seco. Qué significa esto -pensó- mientras que, con el ceño fruncido, levantaba la mirada para contemplar el horizonte; una escena por demás estereotipada.

Gustavo no era muy vivaz, tampoco muy seguro, más bien era del tipo tímido. Prefería, por temor a quedar en vergüenza consigo mismo, evadir las preguntas de engorrosos crucigramas; consentir que alguien más responda antes que él en casi cualquier ocasión; dejar para el último momento o evitar a toda costa, cualquier exposición de alguna opinión suya, sobre todo con “público”, aunque fuesen familiares o amigos. Con Diana no tenía ese problema, sus palabras fluían como el arroyo que recién pasó de un brinco, estrecho, aunque firme y constante.

Tardó en descifrar el mensaje, pero parecía tener una pista. Sabía que no se trataba de una visita de Pati, o de nadie más, pues Diana siempre es directa al comunicárselo, tan directa como se puede ser a través de una o dos líneas escritas en un papel, oculto en el bolsillo de su saco del día, o a veces en el pantalón. También interpretó que no eran malas noticias, pues, a pesar de que hasta el momento no lo parezca, Diana suele comunicarlas sin preámbulos y casi al momento de ella saberlas. Para Gustavo, esto sólo podía significar una cosa: “Te esperamos en casa…”.

El año anterior se llenó de acontecimientos duros, difíciles e inimaginables para Diana. Fue una temporada de incertidumbre, dolor y sufrimiento en sucesos escalonados. Como si de un viejo ferrocarril se tratase, vagón tras vagón de negrura que parecía no tener fin. Primero su padre, víctima de una complicación cardíaca, falleció después de un largo y acongojante desahucio. Su madre le siguió un mes después, no por ello menos sorpresivo, o menos doloroso. Como lo dicen en aquella película de Luis Alcoriza, “de que la desgracia llega, se trae a sus cuatitas”, o algo así. Más tarde, ese mismo año, el tercero de los tres hermanos se accidentó. No sobra decir que era adicto a la velocidad y pareciera que, en efecto, tuviera prisa por “llegar” a donde sus padres ya se encontraban. No se supo con certeza cómo sucedió, tampoco si pudo evitarse, lo único que sus hermanas pudieron atestiguar fue el lento marchitar de su cuerpo maltrecho. Postrado en una cama, perdió lentamente la movilidad que le quedaba en sus falanges, le siguió una complicación pulmonar y finalmente, desvaneció la vista tratando de asomar los enrojecidos ojos por la ventana. Calamidad tras calamidad: Pati ya comenzaba a dar pistas de una extraña condición.

En algún momento, Pati perdió la consciencia. Deambuló por la ciudad en busca de algo que su padre le había dicho momentos antes de morir, que ahora no podía siquiera recordar. Esa duda la enfermaba, más que su propia condición. La razón de las visitas frecuentes y los días largos y tortuosos de estadía en casa, con Diana y Gustavo, se debía en gran medida a las visitas a la clínica donde tenían lugar numerosos y extensos análisis, exploraciones, y quizá hasta inventos de un médico que no daba pistas de sus hallazgos, si es que alguna vez los tuvo. Por otra parte, esas visitas desvelaban los deseos de Pati por recordar, y en más de una ocasión, por no olvidar lo que parecía apreciar con tanto dolor: las memorias de toda una vida. Tal vez si la hubiésemos llevado al hospital del centro, el equipo de médicos le habría diagnosticado antes -Pensaba Gustavo con cierto cinismo-. Y es que en la clínica había mucho trabajo, pero más burocrático que de atención a los pacientes, que, a su vez, eran bastantes. -Ese doctorsucho no hace más que acomodarse los anteojos para mirar a las enfermeras…- Se decía Gustavo. El padecimiento de Pati era muy común, tanto que las personas mayores a menudo hacen comentarios y referencias a ello, pero ese doctor no hacía más que perder el tiempo, tiempo que Pati veía cada vez más reducido. 

En ese reloj de arena que era su vida, Pati se horrorizaba al ver pasar los amaneceres y escapársele los recuerdos. Sentía que al despertar del nuevo día ya no habría más que un rostro desconocido en el espejo, una cara irreconocible, y una existencia triste y vacía.

Diana se preocupaba mucho por su hermana, aunque no había mucho que hacer al respecto. Disfrutaba de sus visitas, a pesar de que en secreto se guardaba cierta cantidad de rabietas cuando Pati no podía recordar cosas tan frescas o tan importantes para ella. No recordaba ni la vez que volvieron empapadas a casa, cuando de niñas, evitaron el autobús para comprar chuchería y media. Al regresar al hogar, estaba su padre como sembrado, firme a un lado de la puerta, con un rostro molesto que ellas interpretaron como un castigo seguro, quizá con algunos gritos pero que no les borraría la sonrisa en muchos días pues habían logrado la hazaña. Tiempo después, ya de mayores, Diana supo que en esa ocasión su padre en realidad no estaba molesto, a pesar de que llegaran tarde, empapadas y con los pies enlodados debido al torrencial aguacero que les cayó encima, estaba aliviado de verlas llegar. Era un buen padre, y ambas lo extrañaban. No era el clásico estereotipo del papá siempre enojado, que no levanta un dedo alrededor de la casa, tampoco era desatento. Era firme en sus decisiones y creía en la disciplina, en el amor a la familia. Tal vez por ello tenían tantos recuerdos buenos de su infancia, y tantas lecciones aprendidas al mismo tiempo. 

La madre de los tres hermanos era una mujer cálida, muy paciente y amorosa con sus hijos, siempre al pendiente de lo que les ocurría, cosa que en ocasiones les molestaba. Siempre sospechó que su hijo sería el primero de los tres en partir. Ese pensamiento la abordaba involuntariamente, invadiendo cualquier momento, sin siquiera estar pensando en él. Ya sea por su vida acelerada, por su hambre de comerse el mundo o solo por instinto maternal, un instinto que una madre como ella no quisiera poseer. La constante incertidumbre la llenaba de tristeza. La noticia del fallecimiento de su esposo la atravesó por el medio, se desmoronó cuando supo que no volvería a abrazarlo, ni siquiera podría mirarlo antes del sepulcro para despedirse, pues la pena sería muy grande y no soportaba esa idea. Esto la volvió ausente. Le cambió tanto el semblante que parecía ser otra persona, aun cuando tenía el mismo rostro que en la fotografía de su licencia de conducir, la que conservaba a pesar de estar vencida pues, su hijo la había acompañado a tramitarla, y no solo eso, curiosamente y con mucha paciencia, contrario a su personalidad, él la enseñó a conducir. 

Para Gustavo, las visitas de Pati lo remontaban a su infancia, pues más que reuniones entre familiares, en ocasiones se asemejaban a sus tan repudiados días de clases en la escuela primaria, donde la maestra repasaba una y otra vez la lección del día, haciendo preguntas al azar (con lujo de puntería hacia Gustavo), para cuestionar acerca de lo visto en el día en curso, inclusive sobre lecciones anteriores. No era algo placentero, y seguramente para la maestra tampoco, pero esa figura docente estaba ahí para cumplir un propósito, que los atentos oídos pudieran recordar cada una de sus palabras, aunque no estuvieran ya en el recinto escolar. Él estaba consciente de que las visitas de Pati eran necesarias y, de cierta manera, se había empezado a encariñar con ello a pesar de las prohibiciones momentáneas de comida y bebida. Pati no solo padecía de una condición mental, también su cuerpo se deterioraba y se volvía cada vez más intolerante a los alimentos acostumbrados. 

Se avecinaba una tragedia más, pobre Diana, tener que lidiar con tantas cosas en tan poco tiempo. Parece que sus momentos felices le cobraran factura, como si tuviera que equilibrar de alguna manera tantas alegrías vividas, y se las estaban cobrando todas juntas. 

Gustavo creía saber de qué se trataba la nota. Pensó que, por fin, después de tantos años de intentos y falsos positivos, Diana estaba embarazada. A eso le sonaba el “Te esperamos en casa…”, a que no solo Pati estaría ahí al volver, sino también esa gran noticia, eso que habían esperado con tanta ilusión en sus primeros años de matrimonio; 8 años parecían haberse llevado ya toda esperanza, pero la nota, esa nota, reavivaba el júbilo. 

Al andar con esa idea en mente, giró una calle antes de llegar a la última recta hacia su casa. Se percató que había anticipado su vuelta al levantar la vista más allá del buzón de correos, despintado y abandonado, -seguramente fue por la prisa de llegar- musitó. Sentía que su corazón palpitaba más rápido y más fuerte de lo normal, como cuando en secundaria se enfrentó al campeón de atletismo, Paco el “rayo”, todo su cuerpo temblaba de nervios. Nadie sabe por qué, o cómo ocurrió, pero esa fue la única ocasión en que el “rayo” fue vencido. Gustavo había sido el más veloz, el que se llevó los aplausos del día, al que las muchachitas volteaban a ver como el nuevo campeón. Su momento no duró mucho, y aunque sabía que eventualmente debía terminar, hubiera deseado que no llegara tan pronto el final de su corto periodo de fama. 

Pasos más, pasos menos, se encontró frente a las ruinas de la casa Torres, anclada en el páramo que alguna vez fue usado como lugar de juegos de los chicos de la zona. Ahora lucía más vacío que cuando no había nada en él. Qué tristes los acontecimientos de la casa Torres, un día tan llena de vida y al siguiente devastada por un incendio, supuestamente accidental. La gente murmuraba, incluidos Diana y Gustavo, se sospechaba que el dueño provocó el incidente para cobrar el seguro. Se elaboraban tramas de lo más imaginativas, aunque nunca se le pudo probar nada. También se sospechaba que el señor Torres sobornó a los ajustadores de las aseguradoras, puesto que, en días posteriores al incendio, se les vio desfilar en más de una decena de ocasiones a los mismos tipos, a veces en vehículos rotulados por las empresas de seguros, y otras tantas en automóviles particulares anónimos. Siempre a las puertas de las ruinas, o lo que quedaba de ellas, el señor Torres con uno o varios maletines oscuros.

Todo ello lo puso a pensar, su familia, los vecinos, las desgracias de las que uno sin siquiera saberlo se vuelve parte integral, y a veces fundamental. El mundo gira y sin percibirlo, las personas se vuelven necesarias para el rodar del engranaje humano y social. Los altibajos, las tragedias y las bonanzas se convierten en sellos del alma de cada uno, sellos que, curiosamente, pueden comenzar a desvanecerse como en el caso de Pati, o no volverse a ver más como la familia de Diana. 

Al fin a las puertas de su domicilio, todo parecía ser más tibio, se percibía una calidez diferente, como si la casa estuviera llena, como si familiares que no se veían desde hace años, estuvieran ahí reunidos para compartir la noticia, la nueva felicidad que desde ya los acompañaba. Abrió la puerta y observó con extrañeza una caja al centro, rodeada por veladoras y flores. Se acercó sin decir nada y a través del vidrio empañado de la caja pudo observar su propio rostro y una notita que se asomaba por el bolsillo de su saco: “Te esper…” -se alcanzaba a leer-. Giró impactado buscando a Diana en un mar de gente y la vio ahí, llena de pena pero con cierto alivio en el rostro, como si supiera que Gustavo al fin llegó, no solo el Gustavo inerte, sino el Gustavo al que siempre amó. Al lado de ella, Pati, quien lucía desconcertada, en lucha constante por saber quién es quién y qué hace ella ahí.

Los diarios anunciaron lo que la gente ya sabía, encontraron el cuerpo de Gustavo en las inmediaciones de la casa Torres. Llevaba dos días desaparecido y, aunque ya se habían revisado los predios aledaños en diferentes ocasiones, se le encontró ahí, en la soledad de aquel pálido páramo, más frío y solo que nunca. De manera increíble, ya sea por la ineptitud o displicencia de los funcionarios, no se pudo determinar con certeza la causa de la muerte. La gente murmuraba sobre un asesinato, aunque dicho por la autoridad, nunca se hallaron pruebas contundentes. La realidad es que Gustavo, de manera por demás precipitada y sorpresiva, se convirtió en un eslabón más de la cadena de sufrimiento de Diana.