Ocean Vuong (Ho Chi Minh, 1988). Es un poeta, ensayista y novelista vietnamita-americano. Emigró a Estados Unidos con su familia en 1990, tras pasar un año en un campo de refugiados de Filipinas. En 2014 recibió la beca Ruth Lilly/Sargent Rosenberg de la Poetry Foundation y en 2019 la beca MacArthur Grant. Ha publicado las plaquettes Burnings (Sibling Rivalry Press, 2011) y No (YesYes Books, 2013). Con el poemario Cielo nocturno con heridas de fuego (Vaso Roto Ediciones, 2018, traducción de Elisa Díaz Castelo) ganó el Whiting Award y el Forward Prize en Estados Unidos, y el Premio T.S. Eliot en Inglaterra. Sus textos se han publicado en medios como The Atlantic, Tha Nation, The New Yorker y The New York times. Es profesor en el Amherst College de Massachusetts. En narrativa ha publicado En la tierra somos fugazmente grandiosos (Anagrama, 2020). Sus poemas abordan temas como el exilio, la guerra y la homofobia. Escribe con la humildad y el orgullo de quien tiene la conciencia de ser el primer alfabetizado en una familia en la que la poesía siempre se transmitió fue oral. Escribe desde la posición de inmigrante, refugiado y homosexual en una América marcada por el prejuicio y los traumas de una guerra que le marcó con el estigma del exiliado.

Ocean Vuong: Los aviones siempre fueron lluvia sobre el campo.

ROMPE HOGARES

Y así fue como bailamos: arrastrando los vestidos

blancos de nuestras madres, agosto

nos teñía las manos rojo oscuro. Y así amamos:

medio litro de vodka y una tarde en el desván, tus dedos

acariciando mi pelo, mi pelo un incendio. Nos cubríamos

los oídos y los arranques de tu padre se convertían

en latidos. Cuando nuestros labios se tocaron el día se cerró

como un ataúd. En el museo del corazón

dos personas sin cabeza construyen una casa en llamas.

La escopeta siempre estuvo sobre la chimenea.

Siempre hay tiempo para matar, -sólo para rogarle a dios

que te lo devuelva. Si el desván no, el coche. Si el coche no,

el sueño. Si el chico no, su ropa. Si vivo no,

cuelga un teléfono. Porque el año es una distancia

que hemos recorrido en círculos. Es decir: así

bailamos: a solas en cuerpos dormidos. Es decir:

así nos amamos: en la lengua un cuchillo que se vuelve

lengua.

.

.

UN POCO MÁS CERCA DEL PRECIPICIO

Son lo suficientemente jóvenes para creer

que nada puede cambiarlos y así entran de la mano

al cráter que dejó la bomba. La noche está colmada

de dientes negros. Su Rolex falso, que en unas semanas

se estrellará contra su mejilla, ahora se desvanece

como una pequeña luna detrás de su pelo.

En esta versión la serpiente no tiene cabeza; está inerte

como una cuerda desatada de los tobillos de los amantes.

Él levanta su falda blanca de algodón y revela

otra hora. Su mano. Sus manos. Las sílabas

dentro de ellas. Oh, padre, Oh presagio, empuja

hacia su interior, mientras el campo se hace trizas

con el gemir de los grillos. Muéstrame cómo la ruina construye su hogar

con huesos de cadera. Oh, madre,

Oh, minutero; enséñame

a estrechar a un hombre como la sed

estrecha al agua. Permite que todos los ríos envidien

nuestras bocas. Permite que cada beso golpee el cuerpo

como una estación. Donde las manzanas retruenan

sobre el mundo con pezuñas rojas. Y yo soy tu hijo.

.

.

A MI PADRE / A MI FUTURO HIJO

Las estrellas no son hereditarias.

Emily Dickinson

Había una puerta y luego una puerta

rodeada por un bosque.

Mira, mis ojos no son

tus ojos.

Me atraviesas como lluvia

que se oye

desde otro país.

Sí, tienes un país.

Algún día lo encontrarán

mientras buscan barcos perdidos…

Una vez me enamoré

durante un choque en cámara lenta.

Nos veíamos tan en paz, el cigarro flotando desde sus labios

mientras nuestras cabezas latigueaban

en el sueño y estaba perdonado.

Pues lo que oíste, o vas a oír, es verdad: yo escribí

un tiempo mejor sobre la página

y miré cómo el fuego la reclamaba.

Algo siempre se estuvo quemando.

¿Entiendes? Cerré mi boca

pero aún podía saborear la ceniza

porque mis ojos estaban abiertos.

De los hombres aprendí a alabar el grosor de las paredes.

De las mujeres

aprendí a alabar.

Si te dan mi cuerpo, tíralo.

Si te dan cualquier cosa,

asegúrate de no dejar

huellas en la nieve. Sabe

que nunca elegí

el sentido en que las estaciones se suceden. 

Que siempre fue octubre

en mi garganta

y tú: cada hoja

que se rehúsa a oxidarse.

Rápido. ¿Puedes ver el rojo oscuro cambiando?

Esto significa que te estoy tocando. Esto significa

que no estás solo, incluso

cuando no lo estás.

Si llegas antes que yo, si no piensas en nada

y mi rostro aparece ondeando

como una bandera rota, date la vuelta.

Date la vuelta y encuentra el libro que dejé

para nosotros, lleno

de todos los colores del cielo

que los enterradores han olvidado.

Úsalo.

Úsalo para probar que las estrellas

siempre fueron lo que sabíamos

que eran: las heridas

de cada

palabra mal disparada.

.

.

SIN TÍTULO (AZUL, VERDE Y CAFÉ):

ÓLEO SOBRE LIENZO: MARK ROTHKO: 1952

La tele dice que los aviones han derribado los edificios. 

Y yo dije Sí porque me pediste

que me quedara. Quizá rezamos de rodillas porque dios

sólo escucha cuando estamos así de cerca

del diablo. Hay tanto que quiero decirte.

Cómo mi orgullo más grande

era atravesar el Puente de Brooklyn

sin pensar en volar. Cómo nuestras vidas se parecen al agua: mojamos

una lengua nueva sin confesar

a lo que nos hemos enfrentado. Dicen que el cielo es azul

pero sé que es negro si lo miras desde muy lejos.

Siempre recordarás lo que estabas haciendo

cuando te duela más. Hay tanto

que necesito decirte, pero sólo me gané

una vida. Y no tomé nada. Nada. Digamos un par de dientes

al final. La tele siguió diciendo Los aviones…

Los aviones… y yo me quedé parado en el cuarto, esperando,

hecho de cenzontles rotos. Sus alas palpitando

entre cuatro paredes borrosas. Y tú estabas ahí.

Eras la ventana.

.

.

*

«Trabajar duro y hacer una sola cosa de la que estás orgulloso es un acto poco común y poder hacerlo, aunque sea una sola vez, es una buena vida». 

.

.

**

“A veces, cuando me descuido, pienso que la supervivencia es fácil: que lo único que tienes que hacer es seguir moviéndote hacia delante con lo que tienes, o con lo que te queda de lo que te fue dado, hasta que algo cambia, o caes en la cuenta, por fin, de que puedes cambiar sin desaparecer, que lo que tienes que hacer es esperar hasta que la tormenta te pase por alto y veas que, en efecto, tu nombre sigue asociado a algo con vida”.

.

.

***

“Dicen que nada dura para siempre, pero tienen miedo de que dure más de lo que pueden amarlo”.

Ocean Vuong (Ho Chi Minh, 1988). Es un poeta, ensayista y novelista vietnamita-americano. Emigró a Estados Unidos con su familia en 1990, tras pasar un año en un campo de refugiados de Filipinas. En 2014 recibió la beca Ruth Lilly/Sargent Rosenberg de la Poetry Foundation y en 2019 la beca MacArthur Grant. Ha publicado las plaquettes Burnings (Sibling Rivalry Press, 2011) y No (YesYes Books, 2013). Con el poemario Cielo nocturno con heridas de fuego (Vaso Roto Ediciones, 2018, traducción de Elisa Díaz Castelo) ganó el Whiting Award y el Forward Prize en Estados Unidos, y el Premio T.S. Eliot en Inglaterra. Sus textos se han publicado en medios como The Atlantic, Tha Nation, The New Yorker y The New York times. Es profesor en el Amherst College de Massachusetts. En narrativa ha publicado En la tierra somos fugazmente grandiosos (Anagrama, 2020). Sus poemas abordan temas como el exilio, la guerra y la homofobia. Escribe con la humildad y el orgullo de quien tiene la conciencia de ser el primer alfabetizado en una familia en la que la poesía siempre se transmitió fue oral. Escribe desde la posición de inmigrante, refugiado y homosexual en una América marcada por el prejuicio y los traumas de una guerra que le marcó con el estigma del exiliado. Ocean Vuong: Los aviones siempre fueron lluvia sobre el campo.